Llama Violeta

Llama Violeta


 
 
 
 
 
 
 
 

Neale Donald Walsch

Conversaciones con Dios 1

Capitulo V 

 

¿Cuál es el auténtico camino hacia Dios? ¿La renuncia, como creen los yoguis? ¿Y el llamado sufrimiento? ¿Es el sufrimiento y el servicio la vía para llegar a Dios, como afirman muchos ascetas? ¿Ganaremos el cielo si “somos buenos”, como enseñan tantas religiones? ¿O bien somos libres de actuar como queramos, de violar o ignorar cualquier norma, de dejar de lado todas las enseñanzas tradicionales, de sumergirse en la satisfacción inmoderada de todos los deseos, para así hallar el nirvana, como afirman muchos filósofos de la Nueva Era? ¿Cuál es el camino: unos patrones morales estrictos, o hacer lo que a uno le venga en gana? ¿Cuál: los valores tradicionales, o improvisar sobre la marcha? ¿Cuál: los Diez Mandamientos, o las Siete etapas de la Iluminación?

 Tienes una gran necesidad de que sea un camino u otro, ¿no? ¿No podrían ser todos ellos?

 No lo sé. Es lo que pregunto.

 Te contestaré, pues, del modo que mejor puedas entenderlo; aunque déjame que te diga que la respuesta está dentro de ti. Se lo digo a todos aquellos que escuchan Mis palabras y buscan Mi Verdad.

Se manifiesta a todo corazón que se pregunte seriamente cuál es el camino hacia Dios; a cada uno le es dada una sincera Verdad. Ven a Mí por el camino de tu corazón, no a través del viaje de tu mente. Nunca me encontraras en tu mente.

 

Para conocer realmente a Dios, has de apartarte de tu mente.

Pero tu pregunta requiere una respuesta, y no quiero alejarme de la cuestión.

Empezaré con una afirmación que te asustará, y que quizá ofenda la sensibilidad de mucha gente. No existen los Diez Mandamientos, ni nada parecido.

¡Dios mío! ¿No?

 No. ¿Quién habría de mandarlos? ¿Yo? ¿Y para qué se necesitarían tales mandamientos? Cualquier cosa que yo quiera, es. N'est ce pas? Entonces, ¿para que hace falta mandar nada?

 

Y, si yo hubiera promulgado mandamientos, ¿no se cumplirían automáticamente? ¿Cómo podría querer que algo fuera tan mal que Yo lo mandara, y luego me sentara y observara que no era así?

¿Qué clase de rey haría eso? ¿Qué clase de gobernante?

Pero déjame que te diga que Yo tampoco soy un rey ni un gobernante. Soy simple y asombrosamente, el Creador. Pero el Creador no gobierna, sino que sencillamente crea; crea y sigue creando.

Yo os he creado ha vosotros - y os he bendecido - a imagen y semejanza mía. Y os he hecho ciertas promesas  y he establecido ciertos compromisos con vosotros. Os he dicho, en un lenguaje sencillo, qué pasará con vosotros cuando seáis uno conmigo.

Tú eres un buscador sincero, como lo era Moisés. También el, como sabes, se alzo frente a Mí pidiéndome respuestas. “¡Oh, Dios de Mis Padres - clamaba -, Dios mío, dígnate mostrarte a mí. Dame una señal que yo pueda contar a mi pueblo! ¿Cómo podemos saber que somos los elegidos?”

Y Yo acudí a Moisés, tal como ahora he acudido a ti, con una divina alianza - una eterna promesa -, un compromiso cierto y seguro. “¿Cómo puedo estar seguro?”, preguntaba Moisés quejumbrosamente. “Porque Yo te lo he dicho - le respondí -. Tienes la palabra de Dios.”

Y la palabra de Dios no era un mandamiento, sino una alianza. Éstos, pues, son los...

DIEZ COMPROMISOS

Sabrás que has emprendido el camino hacia Dios, y sabrás que has encontrado a Dios, porque se darán estas señales, estas indicaciones, estos cambios en ti:

 

1.       Amaras a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma. Y no tendrás más Dios que Yo. Dejarás de rendir culto al amor humano, o al éxito, al dinero o al poder, ni a ningún símbolo de estos. Apartarás de ti esas cosas como un niño aparta los juguetes. No porque sean indignas, sino porque se te habrán quedado pequeñas.                 

Y sabrás que has emprendido el camino hacia Dios porque:

2.       No usarás el nombre de Dios en vano. Ni me invocarás para frivolidades. Entenderás el poder de las palabras y de los pensamientos, y no pensarás en invocar el nombre de Dios de una manera impía No utilizarás Mi nombre en vano porque no podrás hacerlo, puesto que Mi nombre - el Gran “Yo Soy” - nunca se usa en vano (es decir, sin resultado), ni puede usarse. Y cuando hayas encontrado a Dios, lo sabrás.                                                                                                   

Y te daré también estas otras señales:

3.       Te acordarás de reservarme un día, al que llamarás santo. Esto, para que lo que hagas no se quede en ilusión, sino que te haga recordar quién y qué eres. Y, luego, pronto llamarás a cada día Domingo, y a cada momento santo.

4.       Honrarás a tu padre y a tu madre; y sabrás que eres el hijo de Dios cuando honres a tu Padre/Madre Dios en todo lo que digas, hagas o pienses. Y en la medida en que honres a tu Padre/Madre Dios, y a tu Padre y a tu Madre en la Tierra (pues ellos te han dado la vida), así también honrarás a todo el mundo.

5.       Sabrás que has encontrado a Dios cuando sepas que no asesinarás (es decir, que no matarás deliberadamente y sin causa), pues, aunque sepas que en ningún caso puedes acabar con otra vida (toda vida es eterna), no querrás poner fin a ninguna encarnación concreta, ni cambiar ninguna energía vital de una forma a otra, sin la más sagrada justificación. Tu nuevo respeto por la vida hará que respetes todas las formas de vida - incluyendo las plantas y animales -, y solo las alterarás si es en aras de un bien mayor.                                                        

Y también te enviará estas otras señales, para que sepas que te hallas en el camino:

6.       No mancharás la pureza del amor con la falta de honradez y el engaño, puesto eso es adulterio. Te prometo que, cuando hayas encontrado a Dios, no cometerás adulterio.

7.       No tomarás lo que no sea tuyo, ni cometerás fraude ni estafa, ni harás daño a otro para poseer algo, puesto que eso sería robar. Te prometo que, cuando hayas encontrado a Dios, no robarás                               Ni tampoco...

8.       ...dirás algo que no sea verdad; y, por lo tanto, no levantarás falso testimonio.

9.       ...codiciarás a la esposa de tu prójimo; ya que, ¿por qué ibas a querer a la esposa de tu prójimo, si sabes que todas las demás son tus “esposas”?

10.   ...codiciarás los bienes de tu prójimo; ya que, ¿por qué ibas a querer los bienes de tu prójimo, si sabes que todos los bienes pueden ser tuyos, y que todos los bienes pertenecen al mundo?

Sabrás que has encontrado el camino hacia Dios cuando veas estas señales, pues te prometo que nadie que realmente busque a Dios hará estas cosas durante mucho tiempo; sería imposible que continuara realizando estas conductas.

Estas son vuestras libertades, no vuestras restricciones; estos son mis compromisos, no mis mandamientos; puesto que Dios no manda sobre lo que ha creado, sino que simplemente dice a sus hijos: así es como sabréis que llegáis a casa.

Moisés preguntaba sinceramente: “¿Cómo puedo saberlo? Dame una señal”. Formulaba la misma pregunta que tú planteas ahora. La misma cuestión que plantea todo el mundo, en cualquier lugar, desde el principio de los tiempos. Mi respuesta es igualmente eterna. Pero nunca ha sido, ni nunca será, un mandamiento. ¿A quién iba a mandar? ¿Y a quién iba a castigar si mis mandamientos no se cumplían?

Sólo a Mí mismo.

 Entonces, no tengo que cumplir los Diez Mandamientos para ir al cielo...

 No existe ese “ir al cielo” ni nada semejante. Sólo existe una certeza de que ya estás allí. Sólo existe una aceptación, un conocimiento; no un trabajo o un esfuerzo para merecerlo.

No puedes ir a un sitio si ya estás en él. Para hacerlo, tendrías que abandonar el sitio donde estás, y eso frustraría todo el propósito del viaje.

La ironía es que la mayoría de las personas creen que deben abandonar el sitio donde están para alcanzar el lugar a donde quieren ir. Así, abandonan el cielo con el fin de alcanzar el cielo, cosa que hacen pasando por el infierno.

La iluminación consiste en entender que no hay ningún sitio adonde haya que ir, nada que se tenga que hacer, ni nadie que se tenga que ser, excepto precisamente quien uno está siendo en este momento.

Estáis haciendo un viaje a ninguna parte.

El cielo - como lo llamáis - no esta en ninguna parte. Y, de estarlo, está aquí y ahora.

 

¡Todo el mundo dice lo mismo! ¡Al final me volveré loco! Si “el cielo está aquí y ahora”, ¿cómo es que no lo veo? ¿Por qué no lo percibo? ¿Y por qué el mundo es la porquería que es?

 

Entiendo tu frustración. Es casi tan frustrante tratar de entender todo esto como tratar de hacer que alguien lo entienda.

 

¡Eh! ¡Espera un momento! ¿Intentas decirme que Dios puede sentir frustración?

 

¿Quién crees que invento la frustración? ¿Imaginas acaso que vosotros podéis experimentar algo que Yo no pueda?

Te lo aseguro: cualquier experiencia que vosotros tengáis, Yo la tengo. ¿No ves que me estoy experimentando a Mí mismo a través vuestro? ¿Para qué otra cosa crees que es todo esto?

De no ser por vosotros, Yo no podría conocerme a Mí mismo. Yo os creé de modo que pudiera conocer Quién Soy.

Ahora bien, no quisiera destruir todas vuestras ilusiones sobre Mí de golpe; así, te diré que en mi forma más sublime, lo que vosotros llamáis Dios, no experimento frustración.

 

¡Vaya! ¡Eso está mejor! Por un momento, me habías asustado.

 

Pero no es por que no pueda, sino sencillamente porque no quiero. Por cierto que tú podrías tomar la misma decisión.

 

Bueno, frustrado o no, aún me pregunto como puede ser que el cielo esté aquí, y yo no lo experimente.

     

No puedes experimentar lo que no sabes. Y no sabes que estás en el “cielo” aquí y ahora porque no lo has experimentado. Y es que para ti es un círculo vicioso. No puedes - todavía no has encontrado la manera - experimentar lo que no sabes, y no puedes saber lo que no has experimentado.

Lo que te invita a hacer la iluminación es saber algo que no has experimentado y, así, experimentarlo. El saber abre la puerta a la experiencia, y tú crees que es al revés.

En realidad, sabes muchas más cosas de las que has experimentado. Pero simplemente no sabes que lo sabes.

Por ejemplo, sabes que hay un Dios. Pero puede que no sepas que lo sabes, y, de este modo, sigues esperando la experiencia. Y constantemente la estás teniendo. Pero la estás teniendo sin saberlo, lo cual es como no tenerla en absoluto.

 

¡Chico, estamos moviéndonos en círculo!

 

Efectivamente. Tal vez, en lugar de movernos en círculo, deberíamos ser el propio círculo. Ese no sería un círculo vicioso, sino un círculo sublime.

 

¿Forma parte la renuncia de la auténtica vida espiritual?

Sí, puesto que al final todo Espíritu renuncia a lo que no es real, y nada de lo que alcanzas en la vida es real, salvo tu conversación conmigo. Sin embargo, no se requiere una renuncia en el sentido clásico de negación de sí mismo.

Un auténtico Maestro no se “priva” de nada. Un auténtico Maestro simplemente prescinde de ello, como haría con cualquier cosa que hubiera dejado de tener utilidad para él.

Hay quienes dicen que debes superar tus deseos. Yo te digo simplemente que los cambies. Lo primero supone una rigurosa disciplina; lo segundo, un divertido ejercicio.

Hay quienes dicen que, para conocer a Dios, debes superar todas las pasiones terrenales. Sin embargo, es suficiente con entenderlas y aceptarlas. Aquello a lo que te resistas, persistirá; aquello que mires, desaparecerá.

Quienes procuran tan insistentemente superar todas las pasiones terrenales, a menudo ponen en ello más empeño del que uno podría imaginar, con lo cual eso mismo se convierte en su pasión. Tienen una “pasión por Dios”; pasión por conocerle. Pero una pasión siempre es una pasión, y cambiar una por otra  no sirve para que desaparezca.

Por lo tanto, no juzgues lo que sientes como apasionado. Simplemente obsérvalo, y luego mira a ver si te sirve en función de quién y qué quieres ser.

Recuerda que estas constantemente en el acto de crearte a ti mismo. En cada momento, estás decidiendo quién y qué quieres ser. Y en gran parte, lo estás decidiendo a través de las opciones que tomas con respecto a quién y qué piensas que es apasionado.

Con frecuencia, una persona de la que dirías que sigue un camino espiritual parece que haya renunciado a toda pasión terrenal, a todo deseo humano. Lo que ha hecho es entenderlo, ver la ilusión, y prescindir de las pasiones que no le sirven; pero amando siempre la ilusión que lo ha llevado hasta allí: la posibilidad de ser enteramente feliz.

La pasión es el amor convertido en acción. Es el combustible que alimenta el motor de la creación. Es el cambio de los conceptos a la experiencia.

La pasión es el fuego que nos lleva a expresar quienes realmente somos. Nunca niegues la pasión, pues eso equivale a negar Quien Eres y Quien Quieres Realmente ser.

La renuncia nunca supone negar la pasión; supone simplemente no preocuparse por los resultados. La pasión es amor por el hacer. El hacer es ser experimentado. Pero ¿qué es lo que se crea a menudo como parte del hacer?: expectativas.

Vivir tu vida sin expectativas - sin la necesidad de obtener unos resultados determinados -: eso es la libertad. Eso es la santidad. Así es como Yo vivo.

 

¿Tú te preocupas por los resultados?

 

En absoluto. Mi alegría reside en la creación, no en sus consecuencias. La renuncia no es una decisión de negar la acción; es una decisión de negar la necesidad de obtener un determinado resultado. Hay una gran diferencia.

 

¿Podrías explicarme qué quieres decir cuando afirmas: “La pasión es el amor convertido en acción”?

 

El ser es él más alto estado de la existencia, su esencia más pura. Es el aspecto de Dios como “ahora y no ahora”, “todo y no todo”, “siempre y nunca”.

El ser puro es la divinidad pura.

Sin embargo, nunca ha sido suficiente para nosotros simplemente ser. Siempre hemos suspirado por experimentar Quienes Somos; y ello requiere un aspecto totalmente distinto de la divinidad: el hacer.

Digamos que, en el fondo de vuestro maravilloso Yo, sois ese aspecto de la divinidad llamado amor. (Por cierto: esa es la Verdad acerca de vosotros.)

Ahora bien: una cosa es ser amor, y otra muy distinta hacer un acto de amor. El alma anhela hacer algo de lo que es, con el fin de conocerse a sí misma en su propia experiencia. Así, tratará de realizar su más alta idea por medio de la acción.

Este impulso a actuar es lo que se llama pasión. Mata la pasión, y matarás a Dios. La pasión es Dios que quiere manifestarse.

Pero es que, una vez Dios (o Dios-en-vosotros) hace ese acto de amor, Dios ya se ha realizado, y no necesita nada más.

El hombre, por su parte, a menudo siente que necesita un beneficio a cambio de su inversión. Si amamos a alguien, bien; pero mejor si también somos amados... y cosas por el estilo.

Eso no es pasión. Eso son expectativas.

He aquí la principal fuente de la infelicidad humana. Eso es lo que separa al hombre de Dios.

La renuncia aspira a poner fin a dicha separación por medio de la experiencia que algunos místicos orientales han llamado samadhi. Es decir, la unidad y unión con Dios; la fusión con y en la divinidad.

La renuncia por lo tanto, renuncia a los resultados; pero nunca jamás renuncia a la pasión. En realidad, el Maestro sabe intuitivamente que la pasión es el camino; es la vía de la auto-realización.

Incluso en una perspectiva terrenal se puede afirmar con bastante exactitud que, si uno no siente pasión por nada, no tiene vida en absoluto.

 

Antes has dicho: “Aquello a lo que te resistas, persistirá; aquello que mires, desaparecerá”. ¿Puedes explicármelo?

 

No puedes resistirte a algo sin que ello implique darle realidad. El acto de resistirse a una cosa es el acto de darle vida. Cuando te resistes a una energía, reconoces que está ahí. Cuanto más te resistas a algo, más real lo harás, sea lo que sea aquello a lo que te resistas.

Aquello ante lo cual abras los ojos y lo mires, desaparecerá; es decir, dejará de mostrar su forma ilusoria.

Si tú miras algo - lo miras realmente -, verás a su través; y a través de cualquier ilusión que muestre, aparecerá ante tus ojos sólo su realidad última. Frente a la realidad última, tu insignificante ilusión no tiene ningún poder. No puede seguir manteniendo su poder debilitador sobre ti. Verás su verdad, y la verdad te hará libre.

 

Pero ¿qué ocurre si no quieres que desaparezca lo que estás mirando?

 

¡Debes quererlo siempre! No hay nada que conservar en vuestra realidad. Pero si  escoges la ilusión de tu vida antes que la realidad última, puedes simplemente recrearla, tal como la creaste en un principio. De este modo, puedes tener en tu vida aquello que decidas tener, y eliminar de tu vida aquello que ya no desees experimentar.

Pero nunca te resistas a nada. Si piensas que por medio de tu resistencia lo eliminarás, piensa otra vez. Lo único que harás es colocarla con más firmeza en su lugar. ¿No te he dicho ya que todo pensamiento es creador?

 

¿Incluso un pensamiento que diga que no quiero algo?

 

Si no lo quieres, ¿por qué piensas en ello? No le concedas un segundo pensamiento. Pero si debes pensar en ello - es decir, si no puedes dejar de pensar en ello -, entonces no te resistas. En lugar de ello, mira a lo que sea directamente, acepta tu realidad como creación tuya, y luego decide mantenerlo o no, según desees.

 

¿De qué dependería esa decisión?

 

De Quién y Qué piensas que Eres. Y de Quién y Qué decides Ser.

De esto es de lo que depende toda decisión, cualquier decisión que hayas tomado en tu vida y puedas tomar en el futuro.

 

Así, una vida de renuncia ¿es un camino equivocado?

 

No exactamente. El término “renuncia” tiene un significado equívoco. En realidad, no puedes renunciar a nada, pues aquello a lo que te resistes, persistirá. La  auténtica renuncia no renuncia a nada; simplemente escoge de forma distinta. Se trata de un movimiento hacia algo, no de un alejamiento de algo.

No puedes alejarte de algo, pues te perseguirá y volverá una y otra vez. Por lo tanto, no te resistas a la tentación; simplemente, apártate de ella. Acércate a Mí y apártate de cualquier cosa distinta de Mí.

Pero debes saber esto: no existen los caminos equivocados, puesto que en este viaje no puedes “dejar de ir” adonde vas.

Es simplemente una cuestión de velocidad, sencillamente un cuestión de cuándo llegarás; pero también eso es una ilusión, ya que no existe el “cuándo”, como tampoco existen el “antes” o el “después”. Solo existe el ahora; un eterno momento del siempre en el que te experimentas a ti mismo.

 

Entonces, ¿qué sentido tiene? Si no hay ningún camino que “recorrer”, ¿qué sentido tiene la vida? ¿Para qué debemos preocuparnos por nada de lo que hagamos?

 

Bueno. Por supuesto, no debéis; pero haríais bien estando atentos. Simplemente, observad quiénes y qué sois, hacéis y tenéis, y mirad a ver si eso os sirve.

El sentido de la vida no es ir a un lugar; es darse cuenta de que ya estáis allí, y siempre habéis estado. Estás constantemente y para siempre, en el momento de creación pura. El sentido de la vida es, pues, crear quiénes y qué sois, y luego experimentarlo.

 

 
 
 

 

     
         
         
       
       
       

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