Llama Violeta

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Albert Einstein - La convención sobre el desarme de 1932



     Berlín, 4 de septiembre de 1931


     Todos los logros que ha alcanzado el genio inventivo de la humanidad a lo
     largo de los últimos cien años nos habrían permitido vivir en un estado de
     despreocupada felicidad si la capacidad organizativa del hombre hubiera
     corrido paralela a los avances técnicos. Dado el estado de las cosas, los
     cuestionables logros obtenidos por nuestra generación en la era de las
     máquinas son tan peligrosos como una cuchilla de afeitar en manos de un
     niño de tres años. La posesión de unos medios de producción
     extraordinarios no ha aportado libertad, sino preocupaciones y hambrunas.
     Lo peor de todo es el desarrollo técnico que posibilita los medios para la
     destrucción de la vida humana, y los productos de laboratorio creados con
     tanto esfuerzo. Los que contamos con más años ya pasamos por aquello,
     muertos de miedo, en la Guerra Mundial. Pero la inútil servidumbre a la
     que la guerra ha arrastrado a las personas se me antoja aún peor. ¿No es
     terrible que la comunidad nos obligue a efectuar acciones que cualquier
     persona consideraría los delitos más terribles? Muy pocos tienen
     suficiente altura moral para resistirse; a mis ojos, son los verdaderos
     héroes de la Guerra Mundial.
     Pero queda un rayo de esperanza. Tengo la impresión de que los dirigentes
     más responsables de los distintos países, en general, tienen la sincera
     intención de acabar con la guerra. La oposición a este avance, cuya
     necesidad es incuestionable, se encuentra en las desafortunadas
     tradiciones que se transmiten de generación en generación, como una
     enfermedad hereditaria, a causa de nuestro defectuoso aparato educativo.
     Ni que decir tiene que esta tradición se sustenta principalmente en la
     formación militar y en las grandes industrias. No puede haber una paz
     duradera sin desarme; por el contrario, la prolongación del armamento
     militar, como se entiende actualmente, conducirá sin lugar a dudas a
     nuevas catástrofes.
     De ahí que la convención sobre el desarme que se celebrará en Ginebra en
     1932 vaya a ser decisiva para la generación actual y la venidera. Si
     pensamos en los lamentables resultados obtenidos en las convenciones
     internacionales celebradas hasta el momento, salta a la luz que todos los
     seres humanos conscientes y responsables deben ejercer una y otra vez
     todas sus facultades con el fin de informar a la opinión pública sobre la
     importancia de la convención de 1932. Los hombres de estado sólo pueden
     alcanzar su importante meta si logran inculcar la voluntad de alcanzar la
     paz en una gran mayoría de la población de sus países. Todos los seres
     humanos, con todas sus acciones y todas sus palabras, comparten la
     responsabilidad de consolidar esta opinión pública a favor del desarme.
     La convención estaría abocada al fracaso si los delegados llegaran a
     Ginebra con instrucciones e intenciones prefijadas, cuya obtención se
     convirtiera de repente un asunto de prestigio nacional. Esto es lo que
     parece primar siempre que se reúnen los dirigentes de dos estados;
     últimamente hemos presenciado varios ejemplos, ya que siempre que se
     reúnen dos estadistas, el debate sobre el desarme se utiliza para allanar
     el terreno de la convención. Este procedimiento me parece muy afortunado,
     ya que, por lo general, dos personas, o dos grupos, se suelen comportar de
     la forma más sensata, honrada y desapasionada si no hablan para un tercero
     al que consideren que deben tener en cuenta o contentar en sus
     parlamentos. No podemos esperar sino que esta importantísima convención
     tome un derrotero favorable, siempre que se haya preparado exhaustivamente
     con reuniones previas para eliminar la posibilidad de sorpresas, y siempre
     que se ejerza la buena voluntad para crear eficazmente una atmósfera de
     confianza mutua.
     El éxito en asuntos de semejante magnitud no es cuestión de inteligencia,
     ni siquiera de habilidad, sino de comportamiento honrado y confianza
     recíproca. A este respecto, no se puede sustituir la moral por el
     intelecto; me atrevería a decir que menos mal.
     La tarea de las personas que vivimos en estos tiempos cruciales no
     consiste únicamente en esperar a los resultados y criticarlos; debemos
     aportar a esta gran causa todo lo que podamos. Porque el destino de la
     humanidad será el que, verdaderamente, nos hayamos ganado y merecido.

 
 
 
 
         
         
       
       
       

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