Llama Violeta

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Sidharta 

GOTAMA

PRIMERA PARTE

Hermann Hesse

 

GOTAMA

En la ciudad de Savathi todos los niños conocían el nombre del majestuoso buda, y cada casa
estaba preparada para llenar el plato de limosnas a los discípulos de Gotama, que pedían en silencio. Cerca de la ciudad se encontraba el lugar preferido de Gotama, el bosque Jetavana, que había sido regalado para Gotama y los suyos por el rico comerciante Anathapindika, un devoto admirador del majestuoso.
Hacia aquella región también se habían encaminado, gracias a los relatos y respuestas que recibieron, los dos jóvenes ascetas en su búsqueda del Gotama.

 
   

Y cuando llegaron a Savathi, ya en
la primera casa ante cuya puerta se detuvieron se les ofreció comida, y ellos la aceptaron. Siddharta
preguntó a la mujer que les daba de comer:
-Buena mujer, nos gustaría mucho que nos dijeras dónde se halla el buda, el más venerable, pues somos dos samanas del bosque y hemos venido para ver al perfecto, y escuchar la doctrina de sus labios.
La mujer contestó:

-Realmente os habéis detenido aquí, en el lugar preciso, samanas del bosque. Debéis saber que
el majestuoso se encuentra en Jetavana, en el jardín de Anathapindika. Allí, peregrinos, podréis pasar la noche, pues hay suficiente espacio, incluso para los incontables que llegan a escuchar la doctrina de sus labios.
Esto alegró a Govinda, que lleno de gozo exclamó:
- ¡Bien, pues hemos llegado a nuestra meta, y nuestro camino ha terminado! Pero dinos tú, madre de los peregrinos, ¿conoces al buda, le has visto con tus propios ojos?
 

La mujer repuso:
-Muchas veces he visto al majestuoso. Muchos días le he observado cuando pasa por las callejuelas, en silencio, con su ropaje amarillo, cuando presenta en silencio su plato de limosnas en
la puerta de las casas, y cuando se lleva el plato lleno.
Govinda escuchaba encantado y quería preguntar y oír mucho mas. Pero Siddharta acordó seguir
el camino. Dieron las gracias y se fueron. Ni siquiera tuvieron que preguntar por el lugar, pues eran muchos los peregrinos y monjes de la doctrina de Gotama que hacían el camino hacia Jetavana. Y
cuando de noche arribaron allí, observaron que había un continuo llegar, exclamar y hablar entre
aquellos que buscaban y recibían albergue. Los dos samanas, acostumbrados a la vida del bosque, encontraron rápidamente y en silencio un amparo, y descansaron allí hasta la manana siguiente.
Al salir el sol, vieron con asombro el gran número de fieles y curiosos que habían pernoctado en aquel lugar. Por todas las sendas del maravilloso bosque caminaban monjes con su vestidura amarilla; estaban sentados debajo de los árboles, entregados a la contemplación o dedicados a la conversación intelectual. Los umbrosos jardines parecían una ciudad llena de personas, que pululaban como abejas. La mayoría de los monjes salían con el plato de limosnas, a buscar en la ciudad alimento para la hora de la comida del mediodía, la única de la jornada. También el mismo buda, el inspirado, solía pedir limosnas por la mañana.
Siddharta le vio y le conoció en seguida, como si un dios se lo hubiera mostrado. Lo contempló:
un hombre modesto, con su hábito amarillo, con el plato de las limosnas en la mano, caminando en silencio.
-¡Mira allí! -gritó Siddharta en voz baja a Govinda-. Ese es el buda.
Govinda miró con atención al monje de vestiduras amarillas, que no parecía diferenciarse en nada
de los centenares de otros monjes. No obstante, reconoció también Govinda: Este es. Y le siguieron
y le observaron.

El buda continuó su camino modestamente, entregado a sus pensamientos; su rostro sereno no
era ni alegre ni triste: parecía sonreír levemente en su interior. Caminaba el buda con una sonrisa escondida, sosegada, tranquila, parecida a la de un niño sano; llevaba el hábito y hacía sus pasos igual que todos los monjes, según unas reglas exactas. Pero su cara y su manera de andar, su
mirada tranquila y discreta, su mano lacia y colgante, y aun cada dedo de esa mano hablaban de paz, de perfección; no buscaba, no imitaba; respiraba suavemente, con una tranquilidad imperturbable, con una luz imperecedera, con una paz intangible.
Así caminaba Gotama hacia la ciudad para pedir limosnas y los dos samanas sólo le conocieron por la perfección de su alma, por el sosiego de su figura, en la que no había búsqueda, ni voluntad,
ni imitación, ni esfuerzo, sólo luz y paz.
-Hoy escucharemos la doctrina de sus labios -comentó Govinda. Siddharta no contestó.
Sentía poca curiosidad por esa doctrina, no creyó que llegara a enseñarle nada nuevo, ya que él,
al igual que Govinda, había escuchado una y otra vez el contenido de esa doctrina del buda, aunque por informes que habían pasado en general de boca en boca.
Pero ahora miró con atención la cabeza de Gotama, sus hombros, sus pies, su mano tranquilamente relajada; y a Siddharta le pareció que cualquier miembro de cualquier dedo de esa mano era doctrina; respiraba y brillaba todo él verdad. Ese hombre era un santo. Jamás Siddharta había admirado y amado tanto a un hombre como a aquél.
Los dos siguieron al buda hasta la ciudad y volvieron en silencio, pues ellos mismos pensaban renunciar a los alimentos de aquel día. Contemplaron a Gotama de regreso; lo observaron rodeado
de sus discípulos, tomando el almuerzo; lo que comía ni siquiera bastaba a un pájaro, y vieron cómo
se retiraba luego a la sombra de los mangos.
Pero por la noche, cuando se apagó el calor y el campamento se llenó de vida, escucharon la doctrina del buda. Oyeron su voz, que también era perfecta, tranquila y llena de sosiego. Gotama enseñó la doctrina del sufrimiento; habló sobre el origen del dolor y sobre el camino para reducir ese dolor. Su oración era sencilla y serena. La vida era dolor, el mundo estaba lleno de sufrimiento, pero
se había hallado la liberación del dolor: tal liberación estaba en manos del que seguía el camino del buda.
El majestuoso predicaba con voz suave, pero firme, enseñaba las cuatro frases principales, mostraba el octavo sendero, repetía con paciencia y constancia la enseñanza, los ejemplos; su voz flotaba clara y sosegada sobre los oyentes, como una luz, como un cielo de estrellas.
Ya era de noche cuando el buda terminó su oración. Muchos peregrinos se le acercaron y rogaron que les aceptara en la comunidad, pues querían refugiarse en la doctrina. Y Gotama los aceptó diciendo:
-Se os ha enseñado la doctrina y vosotros la habéis escuchado con atención. Acercaos, pues, y caminad hacia la santidad, para preparar el fin de todos los dolores.
También se adelantó Govinda, el tímido, y declaró:
-Yo también me refugio en el majestuoso y su doctrina.
Y así Govinda pidió que le aceptaran entre los discípulos, y fue admitido.
Inmediatamente después, cuando el buda ya se había retirado para descansar durante la noche, Govinda se dirigió a Siddharta y manifestó con solicitud:
-Siddharta, no tengo derecho a reprocharte nada. Los dos hemos escuchado al majestuoso, los dos nos hemos enterado de su doctrina. Govinda ha oído la predicación y se ha refugiado en ella. Pero tú, a quien admiro, ¿acaso no quieres caminar por el sendero de la liberación? ¿Prefieres vacilar? ¿Deseas esperar aún?
Siddharta despertó como de un sueño, al escuchar semejantes palabras de Govinda. Durante largo tiempo observó el rostro del amigo. Luego habló en voz baja, sin ironía.
-Govinda, mi amigo -le dijo-, ahora has dado el paso, ahora has elegido tu camino. Siempre, Govinda, has sido mi amigo, siempre has andado un paso tras de mí. A menudo he pensado: ¿No dará Govinda nunca un paso solo, sin mí, por su propia iniciativa? Y ahora te has hecho hombre y

eliges tú mismo el camino. ¡Que lo andes hasta el fin, amigo! ¡Que encuentres la liberación!
Govinda, que aún no comprendía bien la situación, repitió su pregunta con tono impaciente:
-¡Por favor, habla! ¡Te lo ruego, amigo! ¡Dime que no me engaño, que tú también, mi sabio amigo, te refugiarás junto al majestuoso buda!
Siddharta colocó una mano sobre el hombro de Govinda y repuso:
-¿No has escuchado mi bendición, Govinda? Te la repito: ¡Que
recorras ese sendero hasta el fin! ¡Que encuentres la liberación! En ese momento, Govinda se percató de que su amigo le abandonaba, y empezó a llorar.
- ¡ Siddharta! - exclamó entre sollozos. Siddharta se expresó con cariño:
-¡No olvides, Govinda, que ahora perteneces a los samanas del buda! Has renunciado a tu casa y
a tus padres; has negado tu origen y tu propiedad, has repudiado tu propia voluntad, has rechazado
la amistad. Así lo quiere la doctrina, así opina el majestuoso. Así has elegido tu mismo. Mañana, Govinda, me marcharé.
Todavía caminaron durante mucho tiempo los dos amigos por el bosque; se tendieron por largo tiempo sin encontrar el sueño. Govinda no dejaba de insistir una y otra vez a su amigo para que le dijera por qué no se refugiaba en la doctrina de Gotama, qué falta encontraba a esa doctrina. Pero Siddharta cada vez le rechazaba alegando:
-¡Quédate contento, Govinda! Muy buena es la doctrina del majestuoso, ¿cómo podría encontrarle una objeción?
De madrugada, un seguidor del buda, uno de sus más antiguos monjes, pasó por el jardín y llamó
a todos aquellos que se habían refugiado en la doctrina, como novicios, para ponerles las vestiduras amarillas e instruirlos en las primeras enseñanzas y obligaciones de su clase. Y Govinda se levantó,
abrazó una vez más al amigo de su juventud y siguió a los restantes novicios.
Siddharta, sin embargo, se quedó meditando en el bosque.
Entonces se cruzó en su camino Gotama, el majestuoso; le saludó con profundo respeto y al ver
la mirada del buda tan llena de paz y bondad, el joven tuvo valor para solicitar al venerable que le permitiera hablarle. En silencio, el majestuoso le concedió el permiso.
Siddharta balbuceó:
-Ayer, majestuoso, tuve el honor de escuchar tu singular doctrina. Vine desde muy lejos con mi amigo para escucharte. Y ahora mi amigo se quedará con los tuyos, se ha refugiado en ti. Yo, sin embargo, empiezo de nuevo mi peregrinación.
-Como tú prefieras -dijo el venerable, con cortesía.
-Quizá mis palabras resulten demasiado atrevidas -continuó Siddharta-, pero no quisiera abandonar al majestuoso sin haberle comunicado mis pensamientos con sinceridad. ¿Quiere aún prestarme el venerable un momento de atención?
En silencio el buda se lo concedió. Siddharta explicó:
-Venerable, he admirado sobre todo una cosa en tu doctrina. Todo en ella está perfectamente claro y comprobado; muestras el mundo como una cadena perfecta que nunca se interrumpe, como una eterna cadena hecha de causas y efectos. Jamás se había visto eso con tanta claridad, nunca
había sido demostrado tan indiscutiblemente; en verdad, el corazón del brahmán palpita con más fuerza cuando ve el mundo a través de tu doctrina, como perfecta relación, ininterrumpida, lúcida como un cristal, independiente de la casualidad, libre de los dioses. Queda en tela de juicio si el
mundo es bueno o malo, si la vida en él es sufrimiento o alegría; quizá sea porque ello no es esencial. Pero la unidad del mundo, la relación entre todo lo que sucede, el enlace de todo lo grande
y lo pequeño por la misma corriente, por la misma ley de las causas del nacer y morir, todo eso brilla con luz propia en tu majestuosa doctrina. No obstante, según tu propia teoría, esa unidad y
consecuencia lógica de todas las cosas, a pesar de todo se encuentra cortada en un punto, en un pequeño vacío donde entra en este mundo de la unidad algo extraño, algo nuevo, algo que antes no existía, y que no puede ser enseñado ni demostrado: ésa es tu doctrina de la superación del mundo, de la redención. Pero con este pequeño vacío, con esa pequeña fisura, la eterna ley uniforme del mundo queda destruida y anulada otra vez. Perdóname, si pongo tal objeción.


Gotama le había escuchado con tranquilidad, sin moverse. Con voz bondadosa, cortés y clara le contestó ahora:
-Tú has escuchado la doctrina, hijo de brahmán ¡Dichoso de ti por haber pensado en ella! Tú has encontrado un vacío, una falta. Sigue pensando en la doctrina. Pero deja que te avise, tú que tienes tanto afán por saber acerca de la dificultad de las opiniones y la desavenencia de las palabras. No importan las opiniones, sean buenas o malas, inteligentes o insensatas; cualquiera puede defen- derlas o rechazarlas. Pero la doctrina que has oído de mis labios no es mi opinión, ni su objetivo es explicar el mundo para los que tienen afán de saber. Su fin es otro: es la redención de los sufrimientos. Eso es lo que enseña Gotama, nada más.
-No me guardes rencor, majestuoso -exclamó el joven-. No te he hablado así para buscar un desacuerdo o la desavenencia con palabras. Desde luego, tienes razón, y poco importan las opiniones. Pero déjame decir una cosa más: ni un momento he dudado de ti. Ni un momento he dudado de que tú fueras el buda, de que hubieras llegado a la meta, al máximo, hacia el que tantos brahmanes e hijos de brahmanes se hallan en camino. Has encontrado la redención de la muerte. La has hallado con tu misma búsqueda, con tu propio camino, a través de pensamientos, ensimismaciones, ciencia, reflexión, inspiración. ¡Pero no la has encontrado a través de una doctrina! Yo pienso, majestuoso, ¡que nadie encuentra la redención a través de la doctrina! ¡A nadie, venerable, le podrás comunicar con palabras y a través de la doctrina lo que te ha sucedido a ti en
el momento de tu inspiración! Mucho es lo que contiene la doctrina del inspirado buda, a muchos les enseña a vivir honradamente, a evitar lo malo. Pero esta doctrina tan clara y tan venerable no
contiene un elemento: el secreto de lo que el majestuoso mismo ha vivido, él solo, entre centenares
de miles de personas. Esto es lo que he pensado y comprendido cuando escuchaba tu doctrina. Y
por ello, continúo mi peregrinación. No para buscar otra doctrina mejor, pues sé que no la hay, sino para dejar todas las doctrinas y a todos los profesores, y para llegar solo a mi meta, o morirme. Sin
embargo, a menudo me acordaré de este día, majestuoso, y de esta hora en que mis ojos vieron a
un santo.
Los ojos del buda miraron sosegadamente hacia el suelo; en su rostro impenetrable resplandecía
la tranquilidad del alma.
-¡Que tus creencias no sean erróneas! -invocó el venerable lentamente-. ¡Que alcances tu fin! Pero antes dime: ¿Has visto el conjunto de mis samanas, de mis muchos hermanos, que se han refugiado en la doctrina? ¿Y crees tú, samana forastero, que para todos ellos sería mejor abandonar
la doctrina y volver a la vida del mundo y de los placeres?
-Tal pensamiento se encuentra muy distante de mí -alegó Siddharta-. ¡Que todos ellos se queden con la doctrina, que alcancen su meta! ¡No tengo derecho a juzgar la vida de otro! Tan sólo para mí, únicamente para mí he de juzgar, elegir, rechazar. Nosotros, los samanas, buscamos la redención del yo, majestuoso. Si ahora fuera uno de tus discípulos, venerable, temo que me ocurriera que sólo aparentemente mi yo consiguiera la tranquilidad y la redención; pero me engañaría, pues viviría con
la verdad y me haría más importante, ya que entonces escondería dentro de mi yo la doctrina, la imitación, mi amor hacia ti y hacia la comunidad de los monjes.
Con media sonrisa y con una amabilidad clara e inalterable, Gotama fijó sus ojos en la mirada del forastero y le despidió con un gesto apenas perceptible.
-Eres inteligente, samana -declaró el venerable-; sabes hablar muy bien, amigo. ¡Guárdate de una inteligencia demasiado grande!
El buda continuó su camino. Su mirada y su media sonrisa se grabaron para siempre en la memoria de Siddharta.
«Así todavía no he visto mirar ni sonreír, sentarse o caminar a ninguna persona -pensó Siddharta-; de verdad, que también me gustaría poder mirar y sonreír, sentarme y caminar tan libremente, con tanta veneración, tan escondido, abierto, infantil y misterioso a la vez. Es verdad que sólo mira y camina así una persona que ha penetrado en lo más interior de su propio ser. Bien, también yo intentaré penetrar en lo más recóndito de mí mismo.

«He visto a una persona -meditó Siddharta-, a una sola, ante la cual he tenido que bajar la mirada. Ante nadie más quiero bajar mis ojos, ante nadie más. Ninguna doctrina me tentará, ya que la doctrina de este hombre no me ha tentado.
«EI buda me ha robado -reflexionó Siddharta-. Me ha robado, pero más aún me ha regalado. Me
ha robado un amigo que creía en mí y que ahora cree en él, que era mi sombra y que ahora es la sombra de Gotama. Pero me ha regalado a Siddharta, a mí mismo.»

 

 
 
 
 
 

 

     
         
         
       
       
       

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