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EL ALQUIMISTA

Primera Parte 

 Pág. 36 a 40

Paulo Coelho

 

Sin embargo, ahora que el sol se escondía, estaba en un país diferente, era un extraño en una tierra extraña, donde ni siquiera podía entender el idioma que hablaban. Ya no era un pastor y no tenía nada más en la vida, ni siquiera dinero para volver y empezar de nuevo.
«Todo esto entre el nacimiento y la puesta del mismo sol», pensó

 
   

Y sintió pena de sí mismo, porque en la vida a veces las cosas cambian en el espacio de un simple grito, antes de que las personas puedan acostumbrarse a ellas.
Le daba vergüenza llorar. Jamás había llorado delante de sus propias ovejas. Pero el mercado estaba vacío y él estaba lejos de la patria.
El muchacho lloró. Lloró porque Dios era injusto, y retribuía de esta forma a las personas que creían en sus propios sueños. «Cuando yo estaba con las ovejas era feliz, e irradiaba siempre felicidad a mi alrededor. Las personas me veían llegar y me recibían bien. Pero ahora estoy triste e infeliz. ¿Qué haré? Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo, porque soy demasiado pequeño para abarcar al mundo.»
Abrió su zurrón para ver lo que tenía dentro; quizá le había sobrado algo del bocadillo que había comido en el barco. Pero sólo encontró el libro grueso, la chaqueta y las dos piedras que le había dado el viejo.
A1 mirar las piedras sintió una inmensa sensación de alivio. Había cambiado seis ovejas por dos piedras preciosas, extraídas de un pectoral de oro. Podía vender las piedras y comprar el pasaje de regreso.
«Ahora seré más listo», pensó el chico sacando las piedras de la bolsa para esconderlas en el bolsillo. Aquello era un puerto y ésta era la única verdad que el otro chico le había dicho: un puerto está siempre lleno de ladrones.
Ahora entendía también la desesperación del dueño del bar; estaba intentando avisarle de que no confiara en aquel hombre. «Soy como todas las personas: veo el mundo tal como desearía que sucedieran las cosas, y no como realmente suceden.»

Se quedó mirando las piedras, y las tocó sucesivamente con
cuidado, sintiendo la temperatura y la superficie lisa. Ellas eran su tesoro. El simple contacto de las piedras le dio más tranquilidad. Le recordaban al viejo.
«Cuando quieres una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla», le había dicho.
Le gustaría saber cómo podía ser verdad aquello. Estaba en un mercado vacío, sin un céntimo en el bolsillo y sin ovejas para guardar aquella noche. Pero las piedras eran la prueba de que había encontrado un rey, un rey que sabía su historia, sabía acerca del arma de su padre y de su primera experiencia sexual.

«Las piedras sirven para la adivinación. Se llaman Urim y Tumim.» El muchacho colocó de nuevo las piedras dentro del zurrón y decidió hacer la prueba. El viejo le había dicho que formulara preguntas claras, porque las piedras sólo servían para quien sabe lo que quiere.
El muchacho preguntó entonces si la bendición del viejo conti- nuaba aún con él.
Sacó una de las piedras. Era «sí».
• ¿Voy a encontrar mi tesoro?
Metió la mano en el saco para coger una piedra cuando ambas se escurrieron por un agujero en la tela. El muchacho nunca se había dado cuenta de que su zurrón estuviera roto. Se inclinó para recoger
a Urim y Tumim y colocarlas otra vez dentro. Al verlas en el suelo, sin embargo, otra frase surgió en su cabeza.
«Aprende a respetar y a seguir las señales» le había dicho el viejo rey.
Una señal. El chico se rió para sus adentros. Despues recogió las dos piedras del suelo y las volvió a colocar en el zurrón. No pensaba coser
el agujero: las piedras podrían escaparse por allí siempre que quisieran. Había entendido que no se deben preguntar ciertas cosas para no huir del propio destino. «Prometí tomar mis propias decisiones», se dijo.
Pero las piedras le habían dicho que el viejo seguía con él, y eso le dio más confianza. Miró nuevamente el mercado vacío y ya no sintió la desesperación de antes. No era un mundo extraño; era un mundo nuevo.


Y, al fin y al cabo, todo lo que él quería era exactamente eso: conocer mundos nuevos. Incluso aunque jamás llegase hasta las Pirámides él ya había ido mucho más lejos que cualquier pastor que conociese. «¡Ah, si ellos supieran que apenas a dos horas de barco
existen tantas cosas diferentes!»
El mundo nuevo aparecía frente a él bajo la forma de un mercado vacío, pero él ya había visto aquel mercado lleno de vida y nunca más lo olvidaría. Se acordó de la espada: le costó muy caro contemplarla durante unos instantes, pero tampoco había visto nada igual en su vida.
Sintió de repente que él podía contemplar el mundo como una pobre víctima de un ladrón o como un aventurero en busca de un tesoro.
«Soy un aventurero en busca de un tesoro», pensó, antes de que un inmenso cansancio le hiciese caer dormido.
Lo despertó un hombre que le estaba tocando con el codo. Se había dormido en medio del mercado y la vida de aquella plaza estaba a punto de recomenzar.
Miró a su alrededor, buscando a sus ovejas, y se dio cuenta de que estaba en otro mundo. En vez de sentirse triste, se sintió feliz. Ya no tenía que seguir buscando agua y comida; ahora podía seguir en busca de un tesoro. No tenía un céntimo en el bolsillo, pero tenía fe en la vida. La noche anterior había escogido ser un aventurero, igual que los personajes de los libros que solía leer.
Comenzó a deambular sin prisa por la plaza. Los comerciantes levantaban sus paradas; ayudó a un pastelero a montar la suya. Había una sonrisa diferente en el rostro de aquel pastelero: estaba alegre, despierto ante la vida, listo para empezar un buen día de trabajo. Era una sonrisa que le recordaba algo al viejo, aquel viejo y misterioso rey que había conocido.
«Este pastelero no hace dulces porque quiera viajar, o porque se quiera casar con la hija de un comerciante. Este pastelero hace dulces porque le gusta hacerlos», pensó el muchacho, y notó que podía hacer lo mismo que el viejo: saber si una persona está próxima o distante de su Leyenda Personal sólo con mirarla. «Es fácil, yo nunca me había
dado cuenta de esto.»
Cuando acabaron de montar el tenderete, el pastelero le ofreció el primer dulce que había hecho. El muchacho se lo comió, le dio las gracias y siguió su camino. Cuando ya se había alejado un poco se acordó de que se había montado el puesto entre una persona que hablaba árabe y la otra, español. Y se habían entendido perfectamente.

«Existe un lenguaje que va más allá de las palabras -pensó el
muchacho-. Ya lo experimenté con mis ovejas, y ahora lo practico con los hombres.»
Estaba aprendiendo varias cosas nuevas. Cosas que él ya había experimentado y que, sin embargo, eran nuevas porque habían pasado por él sin notarlas. Y no las había notado porque estaba acostumbrado
a ellas. «Si aprendo a descifrar este lenguaje sin palabras, conseguiré descifrar el mundo.»
«Todo es una sola cosa», había dicho el viejo.
Decidió caminar sin prisas y sin ansiedad por las callejuelas de Tánger; sólo así conseguiría percibir las señales. Exigía mucha paciencia, pero ésta es la primera virtud que un pastor aprende.
Nuevamente se dio cuenta de que estaba aplicando a aquel mundo extraño las mismas lecciones que le habían enseñado sus ovejas.
«Todo es una sola cosa», había dicho el viejo.
El Mercader de Cristales vio nacer el día y sintió la misma angustia que experimentaba todas las mañanas. Llevaba casi treinta años en aquel mismo lugar, una tienda en lo alto de una ladera, donde raramente pasaba un comprador. Ahora era tarde para cambiar las cosas: lo único que sabía hacer en la vida era comprar y vender cristal. Hubo un tiempo en que mucha gente conocía su tienda: mercaderes árabes, geólogos franceses e ingleses, soldados alemanes, siempre con dinero en el bolsillo. En aquella época era una gran aventura vender cristales y él pensaba que se haría rico y que tendría hermosas mujeres en su vejez.
Pero el tiempo fue pasando y la ciudad se transformó. Ceuta creció más que Tánger y el comercio cambió de rumbo. Los vecinos se mudaron, y en la ladera quedaron muy pocas tiendas. Y nadie subía la ladera por unas pocas tiendas.
Pero el Mercader de Cristales no tenía elección. Había pasado treinta años de su vida comprando y vendiendo piezas de cristal, y ahora era demasiado tarde para cambiar de rumbo.
Durante toda la mañana estuvo mirando el movimiento de la calle. Hacía aquello desde años atrás, y ya conocía el horario de cada persona. Cuando faltaban algunos minutos para el almuerzo, un muchacho extranjero se detuvo delante de su escaparate. No iba mal vestido, pero los ojos experimentados del Mercader de Cristales adivinaron que el muchacho no tenía dinero. Aun así decidió esperar un momento, hasta que el muchacho se fuera.

Había un cartel en la puerta en el que ponía que allí se hablaban
varias lenguas. El muchacho vio aparecer a un hombre tras el mostra- dor.
• Puedo limpiar estos jarros si usted quiere -dijo el chico-. Tal como están ahora, nadie va a querer comprarlos.
El hombre lo miró sin decir nada.
• A cambio, usted me paga un plato de comida.
El hombre continuó en silencio, y el chico sintió que debía tomar una decisión. Dentro de su zurrón tenía la chaqueta, que no iba a necesitar en el desierto. La sacó y comenzó a limpiar los jarros. Durante media hora limpió todos los jarros del escaparate; en ese intervalo entraron dos clientes y compraron algunas piezas al dueño. Cuando acabó de limpiarlo todo, pidió al hombre un plato de
comida.
• Vamos a comer -le dijo el Mercader de Cristales.
Colgó un cartel en la puerta y fueron hasta un minúsculo bar, situado en lo alto de la ladera. En cuanto se sentaron a la única mesa existente, el Mercader de Cristales sonrió.
• No era necesario limpiar nada -aseguró-. La ley del Corán obliga a dar de comer a quien tiene hambre.
• ¿Entonces por qué dejó que lo hiciera? -preguntó el muchacho.
• Porque los cristales estaban sucios. Y tanto tú como yo necesitá- bamos apartar los malos pensamientos de nuestras cabezas.
Cuando acabaron de comer, el Mercader se dirigió al muchacho:
• Me gustaría que trabajases en mi tienda. Hoy entraron dos clientes mientras limpiabas los jarros, y eso es buena señal.
«Las personas hablan mucho de señales -pensó el pastor-, pero no se dan cuenta de lo que están diciendo. De la misma manera que yo no me daba cuenta de que desde hacía muchos años hablaba con mis ovejas un lenguaje sin palabras.»
• ¿Quieres trabajar para mí? -insistió el Mercader.

• Puedo trabajar el resto del día -repuso el muchacho. Limpiaré hasta la madrugada todos los cristales de la tienda. A cambio, necesito dinero para estar mañana en Egipto.
El hombre rió.
• Aunque limpiases mis cristales durante un año entero, aunque ganases una buena comisión de venta en cada uno de ellos, aún tendrías que conseguir dinero prestado para ir a Egipto. Hay miles de kilómetros de desierto entre Tánger y las Pirámides.

Hubo un momento de silencio tan grande que la ciudad pareció
haberse dormido. Ya no existían los bazares, las discusiones de los mercaderes, los hombres que subían a los alminares y cantaban, las bellas espadas con sus empuñaduras con piedras incrustadas. Ya se habían terminado la esperanza y la aventura, los viejos reyes y las Leyendas Personales, el tesoro y las Pirámides. Era como si todo el mundo permaneciese inmóvil, porque el alma del muchacho estaba en silencio. No había ni dolor, ni sufrimiento, ni decepción; sólo una mirada vacía a través de la pequeña puerta del bar, y unas tremendas ganas de morir, de que todo se acabase para siempre en aquel instante. El Mercader, asustado, miró al muchacho. Era como si toda la alegría que había visto en él aquella mañana hubiese desaparecido de repente.

• Puedo darte dinero para que vuelvas a tu tierra, hijo mío -le ofreció.
El muchacho continuó en silencio. Después se levantó, se arregló la ropa y cogió el zurrón.
• Trabajaré con usted -dijo. Y después de otro largo silencio, añadió-: Necesito dinero para comprar algunas ovejas

 

 
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