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EL ALQUIMISTA

Segunda Parte 

 Pág. 41 a 50

Paulo Coelho

 
 

SEGUNDA PARTE

El muchacho llevaba casi un mes trabajando para el Mercader de Cristales, pero aquél no era exactamente el tipo de empleo que lo hacía feliz. El Mercader se pasaba el día entero refunfuñando detrás del mostrador, pidiéndole que tuviera cuidado con las piezas, que no fuera a romper nada.
Pero continuaba en el empleo porque a pesar de que el mercader era un viejo cascarrabias, no era injusto; el muchacho recibía una buena comisión por cada pieza vendida, y ya había conseguido juntar algún dinero. Aquella mañana había hecho ciertos cálculos: si continuaba trabajando todos los días a ese ritmo, necesitaría un año entero para poder comprar algunas ovejas.
• Me gustaría hacer una estantería para los cristales -dijo el muchacho al Mercader-. Podríamos colocarla en el exterior para captar la atención de los que pasan por la parte de abajo de la ladera.
• Nunca he hecho ninguna estantería hasta ahora -repuso el Mercader-. La gente puede tropezar al pasar, y los cristales se rompe- rían.

 
   

• Cuando yo andaba por el campo con las ovejas, si encontraban una serpiente podían morir. Pero esto forma parte de la vida de las ovejas y de los pastores.
El Mercader atendió a un cliente que deseaba tres jarras de cristal. Estaba vendiendo mejor que nunca, como si hubieran vuelto los buenos tiempos en que aquella calle era una de las principales atracciones de Tánger.
• Ya hay mucho movimiento -dijo al muchacho cuando el cliente se fue-. El dinero permite que yo viva mejor y a ti te devolverá las ovejas en poco tiempo. ¿Para qué exigir más de la vida?
• Porque tenemos que seguir las señales -respondió el muchacho, casi sin querer; y se arrepintió de lo que había dicho, porque el Mercader nunca se había encontrado con un rey.
«Se llama Principio Favorable, la suerte del principiante. Porque la
vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal», había dicho el viejo. El Mercader, no obstante, entendía lo que el chico decía. Su simple presencia en la tienda era ya una señal y con todo el dinero que entraba diariamente en la caja él no podía estar arrepentido de haber contratado al español. Aunque el chico estuviera ganando más de lo que debía, porque como él había pensado que las ventas ya no aumentarían jamás, le había ofrecido una comisión alta, y su intuición le decía que en breve el chico estaría junto a sus ovejas.
• ¿Por qué querías ir a las Pirámides? -preguntó para cambiar el tema de la estantería.
• Porque siempre me han hablado de ellas -dijo el chico sin mencionar su sueño. Ahora el tesoro era un recuerdo siempre doloroso y él trataba en la medida de lo posible de evitarlo.
• Yo aquí no conozco a nadie que quiera atravesar el desierto sólo para ver las Pirámides -replicó el Mercader-. No son más que una montaña de piedras. Tú puedes construirte una en tu huerto.
• Usted nunca soñó con viajar -dijo el muchacho mientras iba a atender a un nuevo cliente que entraba en la tienda.


Dos días después el viejo buscó al chico para hablar de la estantería.
• No me gustan los cambios -le dijo-. Ni tú ni yo somos como Hassan, el rico comerciante. Si él se equivoca en una compra, no le afecta demasiado. Pero nosotros dos tenemos que convivir siempre con nuestros errores.
«Es verdad», pensó el chico.
• ¿Por qué quieres hacer la estantería? -preguntó el Mercader.
• Quiero volver lo más pronto posible con mis ovejas. Tenemos que aprovechar cuando la suerte está de nuestro lado, y hacer todo lo posible por ayudarla, de la misma manera que ella nos está ayudando. Se llama Principio Favorable, o «suerte del principiante».
El viejo permaneció algún tiempo callado. Después dijo:
• El Profeta nos dio el Corán y nos dejó únicamente cinco obliga- ciones que tenemos que cumplir en nuestra existencia. La más importante es la siguiente: sólo existe un Dios. Las otras son: rezar cinco veces al día, ayunar en el mes del Ramadán, hacer caridad con los pobres...
Se interrumpió. Sus ojos se llenaron de lágrimas al hablar del Profeta. Era un hombre fervoroso y, a pesar de su carácter impaciente, procuraba vivir su vida de acuerdo con la ley musulmana.
• ¿Y cuál es la quinta obligación? -quiso saber el muchacho.
• Hace dos días me dijiste que yo nunca sentí deseos de viajar
• repuso el Mercader-. La quinta obligación de todo musulmán es hacer un viaje. Debemos ir, por lo menos una vez en la vida, a la ciudad sagrada de La Meca.
»La Meca está mucho más lejos que las Pirámides. Cuando era joven, preferí juntar el poco dinero que tenía para poner en marcha esta tienda. Pensaba ser rico algún día para ir a La Meca. Empecé a ganar dinero, pero no podía dejar a nadie cuidando los cristales porque son piezas muy delicadas. A1 mismo tiempo, veía pasar frente a mi tienda a muchas personas que se dirigían hacia allí. Algunos peregrinos eran ricos, e iban con un séquito de criados y camellos, pero la mayor parte de las personas eran mucho más pobres que yo.
»Todos iban y volvían contentos, y colocaban en la puerta de sus casas los símbolos de la peregrinación. Uno de los que regresaron, un zapatero que vivía de remendar botas ajenas, me dijo que había caminado casi un año por el desierto, pero que se cansaba mucho más cuando tenía que caminar algunas manzanas en Tánger para comprar cuero.
• ¿Por qué no va a La Meca ahora? -inquirió el muchacho.
• Porque La Meca es lo que me mantiene vivo. Es lo que me hace soportar todos estos días iguales, esos jarrones silenciosos en los estantes, la comida y la cena en aquel restaurante horrible. Tengo miedo de realizar mi sueño y después no tener más motivos para continuar vivo.
»Tú sueñas con ovejas y con Pirámides. Eres diferente de mí, porque deseas realizar tus sueños. Yo sólo quiero soñar con La Meca. Ya imaginé miles de veces la travesía del desierto, mi llegada a la plaza donde está la Piedra Sagrada, las siete vueltas que debo dar en torno a ella antes de tocarla. Ya imaginé qué personas estarán a mi lado, frente
a mí, y las conversaciones y oraciones que compartiremos juntos. Pero tengo miedo de que sea una gran decepción, y por eso sólo prefiero seguir soñando.
Ese día el Mercader dio permiso al muchacho para construir la estantería. No todos pueden ver los sueños de la misma manera.
Pasaron más de dos meses y la estantería atrajo a muchos clientes
a la tienda de los cristales. El muchacho calculó que con seis meses más de trabajo ya podría volver a España, comprar sesenta ovejas y aun otras sesenta más. En menos de un año habría duplicado su rebaño, y podría negociar con los árabes, porque ya había conseguido hablar
aquella lengua extraña. Desde aquella mañana en el mercado no había vuelto a utilizar el Urim y el Tumim, porque Egipto pasó a ser un sueño tan distante para él como lo era la ciudad de La Meca para el Mercader. Sin embargo, el muchacho estaba ahora contento con su trabajo y pensaba siempre en el momento en que desembarcaría en Tarifa como un triunfador.
«Acuérdate de saber siempre lo que quieres», le había dicho el viejo rey. El chico lo sabía, y trabajaba para lograrlo. Quizá su tesoro había sido llegar a esa tierra extraña, encontrar a un ladrón y doblar el número de su rebaño sin haber gastado siquiera un céntimo.
Estaba orgulloso de sí mismo. Había aprendido cosas importantes, como el comercio de cristales, el lenguaje sin palabras y las señales. Una tarde vio a un hombre en lo alto de la colina quejándose de que era imposible encontrar un lugar decente para beber algo después de toda la subida. El muchacho ya conocía el lenguaje de las señales, y llamó al viejo para conversar.
• Vamos a vender té para las personas que suben la colina -le dijo.
• Ya hay muchos que venden té por aquí -replicó el Mercader.
• Podemos vender té en jarras de cristal. Así la gente degustará el té
y también querrá comprar los recipientes de cristal. Porque lo que más seduce a los hombres es la belleza.
El mercader contempló al chico durante algún tiempo sin decir nada. Pero aquella tarde, después de rezar sus oraciones y cerrar la tienda, se sentó en el borde de la acera con él y lo convidó a fumar narguile, aquella extraña pipa que usaban los árabes.
• ¿Qué es lo que buscas? -preguntó el viejo Mercader de Cristales.
• Ya se lo dije. Tengo que volver a comprar las ovejas, y para eso necesito dinero.
El viejo colocó algunas brasas nuevas en el narguile y le dio una profunda calada.
• Hace treinta años que tengo esta tienda. Conozco el cristal bueno
y el malo y todos los detalles de su funcionamiento. Estoy acostum- brado a su tamaño y a su movimiento. Si sirves té en los cristales, la tienda crecerá, y entonces tendré que cambiar mi forma de vida.

• ¿Y eso no es bueno?
• Estoy acostumbrado a mi vida. Antes de que llegaras, pensaba en todo el tiempo que había perdido en el mismo lugar mientras mis amigos cambiaban, se iban a la quiebra o progresaban. Esto me provocaba una inmensa tristeza. Ahora yo sé que no era exactamente
así: la tienda tiene el tamaño exacto que yo siempre quise que tuviera. No quiero cambiar porque no sé cómo hacerlo. Ya estoy muy acostumbrado a mí mismo.
El muchacho no sabía qué decir.
 

• Tú fuiste una bendición para mí -continuó el viejo-. Y hoy estoy entendiendo una cosa: toda bendición no aceptada se transforma en maldición. Yo no quiero nada más de la vida. Y tú me estás empujando
a ver riquezas y horizontes que nunca conocí. Ahora que los conozco,
y que conozco mis inmensas posibilidades, me sentiré aún peor de lo que me sentía antes. Porque sé que puedo tenerlo todo, y no lo quiero.
«Menos mal que no le dije nada al vendedor de palomitas de maíz», pensó el muchacho.
Continuaron fumando el narguile durante algún tiempo, mientras
el sol se escondía. Estaban conversando en árabe, y el muchacho se sentía muy satisfecho por haber logrado hablar el idioma. Hubo una época en la que creyó que las ovejas podían enseñarle todo lo que hay que saber sobre el mundo. Pero las ovejas no podían enseñar árabe.
«Debe de haber otras cosas en el mundo que las ovejas no pueden enseñar -pensó el chico mirando al Mercader en silencio-. Porque ellas sólo se preocupan de buscar agua y comida. Creo que no son ellas las que enseñan: soy yo quien aprendo.»
• Maktub -dijo finalmente el Mercader.
• ¿Qué significa eso?
• Tendrías que haber nacido árabe para entenderlo -repuso él-. Pero la traducción sería algo así como «está escrito».
Y mientras apagaba las brasas del narguile, le dijo al muchacho que podía empezar a vender el té en las jarras.
A veces es imposible detener el río de la vida.
Los hombres llegaban cansados después de subir la ladera. Y allí encontraban una tienda de bellos cristales con refrescante té de menta. Los hombres entraban para beber el té, que era servido en preciosas jarras de cristal.
«A mi mujer nunca se le ocurrió esto», pensaba uno, y compraba algunas piezas porque iba a tener visitas por la noche, y quería impresion ar a sus invitados con la riqueza de aquellas jarras. Otro hombre afirmó que el té tiene siempre mejor sabor cuando se sirve en recipientes de cristal, pues conservaban mejor su aroma. Un tercero añadió que era tradición en Oriente utilizar jarras de cristal para el té,
pues tenían poderes mágicos.
En poco tiempo la noticia se difundió y muchas personas empeza- ron a subir hasta lo alto de la ladera para conocer la tienda que estaba haciendo algo nuevo con un comercio tan antiguo. Se abrieron otras tiendas que servían el té en vasos de cristal, pero no estaban en la cima de una colina, y por eso siempre estaban desiertas.
El Mercader en seguida tuvo que contratar a dos empleados más. Pasó a importar, junto con los cristales, cantidades enormes de té que diariamente consumían los hombres y mujeres con sed de cosas nuevas.
Y así transcurrieron seis meses.
El muchacho se despertó antes de que saliera el sol. Habían pasado once meses y nueve días desde que pisó por primera vez el continente africano.
Se vistió con su ropa árabe, de lino blanco, comprada especialmen- te para aquel día. Se colocó el pañuelo en la cabeza, fijado por un anillo hecho de piel de camello. Se calzó las sandalias nuevas y bajó sin hacer ruido.
La ciudad aún dormía. Se hizo un sándwich de sésamo y bebió té caliente en una jarra de cristal. Después se sentó en el umbral de la puerta, fumando solo el narguile.
Fumó en silencio, sin pensar en nada, escuchando apenas el ruido siempre constante del viento que soplaba trayendo el olor del desierto. Cuando acabó de fumar, metió la mano en uno de los bolsillos del traje y se quedó algunos instantes contemplando lo que había extraído de allí.
Era un gran mazo de billetes. El dinero suficiente para comprar ciento veinte ovejas, un pasaje de regreso y una licencia de comercio entre su país y el país donde estaba.
Esperó pacientemente a que el viejo se levantara y abriera la tienda. Entonces los dos fueron juntos a tomar más té.
• Me voy hoy -dijo el muchacho-. Tengo dinero para comprar mis ovejas. Usted tiene dinero para ir a La Meca.
El viejo no dijo nada.
-Le pido su bendición -insistió el muchacho-. Usted me ayudó. El viejo continuó preparando el té en silencio. Poco después, no obstante, se dirigió al muchacho.
• Estoy orgulloso de ti -dijo-. Tú trajiste alma a mi tienda de
cristales. Pero sabes que yo no voy a ir a La Meca. Como también sabes que no volverás a comprar ovejas.
• ¿Quién se lo ha dicho? -preguntó el muchacho asustado.
• Maktub -repuso simplemente el viejo Mercader de Cristales. Y lo bendijo.
El muchacho volvió a su cuarto para recoger sus cosas. Llenó tres bolsas. Cuando ya estaba saliendo, reparó en su viejo zurrón de pastor tirado en un rincón. Estaba todo arrugado, y él casi lo había olvidado. Allí dentro estaban aún el mismo libro y la chaqueta. Cuando sacó esta última, pensando en regalársela a algún chico de la calle, las dos piedras rodaron por el suelo. Urim y Tumim.
Entonces el muchacho se acordó del viejo rey, y se sorprendió al darse cuenta del tiempo que hacía que no pensaba en él. Durante un año había trabajado sin parar, pensando sólo en conseguir dinero para no tener que volver a España con la cabeza gacha.
«Nunca desistas de tus sueños -había dicho el viejo rey-. Sigue las señales.»
El muchacho recogió a Urim y Tumim del suelo y tuvo nuevamen- te aquella extraña sensación de que el rey estaba cerca. Había trabajado duro un año, y las señales indicaban que ahora era el momento de partir.
«Volveré a ser exactamente lo que era antes -pensó-. Aunque las ovejas no me enseñaron a hablar árabe.»
Las ovejas, sin embargo, le habían enseñado una cosa mucho más importante: que había un lenguaje en el mundo que todos entendían,
y que el muchacho había usado durante todo aquel tiempo para hacer progresar la tienda. Era el lenguaje del entusiasmo, de las cosas hechas con amor y con voluntad, en busca de algo que se deseaba o en lo que se creía. Tánger ya había dejado de ser una ciudad extraña, y él sentía que de la misma manera que había conquistado aquel lugar, podría conquistar el mundo.
«Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla», había dicho el viejo rey.
Pero el viejo rey no había hecho referencia a robos, desiertos inmensos o personas que conocen sus sueños pero que no desean realizarlos. El viejo rey no había dicho que las Pirámides no eran más que una montaña de piedras, y que cualquiera podía hacer una montaña de piedras en su huerto. Y se había olvidado de decir que cuando se tiene dinero para comprar un rebaño mayor que el que se
poseía, hay que comprar ese rebaño.
El muchacho cogió el zurrón y lo juntó con sus otras bolsas. Bajó la escalera; el viejo estaba atendiendo a una pareja extranjera, mientras otros dos clientes paseaban por la tienda tomando el té en jarras de cristal. Había bastante movimiento para ser aquella hora de la mañana. Desde el lugar donde estaba, notó por primera vez que el cabello
del Mercader le recordaba bastante al del viejo rey. Y se acordó de la sonrisa del pastelero el primer día en Tánger, cuando no tenía adónde ir ni qué comer; también aquella sonrisa hacía recordar al viejo rey.
«Como si él hubiera pasado por aquí y hubiera dejado una marca
• pensó-. Y cada persona hubiera conocido ya a ese rey en algún momento de su vida. Al fin y al cabo, él dijo que siempre aparecía para quien vive su Leyenda Personal.»
Salió sin despedirse del Mercader de Cristales. No quería llorar porque la gente lo podía ver. Pero sabía que iba a sentir nostalgia de todo aquel tiempo y de todas las cosas buenas que había aprendido. Sin embargo, ahora tenía más confianza en sí mismo y ánimos para conquistar el mundo.
«Pero estoy volviendo a los campos que ya conozco para conducir otra vez las ovejas.» Ya no estaba tan contento con su decisión; había trabajado un año entero para realizar un sueño y cada minuto que pasaba ese sueño iba perdiendo importancia. Quizá porque no era su sueño.
«Quién sabe si no es mejor ser como el Mercader de Cristales; él nunca irá a La Meca y vivirá con la ilusión de conocerla.» Pero estaba sosteniendo a Urim y Tumim en sus manos, y estas piedras le traían la fuerza y la voluntad del viejo rey.

Por una coincidencia (o una señal, pensó el muchacho) llegó al bar donde había entrado el primer día. No estaba el ladrón, y el dueño le trajo una taza de té.
«Siempre podré volver a ser pastor -pensó el muchacho-. Aprendí a cuidar las ovejas y nunca más me olvidaré de cómo son. Pero tal vez no tenga otra oportunidad de llegar hasta las Pirámides de Egipto. El viejo tenía un pectoral de oro y conocía mi historia. Era un rey de verdad, un rey sabio.»

 

 
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