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EL ALQUIMISTA

Segunda Parte 

 Pág. 51 a 55

Paulo Coelho

 
 

Estaba apenas a dos horas de barco de las llanuras andaluzas, pero había un desierto entero entre él y las Pirámides. El muchacho quizá contempló esta otra manera de enfocar la misma situación: en realidad, estaba dos horas más cerca de su tesoro. Aunque para caminar estas dos
horas hubiera tardado un año entero.
«Sé por qué quiero volver a mis ovejas. Yo ya las conozco; no dan mucho trabajo, y pueden ser amadas. No sé si el desierto puede ser amado, pero es el desierto que esconde mi tesoro. Si no consigo encontrarlo, siempre podré volver a casa. Por lo pronto la vida me ha dado suficiente dinero, y tengo todo el tiempo que necesito; ¿por qué no?»

 
   

En aquel momento sintió una alegría inmensa. Siempre podía volver a ser pastor de ovejas. Siempre podía volver a ser vendedor de cristales. Tal vez el mundo escondiera otros muchos tesoros, pero él había tenido un sueño repetido y había encontrado a un rey. Esas cosas no le sucedían a cualquiera.
Cuando salió del bar estaba muy contento. Se había acordado de que uno de los proveedores del Mercader traía los cristales en caravanas que cruzaban el desierto. Mantuvo a Urim y Tumim en las manos; gracias a aquellas dos piedras había reemprendido el camino hacia su tesoro.
«Siempre estoy cerca de los que viven su Leyenda Personal», había dicho el viejo rey.
No costaba nada ir hasta el almacén y averiguar si las Pirámides estaban realmente muy lejos.
El Inglés estaba sentado en el interior de una edificación que olía
a animales, a sudor y a polvo. Aquello no se podía considerar un almacén; apenas era un corral. «Toda mi vida para tener que pasar por un lugar como éste -pensó mientras hojeaba distraído una revista de química-. Diez años de estudio me conducen a un corral.»
Pero era necesario seguir adelante. Tenía que creer en las señales. Durante toda su vida, sus estudios se concentraron en la búsqueda del lenguaje único hablado por el Universo. Primero se había interesado por el esperanto, después por las religiones y finalmente por la Alquimia. Sabía hablar esperanto, entendía perfectamente las diversas religiones, pero aún no era Alquimista. Es verdad que había consegui- do descifrar cosas importantes. Pero sus investigaciones llegaron hasta un punto a partir del cual no podía progresar más. Había intentado en vano entrar en contacto con algún alquimista. Pero los alquimistas eran personas extrañas, que sólo pensaban en ellos mismos, y casi siempre rehusaban ayudar a los demás. Quién sabe si no habían descubierto el secreto de la Gran Obra -llamada Piedra Filosofal- y por
eso se encerraban en su silencio.
Ya había gastado parte de la fortuna que su padre le había dejado buscando inútilmente la Piedra Filosofal. Había consultado las mejores bibliotecas del mundo y comprado los libros más importantes
y más raros sobre Alquimia. En uno de ellos descubrió que, muchos años atrás, un famoso alquimista árabe había visitado Europa. Decían de él que tenía más de doscientos años, que había descubierto la Piedra Filosofal y el Elixir de la Larga Vida. El Inglés se quedó impresionado con la historia. Pero no habría pasado de ser una leyenda más si un amigo suyo, al volver de una expedición arqueológica en el desierto, no le hubiese hablado de la existencia de un árabe que tenía poderes excepcionales.
• Vive en el oasis de al-Fayum -dijo su amigo-. Y la gente dice que tiene doscientos años y que es capaz de transformar cualquier metal en oro.
El Inglés no cabía en sí de tanta emoción. Inmediatamente canceló todos sus compromisos, juntó sus libros más importantes y ahora estaba allí, en aquel almacén parecido a un corral, mientras allá afuera una inmensa caravana se preparaba para cruzar el Sahara. La caravana pasaba por al-Fayum.
«Tengo que conocer a ese maldito Alquimista», pensó el Inglés. Y
el olor de los animales se hizo un poco más tolerable.
Un joven árabe, también cargado de bolsas, entró en el lugar donde estaba el Inglés y lo saludó.
• ¿Adónde va? -preguntó el joven árabe.
• Al desierto- repuso el Inglés, y volvió a su lectura. Ahora no quería conversar. Tenía que recordar todo lo que había aprendido durante diez años, porque el Alquimista seguramente lo sometería a alguna especie de prueba.
El joven árabe sacó un libro escrito en español y empezó a leer. «
¡Qué suerte! », pensó el Inglés. Él sabía hablar español mejor que árabe,
y si este muchacho fuese hasta al-Fayum tendría a alguien con quien conversar cuando no estuviese ocupado en cosas importantes.
«Tiene gracia -pensó el muchacho mientras intentaba leer otra vez la escena del entierro con que comenzaba el libro-. Hace casi dos años que empecé a leerlo y no consigo pasar de estas páginas.» Aunque no había un rey que lo interrumpiera, no conseguía concentrarse. Aún tenía dudas respecto a su decisión.

Pero se daba cuenta de una cosa importante: las decisiones eran solamente el comienzo de algo.
Cuando alguien tomaba una decisión, estaba zambulléndose en una poderosa corriente que llevaba a la persona hasta un lugar que jamás hubiera soñado en el momento de decidirse.
«Cuando resolví ir en busca de mi tesoro, nunca imaginé que llegaría a trabajar en una tienda de cristales -se dijo el muchacho para confirmar su razonamiento-. Del mismo modo, el hecho de que me encuentre en esta caravana puede ser una decisión mía, pero el curso que tomará será siempre un misterio.»
Frente a él había un europeo que también iba leyendo.

Era antipático y le había mirado con desprecio cuando él entró. Podían haberse hecho buenos amigos, pero el europeo había interrumpido la conversación.
El muchacho cerró el libro. No quería hacer nada que le hiciese parecerse a aquel europeo. Sacó a Urim y Tumim del bolsillo y comenzó a jugar con ellos.
El extranjero dio un grito:
• ¡Un Urim y un Tumim!
El chico volvió a guardar las piedras rápidamente.
• No están en venta -dijo.
• No valen mucho -replicó el Inglés-. No son más que cristales de roca. Hay millones de cristales de roca en la tierra, pero para quien entiende, éstos son Urim y Tumim. No sabía que existiesen en esta parte del mundo.
• Me las regaló un rey -aseguró el muchacho.
El extranjero se quedó mudo. Después metió la mano en su bolsillo
y retiró, tembloroso, dos piedras iguales.
• ¿Has dicho un rey? -repitió.
• Y usted no cree que los reyes conversen con pastores -dijo el chico. Esta vez era él quien quería acabar la conversación.
• Al contrario. Los pastores fueron los primeros en reconocer a un rey que el resto del mundo rehusó reconocer. Por eso es muy probable que los reyes conversen con los pastores.
»Está en la Biblia -prosiguió el Inglés temiendo que el muchacho no lo estuviera entendiendo-. El mismo libro que me enseñó a hacer este Urim y este Tumim. Estas piedras eran la única forma de adivina- ción permitida por Dios. Los sacerdotes las llevaban en un pectoral de oro.
El muchacho se alegró enormemente de estar allí.
• Quizá esto sea una señal -dijo el Inglés como pensando en voz alta.
• ¿Quién le habló de señales?
El interés del chico crecía a cada momento.
• Todo en la vida son señales -aclaró el Inglés cerrando la revista que estaba leyendo-. El Universo fue creado por una lengua que todo
el mundo entiende, pero que ya fue olvidada. Estoy buscando ese
Lenguaje Universal, entre otras cosas.
»Por eso estoy aquí. Porque tengo que encontrar a un hombre que conóce el Lenguaje Universal. Un Alquimista.
La conversación fue interrumpida por el jefe del almacén.
• Tenéis suerte -dijo el árabe gordo-. Esta tarde sale una caravana para al-Fayum.
• Pero yo voy a Egipto -replicó el muchacho.
• Al-Fayum está en Egipto -dijo el dueño-. ¿Qué clase de árabe eres tú?
El muchacho explicó que era español. El Inglés se sintió satisfecho:
aunque vestido de árabe, el joven, al menos, era europeo.
• Él llama «suerte» a las señales -dijo el Inglés después de que el árabe gordo se fue-. Si yo pudiese, escribiría una gigantesca enciclopedia sobre las palabras «suerte» y «coincidencia». Es con estas palabras con las que se escribe el Lenguaje Universal.
Después comentó con el muchacho que no había sido «coinciden- cia» encontrarlo con Urim y Tumim en la mano. Le preguntó si él también estaba buscando al Alquimista.
• Voy en busca de un tesoro -confesó el muchacho, y se arrepintió de inmediato.
Pero el Inglés pareció no darle importancia.
• En cierta manera, yo también -dijo.


• Y ni siquiera sé lo que quiere decir Alquimia -añadió el mucha- cho, cuando el dueño del almacén empezó a llamarlos para que salieran.
• Yo soy el Jefe de la Caravana -dijo un señor de barba larga y ojos oscuros-. Tengo poder sobre la vida y la muerte de las personas que viajan conmigo. Porque el desierto es una mujer caprichosa que a veces enloquece a los hombres.
Eran casi doscientas personas, y el doble de animales: camellos, caballos, burros, aves. El Inglés llevaba varias maletas llenas de libros. Había mujeres, niños, y varios hombres con espadas en la cintura y largas espingardas al hombro. Una gran algarabía llenaba el lugar, y el
Jefe tuvo que repetir varias veces sus palabras para que todos lo oyesen.
• Hay varios hombres y dioses diferentes en el corazón de estos hombres. Pero mi único Dios es Alá, y por él juro que haré todo lo posible para vencer una vez más al desierto. Ahora quiero que cada uno de vosotros jure por el Dios en el que cree, en el fondo de su corazón, que me obedecerá en cualquier circunstancia. En el desierto,
la desobediencia significa la muerte.
Un murmullo recorrió a todos los presentes, que estaban jurando en voz baja ante su Dios. El muchacho juró por Jesucristo. El Inglés permaneció en silencio. El murmullo se prolongó más de lo necesario para un simple juramento, porque las personas también estaban pidiendo protección al cielo.
Se oyó un largo toque de clarín y cada cual montó en su animal. El much acho y el Inglés habían comprado camellos, y montaron en ellos con cierta dificultad. Al muchacho le dio lástima el camello del Inglés: iba cargado con pesadas maletas llenas de libros.
• No existen las coincidencias -dijo el Inglés intentando continuar la conversación que habían iniciado en el almacén-. Fue un amigo quien me trajo hasta aquí porque conocía a un árabe que...
Pero la caravana se puso en marcha y le resultó imposible escuchar lo que el Inglés estaba diciendo. No obstante, el muchacho sabía exactamente de qué se trataba: era la cadena misteriosa que va uniendo una cosa con otra, la misma que lo había llevado a ser pastor, a tener
el mismo sueño repetido, a estar en una ciudad cerca de África, y a encontrar en la plaza a un rey, a que le robaran para conocer a un mercader de cristales, y...
«Cuanto más se aproxima uno al sueño, más se va convirtiendo la Leyenda Personal en la verdadera razón de vivir», pensó el muchacho. La caravana se dirigía hacia poniente. Viajaban por la mañana, paraban cuando el sol calentaba más, y proseguían al atardecer. El muchacho conversaba poco con el Inglés, que pasaba la mayor parte
del tiempo entretenido con sus libros.
Entonces se dedicó a observar en silencio la marcha de animales y hombres por el desierto. Ahora todo era muy diferente del día en que partieron. Aquel día de confusión, gritos, llantos, criaturas y relinchos de animales se mezclaban con las órdenes nerviosas de los guías y de los comerciantes.

En el desierto, en cambio, reinaba el viento eterno,el silencio y el casco de los animales. Hasta los guías conversaban poco
entre sí.
• He cruzado muchas veces estas arenas -dijo un camellero cierta noche-. Pero el desierto es tan grande y los horizontes tan lejanos que hacen que uno se sienta pequeño y permanezca en silencio

 

 
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