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EL ALQUIMISTA

Segunda Parte 

 Pág. 55 a 60

Paulo Coelho

 

El muchacho entendió lo que el camellero quería decir, aun sin haber pisado nunca antes un desierto. Cada vez que miraba el mar o el fuego era capaz de quedarse horas callado, sin pensar en nada, sumergido en la inmensidad y la fuerza de los elementos.
«Aprendí con las ovejas y aprendí con los cristales -pensó-. Puedo aprender también con el desierto. Él me parece más viejo y más sabio.» El viento no paraba nunca. El muchacho se acordó del día en que sintió ese mismo viento, sentado en un fuerte en Tarifa. Tal vez ahora estaría rozando levemente la lana de sus ovejas, que seguían en busca de alimento y agua por los campos de Andalucía.
«Ya no son mis ovejas -se dijo sin nostalgia-. Deben de haberse acostumbrado a otro pastor y ya me habrán olvidado. Es mejor así. Quien está acostumbrado a viajar, como las ovejas, sabe que siempre es necesario partir un día.»

 
   

También se acordó de la hija del comerciante y tuvo la seguridad de que ya se habría casado. Quién sabe si con un vendedor de palomitas, o con un pastor que como él supiera leer y contase historias extraordinarias; al fin y al cabo, él no debía de ser el único. Pero se quedó impresionado con su presentimiento: quizá él estuviese aprendiendo también esta historia del Lenguaje Universal, que sabe el pasado y presente de todos los hombres. «Presentimientos», como acostumbraba decir su madre. El muchacho comenzó a entender que los presentimientos eran las rápidas zambullidas que el alma daba en esta corriente Universal de vida, donde la historia de todos los hombres está ligada entre sí, y podemos saberlo todo, porque todo está escrito.
• Maktub -dijo el muchacho recordando las palabras del Mercader de Cristales.
El desierto a veces se componía de arena y otras veces de piedra. Si la caravana llegaba frente a una piedra, la contorneaba; si se encontra- ba frente a una roca, daba una larga vuelta. Si la arena era demasiado fina para los cascos de los camellos, buscaban un lugar donde fuera más resistente. En algunas ocasiones el suelo estaba cubierto de sal, lo cual indicaba que allí debía de haber existido un lago. Los animales entonces se quejaban, y los camelleros se bajaban y los descargaban.
Después se colocaban las cargas en su propia espalda, pasaban sobre el suelo traicionero y nuevamente cargaban a los animales. Si un guía enfermaba y moría, los camelleros echaban suertes y escogían a un nuevo guía.
Pero todo esto sucedía por una única razón: por muchas vueltas que tuviera que dar, la caravana se dirigía siempre a un mismo punto. Una vez vencidos los obstáculos, volvía a colocarse de nuevo hacia el astro que indicaba la posición del oasis. Cuando las personas veían aquel astro brillando en el cielo por la mañana, sabían que estaba señalando un lugar con mujeres, agua, dátiles y palmeras. El único que no se enteraba de todo eso era el Inglés, pues se pasaba la mayor parte del tiempo sumergido en la lectura de sus libros.
El muchacho también tenía un libro que había intentado leer durante los primeros días de viaje. Pero encontraba mucho más interesante contemplar la caravana y escuchar el viento. Así que aprendió a conocer mejor a su camello y al aficionarse a él, tiró el libro. Era un peso innecesario, aunque el chico había alimentado la superstición de que cada vez que abría el libro encontraba a alguien importante.
Terminó trabando amistad con el camellero que viajaba siempre a su lado. De noche, cuando paraban y descansaban alrededor de las hogueras, solía contarle sus aventuras como pastor.
Durante una de esas conversaciones, el camellero comenzó a su vez
a hablarle de su vida.

• Yo vivía en un lugar cercano a El Cairo -le explicó-. Tenía mi huerto, mis hijos y una vida que no iba a cambiar hasta el momento de mi muerte. Un año que la cosecha fue excelente, fuimos todos hasta La Meca y yo cumplí con la única obligación que me faltaba llevar a cabo en la vida. Podía morir en paz, y me agradaba la idea...
»Cierto día la tierra comenzó a temblar, y el Nilo se desbordó. Lo que yo pensaba que sólo ocurría a los otros terminó pasándome a mí. Mis vecinos tuvieron miedo de perder sus olivos con las inundacio- nes; mi mujer de que las aguas se llevaran a nuestros hijos, y yo de ver destruido todo lo que había conquistado.

»Pero no hubo solución. La tierra quedó inservible y tuve que buscar otro medio de subsistencia. Hoy soy camellero. Pero entonces entendí la palabra de Alá, nadie siente miedo de lo desconocido porque cualquier persona es capaz de conquistar todo lo que quiere y necesita.
»Sólo sentimos miedo de perder aquello que tenemos, ya sean nuestras vidas o nuestras plantaciones. Pero este miedo pasa cuando entendemos que nuestra historia y la historia del mundo fueron escritas por la misma Mano.
A veces las caravanas se encontraban durante la noche. Siempre una de ellas tenía lo que la otra necesitaba, como si realmente todo estuviera escrito por una sola Mano. Los camelleros intercambiaban informaciones sobre las tempestades de viento y se reunían en torno
a las hogueras para contar las historias del desierto.
En otras ocasiones llegaban misteriosos hombres encapuchados; eran beduinos que espiaban las rutas seguidas por las caravanas. Traían noticias de asaltantes y de tribus bárbaras. Llegaban y partían en silencio, con sus ropas negras que sólo dejaban ver los ojos.
Una de esas noches el camellero se acercó hasta la hoguera donde el muchacho estaba sentado junto al Inglés.
• Se rumorea que hay guerra entre los clanes -dijo el camellero.
Los tres se quedaron callados. El muchacho notó que el miedo flotaba en el aire, aunque nadie dijese ni una palabra. Nuevamente estaba percibiendo el lenguaje sin palabras, el Lenguaje Universal.
Poco después el Inglés preguntó si había peligro.
• Quien entra en el desierto no puede volver atrás -repuso el camellero-. Y cuando no se puede volver atrás, sólo debemos preocu- parnos por la mejor manera de seguir hacia adelante. El resto es por cuenta de Alá, inclusive el peligro.
Y concluyó diciendo la misteriosa palabra: Maktub.
• Tendría que prestar más atención a las caravanas -dijo el mucha- cho al Inglés cuando el camellero se fue-. Dan muchas vueltas, pero siempre mantienen el mismo rumbo.
• Y tú tendrías que leer más sobre el mundo -replicó el Inglés-. Los libros son igual que las caravanas.
El inmenso grupo de hombres y animales empezó a caminar más rápido. Además del silencio durante el día, las noches -cuando las personas se reunían para conversar en torno a las hogueras- comenza- ron a hacerse también silenciosas. Cierto día el Jefe de la Caravana decidió que no podían encenderse más hogueras, para no llamar la atención.

Los viajeros se vieron obligados a formar un gran círculo con los
animales y a colocarse todos en el centro, intentando protegerse del frío nocturno. El Jefe instaló centinelas armados alrededor del grupo. Una de aquellas noches, el Inglés no podía dormir. Llamó al
mu chacho y comenzaron a pasear por las dunas que rodeaban el campamento. Era una noche de luna llena, y el muchacho contó al Inglés toda su historia.
El Inglés se quedó fascinado con el relato de la tienda que había prosperado después de que el chico empezó a trabajar allí.


• Éste es el principio que mueve todas las cosas -dijo-. En Alquimia se le denomina el Alma del Mundo. Cuando deseas algo con todo tu corazón, estás más próximo al Alma del Mundo. Es una fuerza siempre positiva.
Le explicó también que esto no era un don exclusivo de los hombres; todas las cosas sobre la faz de la Tierra tenían también una alma, independientemente de si era mineral, vegetal, animal o apenas un simple pensamiento.
• Todo lo que está sobre la faz de la Tierra se transforma siempre, porque la Tierra está viva, y tiene una alma. Somos parte de esta Alma
y raramente sabemos que ella siempre trabaja en nuestro favor. Pero tú debes entender que en la tienda de los cristales, hasta los jarros estaban colaborando en tu éxito.
El muchacho se quedó callado unos instantes, mirando la luna y la arena blanca.
• He visto la caravana caminando a través del desierto -dijo por fin-. Ella y el desierto hablan la misma lengua y por eso él permite que ella lo atraviese. Probará cada paso suyo, para ver si está en perfecta sintonía con él; y si lo está, ella llegará al oasis.
»Si uno de nosotros llegase aquí con mucho valor, pero sin entender este lenguaje, moriría el primer día.
Continuaron mirando la luna juntos.
• Ésta es la magia de las señales -continuó el muchacho-. He visto cómo los guías leen las señales del desierto y cómo el alma de la caravana conversa con el alma del desierto.
Permanecieron varios minutos en silencio.
• Tengo que prestar más atención a la caravana -dijo por fin el Inglés.
• Y yo tengo que leer sus libros -dijo el muchach

Eran libros extraños. Hablaban de mercurio, sal, dragones y reyes,pero él no conseguía entender nada. Sin embargo, había una idea que parecía repetirse en todos los libros: todas las cosas eran manifestacio- nes de una cosa sola.
En uno de los libros descubrió que el texto más importante de la Alquimia constaba de unas pocas líneas, y había sido escrito en una simple esmeralda.
• Es la Tabla de la Esmeralda -dijo el Inglés, orgulloso de enseñarle algo al muchacho.
• Y entonces, ¿para qué tantos libros?
• Para entender estas líneas -repuso el Inglés, aunque no estaba muy convencido de su propia respuesta.
El libro que más interesó al muchacho contaba la historia de los alquimistas famosos. Eran hombres que habían dedicado toda su vida
a purificar metales en los laboratorios; creían que si un metal se mantenía permanentemente al fuego durante muchos años, terminaría liberándose de todas sus propiedades individuales y sólo restaría el Alma del Mundo. Esta Cosa Única permitía que los alquimistas entendiesen cualquier cosa sobre la faz de la Tierra, porque ella era el lenguaje a través del cual las cosas se comunicaban. A este descubri- miento lo llamaban la Gran Obra, que estaba compuesta por una parte líquida y una parte sólida.
• ¿No basta con observar a los hombres y a las señales para descubrir este lenguaje? -preguntó el chico.
• Tienes la manía de simplificarlo todo -repuso el Inglés irritado-. La Alquimia es un trabajo muy serio. Exige que se siga cada paso exactamente como los maestros lo enseñaron.
El muchacho descubrió que la parte líquida de la Gran Obra era llamada Elixir de la Larga Vida, que curaba todas las enfermedades y evitaba que el alquimista envejeciese. Y la parte sólida se conocía con
el nombre de Piedra Filosofal.
• No es fácil descubrir la Piedra Filosofal -dijo el Inglés-. Los alquimistas pasaban muchos años en los laboratorios contemplando aquel fuego que purificaba los metales. Miraban tanto el fuego que poco a poco sus cabezas iban perdiendo todas las vanidades del mundo. Entonces, un buen día, descubrían que la purificación de los metales había terminado por purificarlos a ellos mismos.
El muchacho se acordó del Mercader de Cristales. Él le había dicho que era buena idea limpiar los jarros para que ambos se liberasen también de los malos pensamientos. Cada vez estaba más convencido
de que la Alquimia podría aprenderse en la vida cotidiana.
• Además -añadió el Inglés-, la Piedra Filosofal tiene una propiedad fascinante: un pequeño fragmento de ella es capaz de transformar grandes cantidades de metal en oro.
A partir de esta frase, el muchacho empezó a interesarse en la Alquimia. Pensaba que, con un poco de paciencia, podría transformar- lo todo en oro. Leyó la vida de varias personas que lo habían consegui- do: Helvetius, Elías, Fulcanelli, Geber. Eran historias fascinantes: todos estaban viviendo hasta el final su Leyenda Personal. Viajaban, encontraban sabios, hacían milagros frente a los incrédulos, poseían
la Piedra Filosofal y el Elixir de la Larga Vida.
Pero cuando quería aprender la manera de conseguir la Gran Obra, se quedaba totalmente perdido. Eran sólo dibujos, instrucciones codificadas, textos oscuros.
• ¿Por qué son tan difíciles? -preguntó cierta noche al Inglés. Notó que el Inglés andaba un poco malhumorado por la falta de sus libros.
• Para que sólo los que tienen la responsabilidad de entenderlos los entiendan -repuso-. Imagina qué pasaría si todo el mundo se pusiera
a transformar el plomo en oro. En poco tiempo el oro no valdría nada.
»Sólo los persistentes, sólo aquellos que investigan mucho, son los que consiguen la Gran Obra. Por eso estoy en medio de este desierto. Para encontrar a un verdadero Alquimista que me ayude a descifrar los códigos.

• ¿Cuándo se escribieron estos libros? -quiso saber el muchacho.
• Muchos siglos atrás.
-En aquella época no había imprenta -insistió el muchacho-, por lo tanto, no había posibilidad de que todo el mundo pudiera conocer la Alquimia. ¿Por qué, entonces, ese lenguaje tan extraño, tan lleno de
dibujos?

 

 
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