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EL ALQUIMISTA

Segunda Parte 

 Pág. 61 a 65

Paulo Coelho

 
 

El Inglés no respondió. Dijo que desde hacía varios días estaba prestándole mucha atención a la caravana y que no conseguía descubrir nada nuevo. Lo único que había notado era que los comentarios sobre la guerra aumentaban cada vez más.

 
   

Un buen día el muchacho devolvió los libros al Inglés. -¿Entonces, has aprendido mucho? -preguntó el otro expectante-. Empezaba a necesitar a alguien con quien conversar para olvidar el miedo a la guerra.
• He aprendido que el mundo tiene una Alma y que quien entienda
esa Alma entenderá el lenguaje de las cosas. Aprendí que muchos alquimistas vivieron su Leyenda Personal y terminaron descubriendo el Alma del Mundo, la Piedra Filosofal y el Elixir.
»Pero, sobre todo, he aprendido que estas cosas son tan simples que pueden escribirse sobre una esmeralda.
El Inglés se quedó decepcionado. Los años de estudio, los símbolos mágicos, las palabras difíciles, los aparatos de laboratorio, nada de eso había impresionado al muchacho. «Debe de tener una alma demasiado primitiva como para comprender esto», se dijo.
Cogió sus libros y los guardó en las alforjas que colgaban del camello.
• Vuelve a tu caravana -dijo-. Ella tampoco me ha enseñado gran cosa.
El muchacho volvió a contemplar el silencio del desierto y la arena que levantaban los animales. «Cada uno tiene su manera de aprender
• se repetía a sí mismo-. La manera de él no es la mía, y la mía no es la de él. Pero ambos estamos buscando nuestra Leyenda Personal, y yo lo respeto por eso.»
La caravana comenzó a viajar día y noche. A cada momento aparecían los mensajeros encapuchados, y el camellero que se había hecho amigo del muchacho explicó que la guerra entre los clanes había comenzado. Tendrían mucha suerte si conseguían llegar al oasis. Los animales estaban agotados y los hombres cada vez más silenciosos. El silencio era más terrible por la noche, cuando un simple relincho de camello -que antes no pasaba de ser un relincho de camello- ahora asustaba a todo el mundo y podía ser una señal de
invasión.
El camellero, no obstante, no parecía estar muy impresionado con la amenaza de guerra.
• Estoy vivo -dijo al muchacho mientras comía un plato de dátiles en la noche sin hogueras ni luna-. Mientras estoy comiendo, no hago nada más que comer. Si estuviera caminando, me limitaría a caminar.
Si tengo que luchar, será un día tan bueno para morir como cualquier otro.
»Porque no vivo ni en mi pasado ni en mi futuro. Tengo sólo el presente, y eso es lo único que me interesa. Si puedes permanecer siempre en el presente serás un hombre feliz. Percibirás que en el desierto existe vida, que el cielo tiene estrellas, y que los guerreros luchan porque esto forma parte de la raza humana. La vida será una
fiesta, un gran festival, porque ella sólo es el momento que estamos viviendo.
Dos noches después, cuando se preparaba para dormir, el mucha- cho miró en dirección al astro que seguían durante la noche. Le pareció que el horizonte estaba un poco más bajo, porque sobre el desierto había centenares de estrellas. -Es el oasis -dijo el camellero. -¿Y por qué no vamos inmediatamente? -Porque necesitamos dormir.
El muchacho abrió los ojos cuando el sol comenzaba a nacer. Frente a él, donde las pequeñas estrellas habían estado durante la noche, se extendía una fila interminable de palmeras que cubría todo
el horizonte.
• ¡Lo conseguimos! -dijo el Inglés, que también acababa de levantar se.

El muchacho, sin embargo, permaneció callado. Había aprendido

el silencio del desierto y se contentaba con mirar las palmeras que tenía delante de él. Aún debía caminar mucho para llegar a las Pirámides, y algún día aquella mañana no sería más que un recuerdo. Pero ahora era el momento presente, la fiesta que había descrito el camellero, y él estaba procurando vivirlo con las lecciones de su pasado y los sueños de su futuro. Un día, aquella visión de millares de palmeras sería sólo un recuerdo. Pero para él, en este momento, significaba sombra, agua y un refugio para la guerra. De la misma manera que un relincho de camello podía transformarse en peligro, una hilera de palmeras podía significar un milagro.

«El mundo habla muchos lenguajes», pensó el muchacho.
«Cuando los tiempos van de prisa, las caravanas corren también», pensó el Alquimista mientras veía llegar a centenares de personas y animales al Oasis. Los habitantes gritaban detrás de los recién llegados,
el polvo cubría el sol del desierto y los niños saltaban de excitación al ver a los extraños. El Alquimista vio cómo los jefes tribales se aproximaban al Jefe de la Caravana y conversaban largamente entre sí.
 

Pero nada de todo aquello interesaba al Alquimista. Ya había visto
a mucha gente llegar y partir, mientras el Oasis y el desierto permane- cían invariables. Había visto a reyes y mendigos pisando aquellas arenas que siempre cambiaban de forma a causa del viento, pero que eran las mismas que él había conocido de niño. Aun así, no conseguía contener en el fondo de su corazón un poco de la alegría de vida que todo viajero experimentaba cuando, después de tierra amarilla y cielo azul, el verde de las palmeras aparecía delante de sus ojos. «Tal vez Dios
haya creado el desierto para que el hombre pueda sonreír con las palmeras», pensó.
Después decidió concentrarse en asuntos más prácticos. Sabía que en aquella caravana venía el hombre al cual debía enseñar parte de sus secretos. Las señales se lo habían contado. Aún no conocía a ese hombre, pero sus ojos experimentados lo reconocerían en cuanto lo viese. Esperaba que fuese alguien tan capaz como su aprendiz anterior.
«No sé por qué estas cosas tienen que ser transmitidas de boca a oreja», pensaba. No era exactamente porque fueran secretas, pues Dios revelaba pródigamente sus secretos a todas las criaturas.
Él sólo tenía una explicación para este hecho: las cosas tenían que ser transmitidas así porque estarían hechas de Vida Pura, y este tipo de vida difícilmente consigue ser captado en pinturas o palabras.
Porque las personas se fascinan con pinturas y palabras y terminan olvidando el Lenguaje del Mundo.
Los recién llegados fueron conducidos inmediatamente ante los jefes tribales de al-Fayum. El muchacho no podía creer lo que estaba viendo: en vez de ser un pozo rodeado de palmeras -como había leído cierta vez en un libro de historia-, el oasis era mucho mayor que muchas aldeas de España. Tenía trescientos pozos, cincuenta mil palmeras datileras y muchas tiendas de colores diseminadas entre ellas.


• Parece las Mil y Una Noches -dijó el Inglés, impaciente por encontrarse con el Alquimista.
En seguida se vieron rodeados de chiquillos, que contemplaban curiosos a los animales, los camellos y las personas que llegaban. Los hombres querían saber si habían visto algún combate y las mujeres se disputaban los tejidos y piedras que los mercaderes habían traído. El silencio del desierto parecía un sueño distante; las personas hablaban sin parar, reían y gritaban, como si hubiesen salido de un mundo espiritual para estar de nuevo entre los hombres. Estaban contentos y felices.
A pesar de las precauciones del día anterior, el camellero explicó
al muchacho que los oasis en el desierto eran siempre considerados terreno neutral, porque la mayor parte de sus habitantes eran mujeres
y niños, y había oasis en ambos bandos. Así, los guerreros lucharían en las arenas del desierto, pero respetarían los oasis como ciudades de refugio.

El Jefe de la Caravana los reunió a todos con cierta dificultad y
comenzó a darles instrucciones. Permanecerían allí hasta que la guerra entre los clanes hubiese terminado. Como eran visitantes, deberían compartir las tiendas con los habitantes del oasis, que les cederían los mejores lugares. Era la hospitalidad que imponía la Ley. Después pidió que todos, inclusive sus propios centinelas, entregasen las armas a los hombres indicados por los jefes tribales.
• Son las reglas de la guerra -explicó el Jefe de la Caravana. De esta manera, los oasis no pueden hospedar a ejércitos ni guerreros.
Para sorpresa del muchacho, el Inglés sacó de su chaqueta un revólver cromado y lo entregó al hombre que recogía las armas.
• ¿Para qué quiere un revólver? -preguntó.
• Para aprender a confiar en los hombres -repuso el Inglés. Estaba contento por haber llegado al final de su búsqueda.
El muchacho, en cambio, pensaba en su tesoro. Cuanto más se acercaba a su sueño, más difíciles se tornaban las cosas. Ya no funcionaba aquello que el viejo rey había llamado «suerte del princi- piante». Lo único que él sabía que funcionaba era la prueba de la persistencia y del coraje de quien busca su Leyenda Personal. Por eso no podía apresurarse, ni impacientarse. Si actuara así, terminaría no viendo las señales que Dios había puesto en su camino.
«... que Dios colocó en mi camino», pensó el muchacho sorprendi- do. Hasta aquel momento había considerado las señales como algo perteneciente al mundo. Algo como comer o dormir, algo como buscar un amor o conseguir un empleo. Nunca antes había pensado que éste era un lenguaje que Dios estaba usando para mostrarle lo que debía hacer.
«No te impacientes -se repitió para sí-. Como dijo el camellero, come a la hora de comer. Y camina a la hora de caminar.»
El primer día todos durmieron de cansancio, inclusive el inglés. El muchacho estaba instalado lejos de él, en una tienda con otros cinco jóvenes de edad similar a la suya. Eran gente del desierto, y querían saber historias de las grandes ciudades.
El muchacho les habló de su vida de pastor, e iba a empezar a relatarles su experiencia en la tienda de cristales cuando se presentó
el Inglés.
• Te he buscado toda la mañana -dijo mientras se lo llevaba afuera-. Necesito que me ayudes a descubrir dónde vive el Alquimista.

Empezaron por recorrer las tiendas donde vivieran hombres solos.
Un Alquimista seguramente viviría de manera diferente de las otras personas del oasis, y sería muy probable que en su tienda hubiera un horno permanentemente encendido. Caminaron bastante, hasta que se quedaron convencidos de que el oasis era mucho mayor de lo que podían imaginar, y que albergaba centenares de tiendas.
• Hemos perdido casi todo el día -dijo el Inglés mientras se sentaba junto al chico cerca de uno de los pozos del oasis.
• Será mejor que preguntemos -propuso el muchacho.
El Inglés no quería revelar su presencia en el oasis, y se mostró indeciso ante la sugerencia. Pero acabó accediendo y le pidió al muchacho, que hablaba mejor el árabe, que lo hiciera. Éste se aproximó a una mujer que había ido al pozo para llenar de agua un saco de piel de carnero.
• Buenas tardes, señora. Me gustaría saber dónde vive un Alquimista en este oasis -preguntó el muchacho.
La mujer le respondió que jamás había oído hablar de eso, y se marchó inmediatamente. Antes, no obstante, avisó al chico de que no debía conversar con mujeres vestidas de negro porque eran mujeres casadas, y él tenía que respetar la Tradición.
El Inglés se quedó decepcionadísimo. Había hecho todo el viaje para nada. El muchacho también se entristeció. Su compañero también estaba buscando su Leyenda Personal, y cuando alguien hace esto, todo el Universo conspira para que la persona consiga lo que desea. Lo había dicho el viejo rey, y no podía estar equivocado.
• Yo nunca había oído hablar antes de alquimistas -dijo el chico-. Si no intentaría ayudarte.
De repente los ojos del Inglés brillaron.
• ¡De eso se trata! ¡Quizá aquí nadie sepa lo que es un alquimista! Pregunta por el hombre que cura las enfermedades en la aldea.
Varias mujeres vestidas de negro fueron a buscar agua al pozo, pero el muchacho no se dirigió a ninguna de ellas, por más que el Inglés le
insistió. Hasta que por fin se acercó un hombre.

• ¿Conoce a alguien que cure las enfermedades aquí? -preguntó el chico.
• Alá cura todas las enfermedades -dijo el hombre, visiblemente espantado por los extranjeros-. Vosotros estáis buscando brujos.
Y después de recitar algunos versículos del Corán, siguió su camino.

 

 
 
 
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