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EL ALQUIMISTA

Segunda Parte 

 Pág. 66 a 75

Paulo Coelho

 
 

Otro hombre se aproximó. Era más viejo, y traía sólo un pequeño
cubo. El muchacho repitió la pregunta.
• ¿Por qué queréis conocer a esa clase de hombre? -respondió el árabe con otra pregunta.
• Porque mi amigo viajó muchos meses para encontrarlo -repuso el chico.
-Si este hombre existe en el oasis, debe de ser muy poderoso -dijo el viejo después de meditar unos instantes-. Ni los jefes tribales consiguen verlo cuando lo necesitan. Sólo cuando él lo decide.

 
   

»Esperad a que termine la guerra. Y entonces, partid con la caravana. No queráis entrar en la vida del oasis -concluyó alejándose. Pero el Inglés quedó exultante. Estaban en la pista correcta.
Finalmente apareció una moza que no iba vestida de negro. Traía un cántaro en el hombro, y la cabeza cubierta con un velo, pero tenía
el rostro descubierto. El muchacho se aproximó para preguntarle sobre el Alquimista.
Entonces fue como si el tiempo se parase y el Alma del Mundo surgiese con toda su fuerza ante él. Cuando vio sus ojos negros, sus labios indecisos entre una sonrisa y el silencio, entendió la parte más importante y más sabia del Lenguaje que todo el mundo hablaba y que todas las personas de la tierra eran capaces de entender en sus corazones. Y esto se llamaba Amor, algo más antiguo que los hombres
y que el propio desierto, y que sin embargo resurgía siempre con la misma fuerza dondequiera que dos pares de ojos se cruzaran como se cruzaron los de ellos delante del pozo. Los labios finalmente decidie- ron ofrecer una sonrisa, y aquello era una señal, la señal que él esperó sin saberlo durante tanto tiempo en su vida, que había buscado en las ovejas y en los libros, en los cristales y en el silencio del desierto.
Allí estaba el puro lenguaje del mundo, sin explicaciones, porque
el Universo no necesitaba explicaciones para continuar su camino en
el espacio sin fin. Todo lo que el muchacho entendía en aquel momento era que estaba delante de la mujer de su vida, y sin ninguna necesidad de palabras, ella debía de saberlo también. Estaba más seguro de esto que de cualquier cosa en el mundo, aunque sus padres, y los padres de sus padres, dijeran que era necesario salir, simpatizar, prometerse, conocer bien a la persona y tener dinero antes de casarse. Los que decían esto quizá jamás hubiesen conocido el Lenguaje Universal, porque cuando nos sumergimos en él es fácil entender que siempre existe en el mundo una persona que espera a otra, ya sea enmedio del desierto o en medio de una gran ciudad. Y cuando estas
personas se cruzan y sus ojos se encuentran, todo el pasado y todo el futuro pierde su importancia por completo, y sólo existe aquel momento y aquella certeza increíble de que todas las cosas bajo el sol fueron escritas por la misma Mano. La Mano que despierta el Amor, y que hizo un alma gemela para cada persona que trabaja, descansa y busca tesoros bajo el sol. Porque sin esto no habría ningún sentido para los sueños de la raza humana. Maktub, pensó el muchacho.
El Inglés se levantó de donde estaba sentado y sacudió al chico.
• ¡Vamos, pregúntaselo a ella!
Él se aproximó a la joven. Ella volvió a sonreír. Él sonrió también.
• ¿Cómo te llamas? -preguntó.

• Me llamo Fátima -dijo la joven mirando al suelo.
• En la tierra de donde yo vengo algunas mujeres se llaman así.
• Es el nombre de la hija del Profeta -explicó Fátima-. Los guerreros lo llevaron allí.
La delicada moza hablaba de los guerreros con orgullo. Como a su lado el Inglés insistía, el muchacho le preguntó por el hombre que curaba todas las enfermedades.

• Es un hombre que conoce los secretos del mundo. Conversa con los djins del desierto -dijo ella.
Los djins eran los demonios. La moza señaló hacia el sur, hacia el lugar donde habitaba aquel extraño hombre.
Después llenó su cántaro y se fue. El Inglés se fue también, en busca del Alquimista. Y el muchacho se quedó mucho tiempo sentado al lado del pozo, entendiendo que algún día el Levante había dejado en su rostro el perfume de aquella mujer, y que ya la amaba incluso antes de saber que existía, y que su amor por ella haría que encontrase todos
los tesoros del mundo.
Al día siguiente el muchacho volvió al pozo a esperar a la moza. Para su sorpresa, se encontró allí con el Inglés, mirando por primera vez hacia el desierto.
• Esperé toda la tarde y toda la noche -le dijo-. Él llegó con las primeras estrellas. Le conté lo que estaba buscando. Entonces él me preguntó si ya había transformado plomo en oro, y yo le dije que eso era lo que quería aprender.
»Y me mandó intentarlo. Todo lo que me dijo fue: «Ve e inténtalo.»

El chico guardó silencio. El Inglés había viajado tanto para oír lo
que ya sabía. Entonces se acordó de que él había dado seis ovejas al viejo rey por la misma razón.
• Entonces, inténtelo -le dijo al Inglés.
• Es lo que voy a hacer. Y empezaré ahora.
Al poco rato de haberse ido el Inglés, llegó Fátima para recoger agua con su cántaro.
• Vine a decirte una cosa muy sencilla -dijo el chico-. Quiero que seas mi mujer. Te amo.
La moza dejó que su cántaro derramase el agua.
• Te esperaré aquí todos los días. Crucé el desierto en busca de un tesoro que se encuentra cerca de las Pirámides. La guerra fue para mí una maldición, pero ahora es una bendición porque me mantiene cerca de ti.
• La guerra se acabará algún día -dijo la moza.
El muchacho miró las datileras del oasis. Había sido pastor. Y allí existían muchas ovejas. Fátima era más importante que el tesoro.
• Los guerreros buscan sus tesoros -dijo la joven, como si estuviera adivinando el pensamiento del muchacho-. Y las mujeres del desierto están orgullosas de sus guerreros.
Después volvió a llenar su cántaro y se fue.
Todos los días el muchacho iba al pozo a esperar a Fátima. Le contó su vida de pastor, su encuentro con el rey, su estancia en la tienda de cristales. Se hicieron amigos, y a excepción de los quince minutos que pasaba con ella, el resto del día se le hacía interminable. Cuando ya llevaba casi un mes en el oasis, el Jefe de la Caravana los convocó a todos para una reunión.
-No sabemos cuándo se va a acabar la guerra, y no podemos seguir el viaje -dijo-. Los combates durarán mucho tiempo, tal vez muchos años. Cuentan con guerreros fuertes y valientes en ambos bandos, y existe el honor de combatir en ambos ejércitos. No es una guerra entre buenos y malos. Es una guerra entre fuerzas que luchan por el mismo poder, y cuando este tipo de batalla comienza, se prolonga más que las
otras, porque Alá está en los dos bandos.
Las personas se dispersaron. El muchacho se volvió a encontrar con Fátima aquella tarde, y le habló de la reunión.
• El segundo día que nos encontramos -dijo ella-, me hablaste de tu amor. Después me enseñaste cosas bellas, como el Lenguaje y el Alma del Mundo. Todo esto me hace poco a poco ser parte de ti.

El muchacho oía su voz y la encontraba más hermosa que el sonido
del viento entre las hojas de las datileras.
• Hace mucho tiempo que estuve aquí, en este pozo, esperándote. No consigo recordar mi pasado, la Tradición, la manera en que los hombres esperan que se comporten las mujeres del desierto. Desde pequeña soñaba que el desierto me traería el mayor regalo de mi vida. Este regalo llegó, por fin, y eres tú.
El muchacho sintió deseos de tocar su mano. Pero Fátima estaba sosteniendo las asas del cántaro.
• Tú me hablaste de tus sueños, del viejo rey y del tesoro. Me hablaste de las señales. Ya no tengo miedo de nada, porque fueron estas señales las que te trajeron a mí. Y yo soy parte de tu sueño, de tu Leyenda Personal, como sueles decir.
»Por eso quiero que sigas en la dirección de lo que viniste a buscar.
Si tienes que esperar hasta el final de la guerra, muy bien. Pero si tienes que partir antes, ve en dirección a tu Leyenda. Las dunas cambian con
el viento, pero el desierto sigue siendo el mismo. Así sucederá con nuestro amor.
»Maktub -añadió-. Si yo soy parte de tu Leyenda, tú volverás un día.
El muchacho se quedó triste tras el encuentro con Fátima. Se acordaba de mucha gente que había conocido. A los pastores casados les costaba mucho convencer a sus esposas de que debían andar por los campos. El amor exigía estar junto a la persona amada.
A1 día siguiente contó todo esto a Fátima.
• El desierto se lleva a nuestros hombres y no siempre los devuelve
• dijo ella-. Entonces nos acostumbramos a esto. Y ellos pasan a existir en las nubes sin lluvia, en los animales que se esconden entre las piedras, en el agua que brota generosa de la tierra. Pasan a formar parte de todo, pasan a ser el Alma del Mundo.
»Algunos vuelven. Y entonces todas las mujeres se alegran, porque los hombres que ellas esperan también pueden volver algún día. Antes yo miraba a esas mujeres y envidiaba su felicidad. Ahora yo también tendré una persona a quien esperar.
»Soy una mujer del desierto, y estoy orgullosa de ello. Quiero que mi hombre también camine libre como el viento que mueve las dunas. También quiero poder ver a mi hombre en las nubes, en los animales
y en el agua.

El muchacho fue a buscar al Inglés. Quería hablarle de Fátima. Se
sorprendió al ver que el Inglés había construido un pequeño horno al lado de su tienda. Era un horno extraño, con un frasco transparente encima. El Inglés alimentaba el fuego con leña, y miraba el desierto. Sus ojos parecían brillar más cuando pasaba todo el tiempo leyendo libros.
• Ésta es la primera fase del trabajo -dijo-. Tengo que separar el azufre impuro. Para esto, no puedo tener miedo de fallar. El miedo a fallar fue lo que me impidió intentar la Gran Obra hasta hoy. Es ahora cuando estoy empezando lo que debería haber comenzado diez años atrás. Pero me siento feliz de no haber esperado veinte años para esto.
Y continuó alimentando el fuego y mirando el desierto. El muchacho se quedó junto a él un rato, hasta que el desierto comenzó
a ponerse rosado con la luz del atardecer. Entonces sintió un inmenso deseo de ir hasta allí, para ver si el silencio conseguía responder a sus preguntas.
Caminó sin rumbo por algún tiempo, manteniendo las palmeras del oasis al alcance de sus ojos. Escuchaba el viento, y sentía las piedras bajo sus pies. A veces encontraba alguna concha y sabía que aquel desierto, en una época remota, había sido un gran mar. Después se sentó sobre una piedra y se dejó hipnotizar por el horizonte que tenía delante de él. No conseguía entender el Amor sin el sentimiento de posesión; pero Fátima era una mujer del desierto, y si alguien podía
enseñarle esto era el desierto.
Se quedó así, sin pensar en nada, hasta que presintió un movimien- to sobre su cabeza. Miró hacia el cielo y vio que eran dos gavilanes que volaban muy alto.
El muchacho observó a los gavilanes, y los dibujos que trazaban en
el cielo. Parecía una cosa desordenada y, sin embargo, tenían algún sentido para él. Sólo que no conseguía comprender su significado. Decidió que debía acompañar con los ojos el movimiento de los pájaros, y quizá entonces pudiera leer algo. Tal vez el desierto pudiera explicarle el amor sin posesión.
Empezó a sentir sueño. Su corazón le pidió que no se durmiera: por
el contrario, debía entregarse. «Estaba penetrando en el Lenguaje del Mundo y todo en esta tierra tiene sentido, incluso el vuelo de los gavilanes », dijo. Y aprovechó la ocasión para agradecer el hecho de estar lleno de amor por una mujer. «Cuando se ama, las cosas adquie- ren aún más sentido», pensó.

De repente, un gavilán dio una rápida zambullida en el cielo y
atacó al otro. Cuando hizo este movimiento, el muchacho tuvo una súbita y rápida visión: un ejército, con las espadas desenvainadas, entraba en el oasis. La visión desapareció en seguida, pero aquello le dejó sobresaltado. Había oído hablar de los espejismos, y ya había visto algunos: eran deseos que se materializaban sobre la arena del desierto. Sin embargo, él no deseaba que ningún ejército invadiera el oasis.
Decidió olvidar todo aquello y volver a su meditación. Intentó nuevamente concentrarse en el desierto color de rosa y en las piedras. Pero algo en su corazón lo mantenía intranquilo.
«Sigue siempre las señales», le había dicho el viejo rey. Y el muchacho pensó en Fátima. Se acordó de lo que había visto, y presintió lo que estaba a punto de suceder.
Con mucha dificultad salió del trance en que había entrado. Se levantó y comenzó a caminar en dirección a las palmeras. Una vez más percibí a el múltiple lenguaje de las cosas: esta vez, el desierto era seguro, y el oasis se había transformado en un peligro.


El camellero estaba sentado al pie de una datilera, contemplando también la puesta del sol. Vio salir al muchacho de detrás de una de las dunas.
• Se aproxima un ejército -dijo-. He tenido una visión.
• El desierto llena de visiones el corazón de un hombre -repuso el camellero.
Pero el muchacho le explicó lo de los gavilanes: estaba contem- plando su vuelo cuando se había sumergido de repente en el Alma del Mundo.
El camellero permaneció callado; entendía lo que el muchacho decía. Sabía que cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas. Si abriese un libro en cualquier página, o mirase las manos de las personas, o las cartas de la baraja, o el vuelo de los pájaros, o fuera lo que fuese, cualquier persona encontraría alguna conexión de sentido con alguna situación que estaba viviendo. Pero en verdad, no eran las cosas las que mostraban nada; eran las personas que, al mirarlas, descubrían la manera de penetrar en el Alma del Mundo.
El desierto estaba lleno de hombres que se ganaban la vida porque podían penetrar con facilidad en el Alma del Mundo. Se les conocía con el nombre de Adivinos, y eran muy temidos por las mujeres y los ancianos. Los Guerreros raramente los consultaban, porque era

imposible entrar en una batalla sabiendo cuándo se va a morir. Los
Guerreros preferían el sabor de la lucha y la emoción de lo desconoci- do. El futuro había sido escrito por Alá, y cualquier cosa que hubiese escrito era siempre para el bien del hombre. Entonces los Guerreros apenas vivían el presente, porque el presente estaba lleno de sorpresas
y ellos tenían que vigilar muchas cosas: dónde estaba la espada del enemigo, dónde estaba su caballo, cuál era el próximo golpe que debía lanzar para salvar la vida.
El camellero no era un Guerrero, y ya había consultado a algunos Adivinos. Muchos le habían dicho cosas acertadas, otros, cosas equivocadas. Hasta que uno de ellos, el más viejo (y el más temido) le preguntó por qué estaba tan interesado en saber su futuro.
• Para poder hacer las cosas -repuso el camellero-. Y cambiar lo que no me gustaría que sucediera.
• Entonces dejará de ser tu futuro -replicó el Adivino.
• Entonces tal vez quiero conocer el futuro para prepararme para las cosas que vendrán.
• Si son cosas buenas, cuando lleguen serán una agradable sorpresa
• dijo el Adivino-. Y si son malas, empezarás a sufrir mucho antes de que sucedan.
• Quiero conocer el futuro porque soy un hombre -dijo el camelle- ro al Adivino-. Y los hombres viven en función de su futuro.
El Adivino guardó silencio unos instantes. Él era especialista en el juego de varillas, que se arrojaban al suelo y se interpretaban según la manera en que caían. Aquel día él no lanzó las varillas, sino que las envolvió en un pañuelo y las volvió a colocar en el bolsillo.
• Me gano la vida adivinando el futuro de las personas -dijo-. Conozco la ciencia de las varillas y sé cómo utilizarla para penetrar en este espacio donde todo está escrito. Allí puedo leer el pasado, descubrir lo que ya fue olvidado y entender las señales del presente.
»Cuando las personas me consultan, yo no estoy leyendo el futuro; estoy adivinando el futuro. Porque el futuro pertenece a Dios, y él sólo lo revela en circunstancias extraordinarias. ¿Y cómo consigo adivinar el futuro? Por las señales del presente. Es en el presente donde está el secreto; si prestas atención al presente, podrás mejorarlo. Y si mejoras el presente, lo que sucederá después también será mejor. Olvida el futuro y vive cada día de tu vida en las enseñanzas de la Ley
y en la confianza de que Dios cuida de sus hijos. Cada día trae en sí la
Eternidad.

El camellero quiso saber cuáles eran las circunstancias en las que
Dios permitía ver el futuro:
• Cuando Él mismo lo muestra. Y Dios muestra el futuro raramente,
y por una única razón: es un futuro que fue escrito para ser cambiado. Dios había mostrado un futuro al muchacho, pensó el camellero,
porque quería que el muchacho fuese Su instrumento.
• Ve a hablar con los jefes tribales -le dijo-. Háblales de los guerreros que se aproximan.
• Se reirán de mí.
• Son hombres del desierto, y los hombres del desierto están acostumbrados a las señales.
• Entonces ya deben de saberlo.
• Ellos no se preocupan por eso. Creen que si tienen que saber algo que Alá quiera contarles, lo sabrán a través de alguna persona. Ya pasó muchas veces antes. Pero hoy, esa persona eres tú.
El muchacho pensó en Fátima. Y decidió ir a ver a los jefes tribales.
• Traigo señales del desierto -dijo al guardián que estaba frente a la entrada de la inmensa tienda blanca, en el centro del oasis-. Quiero ver
a los jefes.
El guarda no respondió. Entró y tardó mucho en regresar. Lo hizo acompañado de un árabe joven, vestido de blanco y oro. El muchacho contó al joven lo que había visto. Él le pidió que esperase un poco y volvió a entrar.
Cayó la noche. Entraron y salieron varios árabes y mercaderes. Poco
a poco las hogueras se fueron apagando y el oasis comenzó a quedar tan silencioso como el desierto. Sólo la luz de la gran tienda continua- ba encendida. Durante todo este tiempo, el muchacho estuvo pensando en Fátima, aún sin comprender la conversación de aquella tarde.
Finalmente, después de muchas horas de espera, el guardián le mandó entrar.
Lo que vio lo dejó extasiado. Nunca hubiera podido imaginar que en medio del desierto existiese una tienda como aquélla. El suelo estaba cubierto con las más bellas alfombras que jamás había pisado y del techo pendían lámparas de metal amarillo labrado, cubierto de velas encendidas. Los jefes tribales estaban sentados en el fondo de la tienda, en semicírculo, descansando sus brazos y piernas en almohadas de seda con ricos bordados. Diversos criados entraban y salían con bandejas de plata llenas de especias y té. Algunos se encargaban de mantener encendidas las brasas de los narguiles. Un suave aroma llenaba el ambiente.
Había ocho jefes, pero el muchacho pronto se dio cuenta de cuál era el más importante: un árabe vestido de blanco y oro, sentado en el centro del semicírculo. A su lado estaba el joven árabe con quien había conversado antes.
• ¿Quién es el extranjero que habla de señales? -preguntó uno de los jefes mirándole.
• Soy yo -repuso. Y le contó lo que había visto.
• ¿Y por qué el desierto iba a contar esto a un extraño, cuando sabe que estamos aquí desde varias generaciones? -dijo otro jefe tribal.
• Porque mis ojos aún no se han acostumbrado al desierto
• respondió el muchacho-, y puedo ver cosas que los ojos demasiado acostumbrados no consiguen ver.
«Y porque yo sé acerca del Alma del Mundo», pensó para sí. Pero no dijo nada, porque los árabes no creen en estas cosas.
• El Oasis es un terreno neutral. Nadie ataca a un Oasis -replicó un tercer jefe.
• Yo sólo cuento lo que vi. Si no queréis creerlo, no hagáis nada.
Un completo silencio se abatió sobre la tienda, seguido de una exaltada conversación entre los jefes tribales. Hablaban en un dialecto árabe que el muchacho no entendía, pero cuando hizo ademán de irse, un guardián le dijo que se quedara. El muchacho empezó a sentir miedo; las señales decían que algo andaba mal. Lamentó haber conversado con el camellero sobre esto.
De repente, el viejo que estaba en el centro insinuó una sonrisa casi imperceptible, que tranquilizó al muchacho. El viejo no había participado en la discusión, ni había dicho palabra hasta aquel momento. Pero el muchacho ya estaba acostumbrado al Lenguaje del Mundo, y pudo sentir una vibración de Paz cruzando la tienda de punta a punta. Su intuición le dijo que había actuado correctamente
al ir.

La discusión terminó. Se quedaron en silencio durante algún tiempo, escuchando al viejo. Después, éste se giró hacia el muchacho. Esta vez su rostro era frío y distante.
• Hace dos mil años, en una tierra lejana, arrojaron a un pozo y vendieron como esclavo a un hombre que creía en los sueños -dijo-. Nuestrós mercaderes lo compraron y lo trajeron a Egipto.

 

 
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