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EL ALQUIMISTA

Segunda  Parte 

 Pág. 76 a 80

Paulo Coelho

 
 

. Y todos nosotros sabemos que quien cree en los sueños también sabe interpretarlos.
«Aun cuando no siempre consiga realizarlos», pensó el muchacho acordándose de la vieja gitana.
• A causa de los sueños del faraón con vacas flacas y gordas, este hombre libró a Egipto del hambre. Su nombre era José. También era un extranjero en una tierra extranjera, como tú, y debía de tener más o menos tu edad.

 
   

El silencio continuó. Los ojos del viejo se mantenían fríos.
• Siempre seguimos la Tradición. La Tradición salvó a Egipto del hambre en aquella época y lo convirtió en el más rico de todos los pueblos. La Tradición enseña cómo los hombres deben atravesar el desierto y casar a sus hijas. La Tradición dice que un Oasis es un terreno neutral, porque ambos lados tienen Oasis y son vulnerables.
Nadie dijo una palabra mientras el viejo hablaba.
• Pero la Tradición dice también que debemos creer en los mensajes del desierto. Todo lo que sabemos nos lo enseñó el desierto.
El viejo hizo una señal y todos los árabes se levantaron. La reunión estaba a punto de terminar. Los guardianes apagaron los narguiles y se alinearon en posición de firmes. El muchacho se preparó para salir, pero el viejo habló una vez más:
• Mañana romperemos un acuerdo que dice que nadie en el oasis puede portar armas. Durante todo el día aguardaremos a los enemigos. Cuando el sol descienda en el horizonte, los hombres me devolverán las armas. Por cada diez enemigos muertos, tú recibirás una moneda de oro.
»Sin embargo, las armas no pueden salir de su lugar sin experimen- tar la batalla. Son caprichosas como el desierto, y si las acostumbramos
a esto, la próxima vez pueden tener pereza de disparar. Si al acabar el día de mañana ninguna de ellas ha sido utilizada, por lo menos una será usada contra ti.
El oasis sólo estaba iluminado por la luna llena cuando el mucha- cho salió. Tenía veinte minutos de caminata hasta su tienda y echó a andar.
Estaba asustado por todo lo sucedido. Se había sumergido en el Alma del Mundo y el precio que tenía que pagar por creer en aquello era su vida. Una apuesta elevada. Pero había apostado alto desde el día en que vendió sus ovejas para seguir su Leyenda Personal. Y, como decía el camellero, no hay tanta diferencia entre morir mañana u otro día. Cualquier día estaba hecho para ser vivido o para abandonar el mundo. Todo dependía de una palabra: Maktub.
Caminó en silencio. No estaba arrepentido. Si muriese mañana sería porque Dios no tendría ganas de cambiar el futuro. Pero moriría después de haber cruzado el estrecho, trabajado en una tienda de cristales, conocido el silencio del desierto y los ojos de Fátima. Había vivido intensamente cada uno de sus días desde que salió de su casa, hacía ya tanto tiempo. Si muriese mañana, sus ojos habrían visto muchas más cosas que los ojos de otros pastores, y el muchacho estaba orgulloso de ello.
De repente oyó un estruendo y fue arrojado súbitamente a tierra por el impacto de un viento que no conocía. El lugar se llenó de una polvareda tan grande que casi cubrió la luna. Y, ante él, un enorme caballo blanco se alzó sobre sus patas y dejó oír un relincho aterrador. El muchacho casi no podía ver lo que pasaba, pero cuando la polvareda se asentó un poco, sintió un pavor como jamás había sentido antes. Sobre el caballo había un caballero vestido de negro, con un halcón sobre su hombro izquierdo. Usaba turbante, y un pañuelo le cubría todo el rostro, dejando ver sólo sus ojos. Parecía un mensajero del desierto, pero su presencia era más fuerte que la de cualquier persona que hubiera conocido en toda su vida.


El extraño caballero alzó una enorme espada curva que traía sujeta
a la silla. El acero brilló con la luz de la luna.
• ¿Quién ha osado leer el vuelo de los gavilanes? -preguntó con una voz tan fuerte que pareció resonar entre las cincuenta mil palmeras de al-Fayum.
• He sido yo -dijo el muchacho. Se acordó inmediatamente de la imagen de Santiago Matamoros y de su caballo blanco con los infieles bajo sus patas. Era exactamente igual. Sólo que ahora la situación estaba invertida-. He sido yo -repitió bajando la cabeza para recibir el golpe de la espada-. Se salvarán muchas vidas porque vosotros no contabais con el Alma del Mundo.
La espada, no obstante, no bajó de golpe. La mano del extraño fue descendiendo lentamente, hasta que la punta de la lámina tocó la cabeza del chico. Era tan afilada que salió una gota de sangre.
El caballero estaba completamente inmóvil. El muchacho también. Ni por un momento pensó en huir. Una extraña alegría se había apoderado de su corazón: iba a morir por su Leyenda Personal. Y por Fátima. Finalmente, las señales habían resultado verdaderas. Allí estaba el Enemigo y precisamente por eso él no necesitaba preocuparse por la muerte, porque había un Alma del Mundo. Dentro de poco él estaría formando parte de ella. Y mañana el Enemigo, también.
El extraño, sin embargo, se limitaba a mantener la espada apoyada en su cabeza.
• ¿Por qué leíste el vuelo de los pájaros?
• Leí sólo lo que los pájaros querían contar. Ellos quieren salvar el oasis, y vosotros moriréis. El oasis tiene más hombres que vosotros.
La espada continuaba en su cabeza.
• ¿Quién eres tú para cambiar el destino de Alá?
• Alá creó los ejércitos, y creó también los pájaros. Alá me mostró
el lenguaje de los pájaros. Todo fue escrito por la misma Mano -dijo el muchacho recordando las palabras del camellero.
El extraño finalmente retiró la espada de la cabeza. El muchacho sintió cierto alivio. Pero no podía huir.
• Cuidado con las adivinaciones -le advirtió el extraño-. Cuando las cosas están escritas, no hay manera de evitarlas.
• Sólo vi un ejército -dijo el muchacho-. No vi el resultado de la batalla.
A1 caballero pareció complacerle la respuesta. Pero mantenía la espada en la mano.
• ¿Qué es lo que haces, extranjero en una tierra extranjera?
• Busco mi Leyenda Personal. Algo que tú no entenderás nunca.
El caballero envainó su espada y el halcón en su hombro dio un grito extraño. El muchacho empezó a tranquilizarse.

• Tenía que poner a prueba tu valor -dijo el extraño-. El coraje es el don más importante para quien busca el Lenguaje del Mundo.
El muchacho se sorprendió. Aquel hombre hablaba de cosas que poca gente conocía.
• Es necesario no claudicar nunca, aun habiendo llegado tan lejos
• continuó-. Es necesario amar el desierto, pero jamás confiar entera- mente en él. Porque el desierto es una prueba para todos los hombres; cada paso es una prueba, y mata a quien se distrae.
Sus palabras le recordaban a las palabras del viejo rey.

• Si llegan los guerreros, y tu cabeza aún está sobre los hombros después de la puesta de sol, búscame -dijo el extraño.
La misma mano que había empuñado la espada empuñó un látigo. El caballo se empinó nuevamente levantando una nube de polvo.
• ¿Dónde vives? -gritó el chico mientras el caballero se alejaba.

La mano con el látigo señaló hacia el sur.
El muchacho había encontrado al Alquimista.
A la mañana siguiente había dos mil hombres armados entre las palmeras de al-Fayum. Antes de que el sol llegase a lo alto del cielo, quinientos guerreros aparecieron en el horizonte. Los jinetes entraron en el oasis por la parte norte; parecía una expedición de paz, pero llevaban armas escondidas en sus mantos blancos. Cuando llegaron cerca de la gran tienda que quedaba en el centro de al-Fayum, sacaron las cimitarras y las espingardas. Pero lo único que atacaron fue una tienda vacía.
Los hombres del oasis cercaron a los jinetes del desierto. A la media hora había cuatrocientos noventa y nueve cuerpos esparcidos por el suelo. Los niños estaban en el otro extremo del bosque de palmeras, y no vieron nada. Las mujeres rezaban por sus maridos en las tiendas, y tampoco vieron nada. Si no hubiera sido por los cuerpos esparcidos, el oasis habría parecido vivir un día normal.
Sólo le perdonaron la vida a un guerrero: el comandante del batallón. Por la tarde fue conducido ante los jefes tribales, que le preguntaron por qué había roto la Tradición. El comandante respondió que sus hombres tenían hambre y sed, estaban exhaustos por tantos días de batalla, y habían decidido tomar un oasis para poder recomenzar la lucha.
El jefe tribal dijo que lo sentía por los guerreros, pero la Tradición jamás puede quebrantarse. La única cosa que cambia en el desierto son las dunas cuando sopla el viento.
Después condenó al comandante a una muerte sin honor. En vez de morir por el acero o por una bala de fusil, fue ahorcado desde una palmera también muerta, y su cuerpo se balanceó con el viento del desierto.
El jefe tribal llamó al extranjero y le dio cincuenta monedas de oro. Después volvió a recordar la historia de José en Egipto y le pidió que fuese el Consejero del Oasis.
Cuando el sol se hubo puesto por completo y las primeras estrellas comenzaron a aparecer (no brillaban mucho, porque aún había luna llena), el muchacho se dirigió caminando hacia el sur. Solamente había una tienda, y algunos árabes que pasaban por allí decían que el lugar estaba lleno de djins. Pero el muchacho se sentó y esperó durante mucho tiempo.

El Alquimista apareció cuando la luna ya estaba alta en el cielo.
Traía dos gavilanes muertos en el hombro.
• Aquí estoy -dijo el muchacho.
• Pero no es aquí donde deberías estar -respondió el Alquimista-. ¿O tu Leyenda Personal era llegar hasta aquí?
• Hay guerra entre los clanes. No se puede cruzar el desierto.
El Alquimista bajó del caballo e hizo una señal al muchacho para que entrase con él en la tienda. Era una tienda igual que todas las otras que había conocido en el oasis -exceptuando la gran tienda central, que tenía el lujo de los cuentos de hadas-. El chico buscó con la mirada los aparatos y hornos de alquimia, pero no encontró nada: sólo unos pocos libros apilados, un fogón para cocinar y las alfombras llenas de dibujos misteriosos.
• Siéntate, que prepararé un té -dijo el Alquimista. Y nos comeremos juntos estos gavilanes.
El muchacho sospechó que eran los mismos pájaros que había visto
el día anterior, pero no dijo nada. El Alquimista encendió el fuego y al poco tiempo un delicioso olor a carne llenaba la tienda. Era mejor que
el perfume de los narguiles.
• ¿Por qué quiere verme? -preguntó el chico.
• Por las señales -repuso el Alquimista-. El viento me contó que vendrías y que necesitarías ayuda.
• No soy yo. Es el otro extranjero, el Inglés. Él es quien lo estaba buscando.
• Él debe encontrar otras cosas antes de encontrarme a mí. Pero está en el camino adecuado: ya ha empezado a contemplar el desierto.
• ¿Y yo?
• Cuando se quiere algo, todo el Universo conspira para que esa persona consiga realizar su sueño -dijo el Alquimista repitiendo las palabras del viejo rey. El muchacho lo comprendió: otro hombre estaba en su camino para conducirlo hacia su Leyenda Personal.
• Entonces, ¿usted me enseñará?
• No. Tú ya sabes todo lo que necesitas. Sólo te voy a ayudar a que puedas seguir en dirección a tu tesoro.

• Pero hay una guerra entre los clanes -repitió el muchacho.
• Yo conozco el desierto.
• Ya encontré mi tesoro. Tengo un camello, el dinero de la tienda de cristales y cincuenta monedas de oro. Puedo ser un hombre rico en mi tierra.

 

 
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