web
analytics
Estadísticas
 
 
 
 

EL ALQUIMISTA

Segunda  Parte 

 Pág. 81 a 90

Paulo Coelho

 

• Pero nada de esto está cerca de las Pirámides -dijo el Alquimista.
• Tengo a Fátima. Es un tesoro mayor que todo lo que conseguí juntar.
• Ella tampoco está cerca de las Pirámides.
Se comieron los gavilanes en silencio. El Alquimista abrió una botella y vertió un líquido rojo en el vaso del muchacho. Era vino, uno de los mejores vinos que había tomado en su vida. Pero el vino estaba prohibido por la Ley.

 
   

• El mal no es lo que entra en la boca del hombre -dijo el Alquimis- ta-. El mal es lo que sale de ella.
El muchacho empezó a sentirse alegre con el vino. Pero el Alqui- mista le inspiraba miedo. Se sentaron fuera de la tienda contemplando el brillo de la luna, que ofuscaba a las estrellas.
• Bebe y distráete un poco -dijo el Alquimista, que se había dado cuenta de que el chico se iba poniendo cada vez más alegre-. Reposa como un guerrero reposa siempre antes del combate. Pero no olvides que tu corazón está junto a tu tesoro. Y debes hallar tu tesoro para que todo esto que descubriste durante el camino pueda tomar sentido.
»Mañana vende tu camello y compra un caballo. Los camellos son traicioneros: andan miles de pasos y no dan ninguna señal de cansan- cio. De repente, sin embargo, se arrodillan y mueren. El caballo se va cansando poco a poco. Y tú siempre podrás saber lo que puedes exigirle, o en qué momento va a morir.
A la noche siguiente, el muchacho apareció con un caballo en la tienda del Alquimista. Esperó un poco y apareció montado en el suyo y con un halcón en el hombro izquierdo.
• Muéstrame la vida en el desierto -dijo el Alquimista-. Sólo quien encuentra vida puede encontrar tesoros.
Comenzaron a caminar por las arenas, con la luna aún brillando sobre ellos. «No sé si conseguiré encontrar vida en el desierto -pensó el chico-. No conozco el desierto.»
Quiso decirle esto al Alquimista, pero le inspiraba miedo. Llegaron
al lugar con piedras donde había visto a los gavilanes en el cielo;
ahora, todo era silencio y viento.
• No consigo encontrar vida en el desierto -dijo el muchacho-. Sé que existe, pero no consigo encontrarla.
• La vida atrae a la vida -respondió el Alquimista.
El muchacho lo entendió. Al momento soltó las riendas de su caballo, que corrió libremente por las piedras y la arena. El Alquimista los seguía en silencio. El caballo del muchacho anduvo suelto casi media hora. Ya no se distinguían las palmeras del oasis; sólo la luna gigantesca en el cielo y las rocas brillando con tonalidades plateadas. De repente, en un lugar donde jamás había estado antes, el muchacho notó que su caballo paraba.
• Aquí hay vida -le comunicó al Alquimista-. No conozco el lenguaje del desierto, pero mi caballo conoce el lenguaje de la vida.
Desmontaron. El Alquimista no dijo nada. Comenzó a mirar las piedras, caminando despacio. De repente se detuvo y se agachó cuidadosamente. Había un agujero en el suelo, entre las piedras; el Alquimista metió la mano dentro del agujero y después todo el brazo, hasta el hombro. Algo se movió allá dentro, y los ojos del Alquimista
• el muchacho sólo podía verle los ojos- se encogieron por el esfuerzo
y la tensión. El brazo parecía luchar con lo que había allí adentro. De repente, el Alquimista retiró el brazo y se puso de pie de un salto. El muchacho se asustó. El Alquimista sostenía una serpiente cogida por la cola.
El muchacho también dio un salto, sólo que hacia atrás. La serpiente se debatía sin cesar, emitiendo ruidos y silbidos que herían el silencio del desierto. Era una naja, cuyo veneno podía matar a un
hombre en pocos minutos.
«Cuidado con el veneno», llegó a pensar el muchacho. Pero el Alquimista había metido la mano en el agujero y con toda seguridad la serpiente ya le habría mordido. Su rostro, no obstante, estaba tranquilo. «El Alquimista tiene doscientos años», había dicho el Inglés.
Ya debía de saber cómo tratar a las serpientes del desierto.
El muchacho vio cómo su compañero iba hasta su caballo y cogía la larga espada en forma de media luna. Trazó un círculo en el suelo con ella y colocó a la serpiente en el centro. El animal se tranquilizó inmediatamente.
• Puedes estar tranquilo -dijo el Alquimista-. No saldrá de ahí. Y tú ya has descubierto la vida en el desierto, la señal que yo necesitaba.
• ¿Por qué es tan importante esto?
• Porque las Pirámides están rodeadas de desierto.
El muchacho no quería oír hablar de las Pirámides. Desde la noche anterior su corazón estaba pesaroso y triste, porque seguir en busca de su tesoro significaba tener que abandonar a Fátima.
• Voy a guiarte a través del desierto -dijo el Alquimista.
• Quiero quedarme en el oasis -repuso el muchacho-. Ya encontré a Fátima. Y ella, para mí, vale más que el tesoro.
• Fátima es una mujer del desierto -dijo el Alquimista-. Sabe que los hombres deben partir para poder volver. Ella ya encontró su tesoro: tú. Ahora espera que tú encuentres lo que buscas.
• ¿Y si decido quedarme?
• Serás el Consejero del Oasis. Tienes oro suficiente como para comprar muchas ovejas y muchos camellos. Te casarás con Fátima y viviréis felices el primer año. Aprenderás a amar el desierto y conocerás cada una de las cincuenta mil palmeras. Verás cómo crecen, mostran- do un mundo siempre cambiante. Y entenderás cada vez más las señales, porque el desierto es el mejor de todos los maestros.
»El segundo año te empezarás a acordar de que existe un tesoro. Las señales empezarán a hablarte insistentemente sobre ello, y tú intenta- rás ignorarlas. Dedicarás todos tus conocimientos al bienestar del oasis
y de sus habitantes. Los jefes tribales te quedarán agradecidos por ello.Y tus camellos te aportarán riqueza y poder.

»Al tercer año, las señales continuarán hablando de tu tesoro y tu Leyenda Personal. Pasarás noches enteras andando por el oasis, y Fátima será una mujer triste, porque ella fue la que interrumpió tu camino. Pero tú le darás amor, y ella te corresponderá. Tú recordarás que ella jamás te pidió que te quedaras, porque una mujer del desierto sabe esperar a su hombre. Por eso no puedes culparla. Pero andarás muchas noches por las arenas del desierto y paseando entre las palmeras, pensando que tal vez pudiste haber seguido adelante y haber confiado más en tu amor por Fátima

. Porque lo que te retuvo en el oasis fue tu propio miedo a no volver nunca. Y, a estas alturas, las señales te indicarán que tu tesoro está enterrado para siempre.
»El cuarto año, las señales te abandonarán, porque tú no quisiste oírlas. Los Jefes Tribales lo sabrán, y serás destituido del Consejo. Entonces serás un rico comerciante con muchos camellos y muchas mercancías. Pero pasarás el resto de tus días vagando entre las palmeras
y el desierto, sabiendo que no cumpliste con tu Leyenda Personal y que ya es demasiado tarde para ello.
»Sin comprender jamás que el Amor nunca impide a un hombre seguir su Leyenda Personal. Cuando esto sucede, es porque no era el verdadero Amor, aquel que habla el Lenguaje del Mundo.
El Alquimista deshizo el círculo en el suelo, y la serpiente corrió
y desapareció entre las piedras. El muchacho se acordaba del mercaderde cristales, que siempre quiso ir a La Meca, y del Inglés, que buscaba
a un alquimista. Se acordaba también de una mujer que confió en el desierto y un día el desierto le trajo a la persona a quien deseaba amar. Montaron en sus caballos y esta vez fue el muchacho quien siguió
al Alquimista. El viento traía los ruidos del oasis, y él intentaba identificar la voz de Fátima. Aquel día no había ido al pozo a causa de
la batalla.
Pero esta noche, mientras miraban a una serpiente dentro de un círculo, el extraño caballero con su halcón en el hombro había hablado de amor y de tesoros, de las mujeres del desierto y de su Leyenda Personal.
• Iré contigo -dijo el muchacho. E inmediatamente sintió paz en su corazón.
• Partiremos mañana, antes de que amanezca -fue la única respuesta del Alquimista.
El muchacho se pasó toda la noche despierto. Dos horas antes del amanecer, despertó a uno de los chicos que dormía en su tienda y le pidió que le mostrara dónde vivía Fátima. Salieron juntos y fueron hasta allí. A cambio, el muchacho le dio dinero para comprar una oveja.
Después le pidió que descubriera dónde dormía Fátima, que la despertara y le dijese que él la estaba esperando. El joven árabe lo hizo,
y a cambio recibió dinero para comprar otra oveja.
• Ahora déjanos solos -dijo el muchacho al joven árabe, que volvió a su tienda a dormir, orgulloso de haber ayudado al Consejero del Oasis y contento por tener dinero para comprar ovejas.
Fátima apareció en la puerta de la tienda, y ambos se dirigieron hacia las palmeras. El muchacho sabía que esto iba contra la Tradi- ción, pero para él ahora eso carecía de importancia.
• Me voy -dijo-. Y quiero que sepas que volveré. Te amo porque...
• No digas nada -le interrumpió Fátima-. Se ama porque se ama. No hay ninguna razón para amar.
Pero el muchacho prosiguió:
• Yo te amo porque tuve un sueño, encontré un rey, vendí cristales, crucé el desierto, los clanes declararon la guerra, y estuve en un pozo para saber dónde vivía un Alquimista. Yo te amo porque todo el Universo conspiró para que yo llegara hasta ti.
Los dos se abrazaron. Era la primera vez que sus cuerpos se tocaban.
• Volveré -repitió el muchacho.
• Antes yo miraba al desierto con deseo -dijo Fátima-. Ahora lo haré con esperanza. Mi padre un día partió, pero volvió junto a mi madre, y continúa volviendo siempre.
Y no dijeron nada más. Anduvieron un poco entre las palmeras y el muchacho la dejó a la puerta de la tienda.
• Volveré como tu padre volvió para tu madre -aseguró.
Se dio cuenta de que los ojos de Fátima estaban llenos de lágrimas.
• ¿Lloras?
• Soy una mujer del desierto -dijo ella escondiendo el rostro-. Pero por encima de todo soy una mujer.
Fátima entró en la tienda. Dentro de poco amanecería. Cuando llegara el día, ella saldría a hacer lo mismo que había hecho durante tantos años; pero todo habría cambiado. El muchacho ya no estaría en
el oasis, y el oasis no tendría ya el significado que tenía hasta hacía unos momentos. Ya no sería el lugar con cincuenta mil palmeras y trescientos pozos, adonde los peregrinos llegaban contentos después de un largo viaje. El oasis, a partir de aquel día, sería para ella un lugar vacío.
A partir de aquel día el desierto iba a ser más importante. Siempre lo miraría intentando saber cuál era la estrella que él debía de estar siguiendo en busca del tesoro. Tendría que mandar sus besos con el viento con la esperanza de que tocase el rostro del muchacho y le contase que estaba viva, esperando por él, como una mujer espera a un hombre valiente que sigue en busca de sueños y tesoros. A partir de aquel día, el desierto sería solamente una cosa: la esperanza de su retorno.
• No pienses en lo que quedó atrás -le advirtió el Alquimista cuando comenzaron a cabalgar por las arenas del desierto-. Todo está grabado en el Alma del Mundo, y allí permanecerá para siempre.
• Los hombres sueñan más con el regreso que con la partida -dijo el muchacho, que ya se estaba volviendo a acostumbrar al silencio del desierto.
• Si lo que tú has encontrado está formado por materia pura, jamás se pudrirá. Y tú podrás volver un día. Si fue sólo un momento de luz, como la explosión de una estrella, entonces no encontrarás nada cuan do regreses. Pero habrás visto una explosión de luz. Y esto sólo ya habrá valido la pena.
El hombre hablaba usando el lenguaje de la Alquimia. Pero el muchacho sabía que se estaba refiriendo a Fátima.
 


Era difícil no pensar en lo que había quedado atrás. El desierto, con
su paisaje casi siempre igual, acostumbraba a llenarse de sueños. El muchacho aún veía las palmeras, los pozos y el rostro de la mujer amada. Veía al Inglés con su laboratorio y al camellero, que era un maestro sin saberlo. «Tal vez el Alquimista no haya amado nunca», pensó.
El Alquimista cabalgaba delante, con el halcón en el hombro. El halcón conocía bien el lenguaje del desierto y cuando paraban, abandonaba el hombro y volaba en busca de alimento. El primer día trajo una liebre. El segundo día, dos pájaros.
De noche extendían sus mantas y no encendían hogueras. Las noches del desierto eran frías, y se fueron haciendo más oscuras a medida que la luna comenzó a menguar en el cielo. Durante una semana anduvieron en silencio, conversando apenas sobre las precauciones necesarias para evitar los combates entre los clanes. La guerra continuaba, y el viento a veces traía el olor dulzón de la sangre. Alguna batalla se había librado cerca, y el viento recordaba al muchacho que existía el Lenguaje de las Señales, siempre dispuesto a mostrar lo que sus ojos no conseguían ver.
Cuando completaron siete días de viaje, el Alquimista decidió acampar más temprano que de costumbre. El halcón salió en busca de caza y él sacó la cantimplora de agua y se la ofreció al muchacho.
• Ahora estás casi al final de tu viaje -dijo el Alquimista-. Te felicito por haber seguido tu Leyenda Personal.
• Y usted me está guiando en silencio -replicó el muchacho-. Pensé que me enseñaría lo que sabe. Hace algún tiempo estuve en el desierto con un hombre que tenía libros de Alquimia. Pero no conseguí aprender nada.
• Sólo existe una manera de aprender -respondió el Alquimista-. A través de la acción. Todo lo que necesitabas saber te lo enseñó el viaje. Sólo falta una cosa.
El muchacho quiso saber qué era, pero el Alquimista mantuvo los ojos fijos en el horizonte, esperando el regreso del halcón.
• ¿Por qué le llaman Alquimista?
• Porque lo soy.
• ¿Y en qué fallaron los otros alquimistas que buscaron oro y no lo consiguieron?
• Sólo buscaban oro -repuso su compañero-. Buscaban el tesoro de su Leyenda Personal, sin desear vivir su propia Leyenda.
• ¿Qué es lo que me falta saber? -insistió el muchacho.
Pero el Alquimista continuó mirando el horizonte. Poco después, el halcón retornó con la comida. Cavaron un agujero y encendieron una hoguera en su interior, para que nadie pudiese ver la luz de las llamas.
• Soy un Alquimista porque soy un Alquimista -dijo mientras preparaban la comida-. Aprendí la ciencia de mis abuelos, que a su vez
la aprendieron de sus abuelos, y así hasta la creación del mundo. En aquella época, toda la ciencia de la Gran Obra podía ser escrita en una simple esmeralda. Pero los hombres no dieron importancia a las cosas simples y comenzaron a escribir tratados, interpretaciones y estudios filosóficos. También empezaron a decir que sabían el camino mejor que los otros
»Pero la Tabla de la Esmeralda continúa viva hasta hoy.
• ¿Qué es lo que estaba escrito en la Tabla de la Esmeralda? -quiso saber el muchacho.
El Alquimista empezó a dibujar en la arena y no tardó más de cinco minutos. Mientras él dibujaba, el muchacho se acordó del viejo rey y de la plaza donde se habían encontrado un día; parecía que hubieran pasado muchísimos años.
• Esto es lo que estaba escrito en la Tabla de la Esmeralda -dijo el
Alquimista cuando terminó de escribir.
El muchacho se aproximó y leyó las palabras en la arena.
• Es un código -dijo el muchacho, un poco decepcionado con la
Tabla de la Esmeralda-. Se parece a los libros del Inglés.
• No -respondió el Alquimista-. Es como el vuelo de los gavilanes; no debe ser comprendido simplemente por la razón. La Tabla de la Esmeralda es un pasaje directo para el Alma del Mundo.
»Los sabios entendieron que este mundo natural es solamente una imagen y una copia del Paraíso. La simple existencia de este mundo es la garantía de que existe un mundo más perfecto que éste. Dios lo creó para que, a través de las cosas visibles, los hombres pudiesen compren- der sus enseñanzas espirituales y las maravillas de su sabiduría. A esto
es a lo que yo llamo Acción.
• ¿Debo entender la Tabla de la Esmeralda? -preguntó el chico.
• Si estuvieras en un laboratorio de Alquimia, quizá ahora sería el momento adecuado para estudiar la mejor manera de entender la Tabla de la Esmeralda. Sin embargo, te encuentras en el desierto. Entonces, sumérgete en el desierto. Él sirve para comprender el mundo tantocomo cualquier otra cosa sobre la faz de la tierra. Tú ni siquiera
necesitas entender el desierto: basta con contemplar un simple grano de arena para ver en él todas las maravillas de la Creación.
• ¿Qué debo hacer para sumergirme en el desierto?
• Escucha a tu corazón. Él lo conoce todo, porque proviene del
Alma del Mundo, y un día retornará a ella.
Anduvieron en silencio dos días más. El Alquimista iba mucho más cauteloso, porque se aproximaban a la zona de combates más violen- tos. Y el muchacho procuraba escuchar a su corazón.
Era un corazón difícil: antes estaba acostumbrado a partir siempre,
y ahora quería llegar a cualquier precio. A veces, su corazón pasaba horas enteras contando historias nostálgicas, otras veces se emociona- ba con la salida del sol en el desierto y hacía que el muchacho llorara
a escondidas. El corazón latía más rápido cuando hablaba sobre el tesoro y se volvía más perezoso cuando los ojos del muchacho se perdían en el horizonte infinito del desierto. Pero nunca estaba en silencio, incluso aunque el chico no intercambiara una palabra con
el Alquimista.
• ¿Por qué hemos de escuchar al corazón? -preguntó él muchacho cuando acamparon aquel día.
• Porque donde él esté es donde estará tu tesoro.
• Mi corazón está muy agitado -dijo el chico-. Tiene sueños, se emociona y está enamorado de una mujer del desierto. Me pide cosas
y no me deja dormir muchas noches, cuando pienso en ella.
• Eso es bueno. Quiere decir que está vivo. Continúa escuchando lo que tenga que decirte.
Durante los tres días siguientes, pasaron cerca de algunos guerreros
y vieron a otros grupos en la lejanía. El corazón del muchacho empezó
a hablarle de miedo. Le contaba historias que había escuchado del Alma del Mundo, historias de hombres que fueron en busca de sus tesoros y jamás los encontraron. A veces lo asustaba con el pensamien- to de que tal vez no conseguiría el tesoro, o que podría morir en el desierto. Otras veces le decía que ya era suficiente, que ya estaba satisfecho, que ya había encontrado un amor y muchas monedas de oro.
• Mi corazón es traicionero -dijo el muchacho al Alquimista cuando pararon para dejar descansar un poco a los caballos-. No quiere que yo siga adelante.

• Eso es una buena señal -respondió el Alquimista-. Prueba que tu
corazón está vivo. Es natural que se tenga miedo de cambiar por un sueño todo aquello que ya se consiguió.
• Entonces, ¿para qué debo escuchar a mi corazón?
• Porque no conseguirás jamás mantenerlo callado. Y aunque finjas no escuchar lo que te dice, estará dentro de tu pecho repitiendo siempre lo que piensa sobre la vida y el mundo.
• ¿Aunque sea traicionero?
• La traición es el golpe que no esperas. Si conoces bien a tu corazón, él jamás lo conseguirá. Porque tú conocerás sus sueños y sus deseos, y sabrás tratar con ellos. Nadie consigue huir de su corazón. Por eso es mejor escuchar lo que te dice. Para que jamás venga un golpe que no esperas.
El muchacho continuó escuchando a su corazón mientras avanzaban por el desierto. Fue conociendo sus artimañas y sus trucos,
y aceptándolo como era. Entonces el muchacho dejó de tener miedo
y de sentir ganas de volver, porque cierta tarde su corazón le dijo que estaba contento. «Aunque proteste un poco -decía su corazón- es porque soy un corazón de hombre, y los corazones de hombre son así. Tienen miedo de realizar sus mayores sueños porque consideran que no los merecen, o no van a conseguirlos. Nosotros, los corazones, nos morimos de miedo sólo de pensar en los amores que partieron para siempre, en los momentos que podrían haber sido buenos y que no lo fueron, en los tesoros que podrían haber sido descubiertos y se quedaron para siempre escondidos en la arena. Porque cuando esto sucede, terminamos sufriendo mucho.»
• Mi corazón tiene miedo de sufrir -dijo el muchacho al Alquimista, una noche en que miraban al cielo sin luna.
• Explícale que el miedo a sufrir es peor que el propio sufrimiento.
Y que ningún corazón jamás sufrió cuando fue en busca de sus sueños, porque cada momento de búsqueda es un momento de encuentro con Dios y con la Eternidad.
«Cada momento de búsqueda es un momento de encuentro -dijo
el muchacho a su corazón-. Mientras busqué mi tesoro, todos mis días fueron luminosos, porque yo sabía que cada momento formaba parte del sueño de encontrar. Mientras busqué este tesoro mío, descubrí por
el camino cosas que jamás habría soñado encontrar, si no hubiese tenido el valor de intentar cosas imposibles para los pastores.»

Entonces su corazón se quedó callado una tarde entera. Por la
noche, el muchacho durmió tranquilo y cuando se despertó, su corazón empezó a contarle cosas del Alma del Mundo. Le dijo que todo hombre feliz era un hombre que llevaba a Dios dentro de sí. Y que la felicidad se podía encontrar en un simple grano de arena del desierto, como había dicho el Alquimista. Porque un grano de arena
es un momento de la Creación, y el Universo tardó miles de millones de años para crearlo.
«Cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que lo está esperando -le explicó-. Nosotros, los corazones, acostumbramos a hablar poco de esos tesoros, porque los hombres ya no tienen interés en encontrarlos. Sólo hablamos de ellos a los niños. Después, dejamos que la vida encamine a cada uno hacia su destino. Pero, desgraciada- men te, pocos siguen el camino que les ha sido trazado, y que es el camino de la Leyenda Personal y de la felicidad. Consideran el mundo como algo amenazador y, justamente por eso, el mundo se convierte en algo amenazador. Entonces, nosotros, los corazones, vamos hablando cada vez más bajo, pero no nos callamos nunca. Y deseamos que nuestras palabras no sean oídas, pues no queremos que los
hombres sufran porque no siguieron a sus corazones.»
• ¿Por qué los corazones no explican a los hombres que deben continuar siguiendo sus sueños? -preguntó el muchacho al Alquimis- ta.
• Porque, en este caso, el corazón es el que sufre más. Y a los corazones no les gusta sufrir.
A partir de aquel día, el muchacho entendió a su corazón. Le pidió que nunca más lo abandonara. Le pidió que, cuando estuviera lejos de sus sueños, el corazón se apretase en su pecho y diese la señal de alarma. Y le juró que siempre que escuchase esta señal, también lo seguiría.
Aquella noche conversó sobre todo esto con el Alquimista. Y el Alquimista entendió que el corazón del muchacho había vuelto al Alma del Mundo.

• ¿Qué debo hacer ahora? -preguntó el chico.
• Sigue en dirección a las Pirámides -dijo el Alquimista-. Y continúa atento a las señales. Tu corazón ya es capaz de mostrarte el tesoro.
• ¿Era esto lo que me faltaba saber?
• No -repuso el Alquimista-. Lo que te falta saber es lo siguiente:

 

 
  >
 
 
 
 
 

 

 

 
         
         
       
       
       
Conferencias Místicas