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LA RUEDA DE LA VIDA

 

Primera Parte " EL RATON"

 

7- La promesa

 

 Elizabeth Kubler-Ross

 

7. LA PROMESA.

Cada día al entrar en el hospital hacía una honda inspiración para aspirar lo que para mí era el olor más sagrado y bendito del mundo entero, y después bajaba corriendo a mi laboratorio sin ventanas.

 
   

En ese extraño y caótico tiempo de guerra, cuando escaseaban las cosas más elementales, tales como alimentos y médicos, sabía que no estaría enterrada eternamente en ese sótano. Tenía razón.
Llevaba varias semanas trabajando allí cuando el doctor Zehnder me preguntó si no me interesaría extraer muestras de sangre a enfermos de verdad.

Las pacientes a las que iba a sacar muestras de sangre eran prostitutas que se encontraban en las últimas fases sintomáticas de enfermedades venéreas. En aquel tiempo, antes de que se inventara la penicilina, a los que padecían enfermedades venéreas se los trataba como ahora a los enfermos de sida; se les temía y rechazaba, se los dejaba abandonados y aislados. Más tarde el doctor Zehnder me diría que había esperado que yo me negara.

 

Pero me dirigí en seguida al deprimente sector del hospital donde se encontraban las Pacientes.
Creo que eso es lo que distingue a las personas que se sienten llamadas a la profesión médica
y las que lo hacen por dinero.
El estado de las enfermas era lamentable. Tenían tan infectado el cuerpo que muchas ni
siquiera podían sentarse en una silla o echarse en una cama. Estaban suspendidas en hamacas. A primera vista eran unos seres patéticos y dolientes; pero eran seres humanos, y una vez que hablé con ellas descubrí que eran personas tremendamente amables, simpáticas y amorosas, que habían sido rechazadas por sus familias y por la sociedad. No tenían nada, por lo que sentí un deseo aún mayor de servirlas.
Después de extraerles las muestras de sangre me senté en las camas y estuve horas charlando con ellas acerca de sus vidas, las cosas que habían visto y experimentado y la existencia
en general. Comprendí que tenían necesidades afectivas tan enormes como sus necesidades físicas. Ansiaban amistad y compasión, cosa que yo podía ofrecerles, y ellas a su vez me abrieron el
corazón de par en par. Fue un trueque justo que me preparó para cosas peores.
El 6 de junio de 1944 las tropas aliadas desembarcaron en Normandía, el Día D. Eso cambió el curso de la guerra y muy pronto notamos los efectos de la invasión en masa. Los refugiados entraron
a raudales en Suiza. Llegaban en oleadas, día tras día, a cientos. Algunos entraban cojeando, otros
arrastrándose y otros eran transportados. Algunos venían de muy lejos, de Francia. Algunos eran hombres ancianos y heridos. La mayoría eran mujeres y niños. Prácticamente de la noche a la mañana el hospital se llenó a rebosar con estas víctimas traumatizadas.
Eran conducidos directamente a la sala dermatológica, donde los metíamos en nuestra enorme
bañera, los despiojábamos y desinfectábamos. Sin siquiera pedirle permiso a mi jefe, me puse a trabajar con los niños. Los rociaba con jabón líquido para curarles la sarna y los frotaba con un cepillo suave. Una vez que estaban vestidos con ropa recién lavada, les daba lo que a mi juicio necesitaban más, abrazos y palabras tranquilizadoras: "Todo irá bien."
Eso continuó sin parar durante tres semanas. Yo me absorbí totalmente en el trabajo y me olvidé de mi bienestar, cuando otros estaban tan mal. De pronto caía en la cuenta de que tenía que comer. ¿Dormir? ¿Quién tenía tiempo? Llegaba a casa pasada la medianoche y al día siguiente volvía a salir al alba. Estaba tan concentrada en los niños sufrientes y asustados, tan alejada de las actividades normales diarias, tan inmersa en responsabilidades distintas a aquellas para las que me habían contratado, que pasaron días sin que me diera cuenta de algo que tendría que haber sido una noticia importantísima: mi jefe, el doctor Zehnder, se había marchado y su puesto estaba ocupado por el doctor Abraham Weitz.
Yo estaba atareadísima tratando de encontrar comida para los refugiados hambrientos. Con la
ayuda de otro aprendiz de laboratorio, un picaro llamado Bald-win al que le encantaba inventar travesuras, ideamos un plan para llenar esos plañideros estómagos. Durante varias noches seguidas pedimos comidas completas a la cocina del hospital, las poníamos en enormes carros y las distribuíamos entre los niños. Si quedaba algo, se lo dábamos a los adultos. Finalmente, cuando niños y adultos por igual estaban limpios, vestidos y comidos, eran trasladados a diversas escuelas
de la ciudad y dejados a cargo de la Cruz Roja.
Yo sabía que inevitablemente iban a detectar el desvío de esos preciados alimentos y que en
consecuencia tomarían medidas disciplinarias. Por eso, cuando el doctor Weitz me llamó a su oficina, acudí con la esperanza de que el castigo no fuera demasiado severo, pero la verdad es que me imaginaba que me iba a despedir. Además del asunto de la comida, había olvidado totalmente pedir disculpas por no hacer mi trabajo de laboratorio, y ni siquiera me había presentado a saludar a mi jefe. Pero en lugar de despedirme, el doctor Weitz me felicitó. Me dijo que me había observado desde lejos cuando estaba trabajando con los niños y que jamás había visto a nadie tan absorto y feliz con su trabajo.
- Debe cuidar a los niños refugiados —me dijo—. Ese es su destino.
Nada podría haberme aliviado ni estimulado más. Después el doctor me habló de la urgente necesidad de atención médica en su país natal asolado por la guerra, Polonia. Las terribles historias que me contó, sobre todo las de niños en campos de concentración, me conmovieron profundamente, me hicieron llorar. Su familia había sufrido enormemente.
- Necesitamos personas como usted allá. Si puede, si termina su aprendizaje, tiene que prometerme que irá a Polonia y me ayudará a hacer este trabajo allí.
Agradecida por no haber sido despedida, y también animada por sus palabras, se lo prometí.
Pero aún faltaba la otra parte. Esa noche, el administrador jefe del hospital nos llamó a Baldwin
y a mí a su despacho. Rendida de cansancio sólo sentí desdén por ese burócrata gordo, mimado y pagado de sí mismo, sentado ante su escritorio de caoba aspirando un puro y mirándonos como si fuéramos ladrones. Nos exigió que pagáramos el precio de los cientos de comidas que les servimos
a los niños refugiados o que entregáramos la cantidad equivalente en cupones de racionamiento. "Si no, quedáis despedidos inmediatamente."
Yo me sentí aniquilada, porque no quería perder mi empleo ni dejar mi aprendizaje, pero no tenía la menor posibilidad de conseguir ese dinero. Cuando bajé al sótano, el doctor Weitz presintió
que ocurría algo terrible y me obligó a contárselo. Movió la cabeza disgustado y me dijo que no me
preocupara por la burocracia. Al día siguiente fue a ver a los jefes de la comunidad judía de Zúrich y con su ayuda se pagó rápidamente al hospital las comidas no autorizadas con una enorme cantidad
de cartillas de racionamiento. Eso no sólo me permitió conservar el trabajo sino que me reafirmó en
la promesa que le hiciera a mi benefactor el doctor Weitz de contribuir a la reconstrucción de Polonia
una vez que acabara la guerra. No tenía idea de lo pronto que sería eso.
Durante los años anteriores, en incontables ocasiones había ayudado a mi padre a preparar para los invitados nuestra cabana de montaña en Aniden, pero resultó diferente cuando me pidió que
lo acompañara allí a comienzos de enero de 1945. En primer lugar, yo necesitaba ese descanso de
fin de semana; y a su vez él me prometió que los invitados eran personas que me iban a encantar; y tenía razón. Nuestros invitados pertenecían al Servicio Internacional de Voluntarios por la Paz; eran veinte en total, en su mayoría jóvenes y procedentes de todas partes de Europa. A mí me parecieron
un grupo de idealistas inteligentes. Después de mucho cantar, reír y comer vorazmente, escuché embelesada su explicación de las tareas que realizaba la organización, fundada después de la Primera Guerra Mundial y que posteriormente sirvió de modelo para los Cuerpos de Paz estadounidenses: se dedicaban a crear un mundo de paz y colaboración.
¿Paz mundial? ¿Cooperación entre los países y pueblos? ¿Ayudar a los pueblos asolados de Europa cuando la guerra terminara? Ésos eran mis sueños más ambiciosos. Sus relatos sobre trabajos humanitarios sonaron a mis oídos como música celestial. Cuando descubrí que había una sucursal en Zúrich, no pensé en otra cosa que inscribirme, y en cuanto advertí señales de que la guerra iba a terminar pronto, llené una solicitud y me imaginé abandonando la pacífica isla que era Suiza para ayudar a los supervivientes de los países de Europa devastados por la guerra.
Hablando de música celestial, no hubo sinfonía más maravillosa que la que llenó el aire el 7 de mayo de 1945, el día que acabó la guerra. Yo estaba en el hospital. Como si obedecieran a una señal, pero de forma espontánea, las campanas de las iglesias de toda Suiza comenzaron a tañer al unísono, haciendo vibrar el aire con los repiques jubilosos de la victoria y, por encima de todo, de la paz. Con la ayuda de vanos trabajadores del hospital, llevé a los pacientes al terrado, uno a uno, incluso a aquellos que no podían levantarse de la cama, para que pudieran gozar de la celebración.
Fueron momentos que todos compartimos, ancianos, personas débiles y recién nacidos. Algunos de pie, otros sentados, incluso varios en silla de ruedas o tendidos en camillas, algunos sufriendo intensos dolores. Pero en aquel momento eso no importaba. Estábamos unidos por el amor
y la esperanza, la esencia de la existencia humana, y para mí fue algo muy hermoso e inolvidable.
Lamentablemente, era sólo una ilusión.
Cualquiera que creyera que la vida había vuelto a la normalidad, sólo tenía que entrar en el
Servicio de Voluntarios por la Paz. A los pocos días de terminadas las celebraciones, me llamó el jefe
de un contingente de unos cincuenta voluntarios que planeaban atravesar la frontera de Francia, recién abierta, para reconstruir Écurcey, una pequeña y antaño pintoresca aldea que había sido destruida casi totalmente por los nazis. Quería que me uniera a ellos. No podía imaginar nada mejor que dejarlo todo e ir, aunque para lograrlo tendría que superar muchos obstáculos.
Como es lógico estaba mi trabajo; pero el doctor Weitz, mi principal respaldo, me concedió de inmediato la excedencia del trabajo en el hospital. En casa la historia fue muy distinta. Cuando saqué
el tema durante la cena, más como un hecho que como petición de permiso, mi padre exclamó que
estaba loca, y que además era ingenua al no pensar en los peligros que arrostraría allí. Mi madre, tal vez pensando en el porvenir más previsible de mis hermanas, sin duda deseó que me pareciera más
a ellas en lugar de exponerme a los peligros de las minas terrestres, la escasez de alimentos y las
enfermedades.

Pero ninguno comprendió mis deseos. Mi destino, el que fuera, aún estaba muy lejano, en algún lugar del desierto del sufrimiento humano.
Si quería llegar allí, si alguna vez iba a conseguir ayudar a los demás, tenía que ponerme en marcha.

 

 
 
 
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