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LA RUEDA DE LA VIDA

 

Primera Parte " EL RATÓN"

 

10- Las mariposas

 

 Elizabeth Kubler-Ross

 

10. LAS MARIPOSAS.

Yo hablo de amor y compasión, pero la mayor enseñanza sobre el sentido de la vida la recibí
en mi visita a un sitio donde se cometieron las peores atrocidades contra la humanidad.

 
   

Antes de marcharme de Polonia asistí a la ceremonia de inauguración de la escuela que habíamos construido. Desde allí viajé a Maidanek, uno de los infames laboratorios de muerte de Hitler. Algo me impulsó a ir a ver con mis propios ojos uno de esos campos de concentración; tenía la impresión de que verlo me serviría para entenderlo.


Ya conocía de oídas ese lugar. Allí fue donde mi amiga polaca perdió a su mando y a doce de sus trece hijos. Sí, sabía muy bien lo que era.
Pero verlo personalmente fue diferente.
Las puertas de entrada a ese enorme recinto estaban derribadas, pero aún quedaban escalofriantes restos de su ominoso pasado donde murieron más de 300.000 personas.

 

Vi las alambradas de púa, las torres de vigilancia y las muchas hileras de barracas donde hombres, mujeres y niños pasaron sus últimos días y horas. También había varios vagones de ferrocarril. Me asomé a mirar; la visión era horrorosa. Algunos estaban llenos de cabellos de mujer, que habrían sido enviados a Alemania para convertirlos en ropa de invierno. En otros había gafas, joyas, anillos
de boda y esas chucherías que la gente lleva por motivos sentimentales. En el último vagón que miré
había ropas de niño, zapamos de bebé y juguetes.
Bajé de allí estremecida. ¿Puede ser tan cruel la vida? El hedor procedente de las cámaras de gas, el inequívoco olor de la muerte que impregnaba el aire, me proporcionó la respuesta. Pero ¿por qué? ¿Cómo era posible eso?
Me resultaba inconcebible. Caminé por el recinto, llena de incredulidad. Me preguntaba:
"¿Cómo es posible que los hombres y mujeres puedan hacerse esto entre ellos?" Llegué a las barracas. "¿Cómo estas personas, sobre todo las madres e hijos, pudieron sobrevivir a las semanas
y días anteriores a su muerte segura?" Dentro de las barracas vi camastros de madera, casi pegados
unos con otros en cinco hileras a lo largo de la barraca. En las paredes estaban grabados nombres, iniciales y dibujos. ¿Qué instrumentos utilizaron para hacerlos? ¿Piedras? ¿Las uñas? Los observé más detenidamente y noté que había una imagen que se repetía una y otra vez. Mariposas.
Había dibujos de mariposas dondequiera que mirara. Algunos eran bastante toscos, otros más
detallados. Me era imposible imaginarme mariposas en lugares tan horrorosos como Maidanek, Buchenwald o Dachau. Sin embargo, las barracas estaban llenas de mariposas. En cada barraca que entraba, mariposas. "¿Por qué? ¿Por qué mariposas?"
Seguro que debían de tener un significado especial, pero ¿cuál? Durante los veinticinco años siguientes me hice esa pregunta y me odié por no encontrar una respuesta.
Salí de allí impresionada por el horror de ese lugar. No entendía entonces que esa visita era
una preparación para el trabajo de mi vida. En esos momentos sólo me interesaba comprender cómo
es posible que los seres humanos puedan actuar tan sanguinariamente contra otros seres humanos, sobre todo con niños inocentes.
De pronto una voz interrumpió mis pensamientos, la voz clara, tranquila y reposada de una
joven que me dio una respuesta. Se llamaba Golda.
- Tú también serías capaz de hacer eso —me dijo.
Sentí deseos de protestar, pero estaba tan sorprendida que no se me ocurrió qué decir.
- Si hubieras sido criada en la Alemania nazi —añadió después.
"¡Yo no!", deseé gritar. Yo era pacifista, me había criado en una familia honorable y en un país pacífico. Jamás había conocido la pobreza, ni el hambre ni la discriminación. Golda leyó todo eso en mis ojos.
- Te sorprendería ver todo lo que eres capaz de hacer —me contestó—. Si hubieras sido criada
en la Alemania nazi, fácilmente podrías haberte convertido en el tipo de persona capaz de hacer eso. Hay un Hitler en todos nosotros.
Yo deseaba comprender, no discutir, de modo que, como era la hora de comer, invité a Golda a compartir mi bocadillo. Tenía más o menos mi misma edad y era bellísima. En otro ambiente
podríamos haber sido amigas, compañeras de colegio o de trabajo. Mientras comíamos me explicó
cómo había llegado a formarse esa opinión.
Alemana de nacimiento, tenía doce años cuando la Gestapo se presentó en la empresa de su padre y se lo llevó. Jamás volvieron a verlo. Tan pronto como se declaró la guerra, el resto de su familia, con ella y sus abuelos, fueron deportados a Maidanek. Un día los guardias les ordenaron a todos ponerse en fila, tal como ellos habían visto hacer a tanta gente que jamás había vuelto. Los hicieron desnudarse y los metieron en la cámara de gas. La gente gritaba, lloraba, suplicaba y oraba, pero en vano; allí no había oportunidad de sobrevivir, ni esperanza ni dignidad. Los empujaron a una muerte peor que la de cualquier animal en el matadero. Golda, esta preciosa jovencita, fue la última que trataron de empujar al interior de la atiborrada cámara antes de cerrar la puerta y dar el gas. Por
un milagro, por alguna intervención divina, no pudieron cerrar la puerta porque no cabía nadie más.
Había demasiada gente. Para cumplir la cuota diaria de muertos, los guardias simplemente la sacaron y la empujaron al aire libre. Puesto que ya estaba en la lista de muertos, supusieron que había sucumbido y jamás volvieron a llamarla para incorporarla a las siguientes filas. Gracias a ese excepcional descuido, salvó la vida.
Después tuvo poco tiempo para llorar la pérdida de su familia; la mayor parte de su energía la consumía en la tarea básica de continuar viva. Con dificultad se las arregló para sobrevivir al invierno polaco, encontrar suficiente alimento y evitar enfermedades como el tifus o incluso un simple resfriado; si enfermaba no iba a ser capaz de cavar pozos o quitar la nieve con palas, a consecuencia de lo cual la enviarían nuevamente a la cámara de gas.
Para animarse se imaginaba que el campo iba a ser liberado. Dios la había escogido, pensaba,
para sobrevivir y contarle a las generaciones futuras las barbaridades que había visto allí.
Eso fue suficiente, me explicó, para sostenerla durante la parte más ardua del frío invierno. Cuando se sentía desfallecer, cerraba los ojos y se imaginaba los
gritos de sus amigas que habían sido usadas de cobayas en experimentos realizados por los
médicos del campo, violadas por los guardias y con frecuencia ambas cosas, y entonces se decía:
"Debo vivir para contárselo al mundo. Debo vivir para contar los horrores que ha cometido esta gente." Y así alimentaba su odio y resolución de continuar viva hasta que llegaran los Aliados.
Después, cuando el campo fue liberado y se abrieron las puertas, se sintió paralizada por la rabia y amargura que la atenazaba. No logró verse dedicando el resto de su valiosa vida a vomitar odio.
- Como Hitler —me dijo—. Si dedicara mi vida, que me fue perdonada, a sembrar las semillas
del odio, no me diferenciaría en nada de él. Sería simplemente otra víctima más que intenta propagar más y más odio. La única manera como podemos encontrar la paz es dejar que el pasado sea el pasado.
A su modo contestaba así a todas las preguntas que me habían pasado por la cabeza al estar
en Maidanek. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la capacidad del hombre para el salvajismo. Pero sólo había que ver ese vagón con zapatitos de bebé o sentir el hedor de la muerte que se cernía en el aire como un fantasmal paño mortuorio para comprender la inhumanidad de que
es capaz el hombre. Pero claro, ¿cómo explicarse que Golda, una persona que había experimentado esa crueldad, eligiera perdonar y amar?
Ella lo explicó diciendo:
- Si yo logro que una sola persona cambie los sentimientos de odio y venganza por los de amor
y compasión, entonces he sido digna de sobrevivir.
Lo comprendí y me marché de Maidanek transformada para siempre. Me sentí como si mi vida hubiera comenzado de nuevo.
Todavía deseaba estudiar en la Facultad de Medicina, pero decidí que la finalidad de mi vida era procurar que las generaciones futuras no crearan a otro Hitler. Lógicamente, primero tenía que
volver a casa.
El regreso a Suiza fue tan peligroso como todo lo que había hecho los meses anteriores. En lugar de volver inmediatamente, decidí conocer algo de Rusia. Viajé sola. Sin dinero ni visado, metí
en mi mochila la manta, las pocas ropas que tenía y mi bolsita con tierra polaca y emprendí el camino
en dirección a Bialystok. Al caer la noche ya había atravesado kilómetros de campo sin ver un alma
ni señales del temido ejército ruso, que era lo único que me preocupaba; me dispuse a acampar en una verde colina. Jamás me había sentido tan sola, como un puntito en el planeta contemplando los miles de millones de estrellas.
Pero eso sólo duró un momento. Antes de que me envolviera en la manta se me acercó una anciana ataviada con un vestido de colores muy vistosos y muchos faldones. Apareció como salida
de la nada. Me llamaron la atención las bufandas y joyas que llevaba, me parecieron fuera de lugar.
Pero claro, ése era territorio rural ruso, un lugar misterioso, místico y lleno de secretos. En ruso, que poco entendí, se ofreció a leerme las cartas, al parecer interesada en hacerse con algún dinero. Indiferente a las fantasías que sin duda me diría, yo traté de explicarle, con palabras rusas y polacas acompañadas por gestos, que lo que de verdad necesitaba era compañía humana y algún lugar seguro donde pasar la noche, si ella me podía ayudar.
Sonriendo me dio la única respuesta posible: "el campamento gitano".
Fueron cuatro días extraordinarios de cantos, bailes y compañerismo. Antes de ponerme en
marcha nuevamente, les enseñé una canción popular suiza. Me la cantaron de despedida mientras
yo me sujetaba la mochila y me alejaba para desandar el camino hacia Polonia. Durante el trayecto
fui reflexionando sobre la increíble experiencia de encontrarme con personas totalmente
desconocidas a media noche, personas que no tenían otro lenguaje en común conmigo que el amor
y la música en el corazón, capaces de comunicarse con tanta profundidad y sentirse como hermanos
en tan poco tiempo. Me marché de allí con la sensación de esperanza de que el mundo podría recomponerse por sí solo después de la guerra.
Cuando llegué a Varsovia, los cuáqueros me consiguieron una plaza en un avión militar estadounidense que llevaba a personajes importantes a Berlín. Desde allí pensaba coger un tren a
Zúrich. Envié un telegrama a mi familia diciéndole cuándo llegaría a casa. "A tiempo para la cena",
escribí entusiasmada, saboreando anticipadamente una de las exquisitas comidas de mi madre y una buena noche de sueño en mi mullida cama.
Pero los peligros aumentaron en Berlín. Los soldados rusos no permitían que nadie que no
tuviera sus credenciales en regla pasara de su sector de la ciudad (el que después sería de Alemania Oriental) al ocupado por los británicos. Por la noche, la gente desaparecía de las calles con la esperanza de escapar, al menos temporalmente, del miedo y la tensión que eran tremendamente palpables. Ayudada por desconocidos conseguí llegar al puesto de control fronterizo, donde estuve horas, cansada, hambrienta y con el estómago descompuesto. Cuando comprendí que me sería imposible pasar sola, me acerqué a un oficial británico que conducía un camión y lo convencí de que me llevara oculta dentro de una caja de madera de 60 por 90 centímetros hasta una región más segura cerca de Hildesheim.
Durante las ocho horas siguientes viajé encogida en posición fetal, concentrada en la perentoria advertencia que el oficial me hizo antes de cerrar la tapa con clavos: "Por favor, no hagas el menor ruido. Ni una tos, ni un suspiro, ni una respiración fuerte, nada, hasta que vuelva a quitar esta tapa."
En cada parada retenía el aliento, pensando aterrada que si movía un dedo sería mi último movimiento. Recuerdo cómo me cegó la luz cuando por fin se levantó la tapa. Jamás había visto una
luz más brillante. El alivio y la gratitud que sentí cuando le vi la cara al oficial británico fueron
acompañados por oleadas de náuseas y de debilidad que me recorrieron todo el cuerpo después de que él me ayudara a salir de mi escondite.
Decliné su amable invitación a compartir con él una buena comida en el casino de oficiales y
emprendí el camino rumbo a casa. Por la noche dormí envuelta en la manta en un cementerio y a la mañana siguiente desperté aún más descompuesta que antes. No tenía alimentos ni medicamentos.
En la mochila encontré mi envoltorio con tierra polaca, lo único que no me habían robado aparte de la
manta, y supe que de algún modo conseguiría salir de ésa.
Me las arreglé para levantarme, terriblemente dolorida, y me fui cojeando por el camino de gravilla. No sé cómo conseguí caminar durante varias horas. Finalmente, me desplomé en una pradera en las lindes de un espeso bosque. Sabía que estaba muy enferma, pero lo único que podía hacer era rezar. Muerta de hambre y sudando de fiebre se me nubló el entendimiento. En mi delirio me pasaban por la mente imágenes y visiones de mis últimas experiencias, la clínica de Lucima, las
mariposas de Maidanek y la chica Golda.
Ay, Golda, tan hermosa, tan fuerte.
Una vez, cuando abrí los ojos, me pareció ver a una niña que iba en bicicleta comiendo un bocadillo. Se me retorció el estómago de hambre. Por un instante contemplé la idea de arrebatarle el bocadillo de las manos. Ignoro si la niñita era real o no, pero en cuanto tuve aquella ocurrencia oí las palabras de Golda: "Hay un Hitler en todos nosotros." En ese momento lo comprendí; sólo depende
de las circunstancias.
En este caso las circunstancias estuvieron de mi parte. Una anciana pobre me vio durmiendo
cuando salió a recoger leña para el fuego. No sé cómo me llevó en carreta hasta un hospital alemán cerca de Hildesheim. Durante varios días estuve medio inconsciente; a ratos recuperaba el conocimiento. Durante uno de esos períodos de claridad oí hablar de una epidemia de tifus que estaba diezmando a las mujeres. Imaginándome que estaba entre ese malhadado grupo, pedí papel
y lápiz para escribir a mi familia, por si no volvía a verlos jamás.
Pero estaba demasiado débil para escribir. Les pedí ayuda a mi compañera de habitación y a la enfermera, pero las dos se negaron. Las muy fanáticas creían que yo era polaca. Era el mismo tipo
de prejuicio que vería cuarenta años más tarde con los enfermos de sida. "Que se muera la cerda polaca", decían con repugnancia.
Ese prejuicio casi me mató. Esa noche sufrí un espasmo cardíaco y nadie quiso atender a la
chica "polaca"; mi pobre cuerpo, que sólo pesaba cuarenta kilos, ya no tenía fuerzas para luchar más. Acurrucada en la cama, fui decayendo rápidamente. Por fortuna, el médico de turno de esa noche se tomaba en serio su juramento hipocrático. Antes de que fuera demasiado tarde me puso una inyección de estrofantina, el tónico cardíaco. Por la mañana ya me sentí casi tan bien como cuando saliera de Lucima. Me había vuelto el color a las mejillas. Me pude sentar y tomar el desayuno.
- ¿Cómo está mi niña suiza esta mañana? —me Preguntó el doctor cuando se marchaba.
- ¡Suiza! En cuanto las enfermeras y mi compañera de habitación oyeron que era suiza y no polaca cambiaron su actitud. De pronto se desvivieron por atenderme. Lo que son los prejuicios,
¡demonios!
Pasadas varias semanas, después de disfrutar de un muy necesario descanso y de alimentarme bien, me marché. Pero antes de irme les conté a mi compañera de habitación y a la enfermera la historia del envoltorio con tierra polaca que llevaba en la mochila.
- ¿ Lo entendéis ? —les expliqué—. No hay ninguna diferencia entre la madre de un niño polaco y la madre de un niño alemán.
El trayecto en tren hasta Zúrich me dio tiempo para reflexionar sobre las increíbles enseñanzas que había recibido durante los ocho meses pasados. Ciertamente volvía a casa más sabia y más conocedora del mundo.

Mientras el tren traqueteaba sobre los raíles, ya me imaginaba contándoles todo a mi familia, lo de las mariposas y la niña judía polaca que me descubrió que había un Hitler en todos nosotros; lo de los gitanos rusos que me demostraron que el amor y la fraternidad trascienden el idioma y la nacionalidad; lo de los desconocidos, como la anciana pobre que había salido a recoger leña y se tomó la molestia de llevarme a tiempo al hospital.
Muy pronto estuve sentada ante la mesa cenando con mis padres, contándoles todos los horrores que había visto, y todos los motivos, mucho más numerosos, que teníamos para albergar esperanza.

 

 
 
 
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