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LA RUEDA DE LA VIDA

 

Primera Parte " EL RATON"

 

6- Mi propia bata

 

 Elizabeth Kubler-Ross

 

6. MI PROPIA BATA.

Cuando acabé la enseñanza secundaria en la primavera de 1942, ya era una joven madura y seria. Albergaba pensamientos profundos. En mi opinión, mi futuro estaba en la Facultad de Medicina; mi deseo de ser médica era más fuerte que nunca; me sentía llamada a ejercer esa profesión. ¿Qué mejor que sanar a las personas enfermas, dar esperanza a las desesperadas y consolar a las que sufrían?

 
   

Pero mi padre seguía al mando, de modo que la noche en que decidió el futuro de sus tres hijas
no se diferenció en nada de aquella tumultuosa noche de hacía tres años. Envió a Eva al colegio de formación general para señoritas y a Erika al gymnasium de Zúnch.

En cuanto a mí, volvió a asignarme la profesión de secretaria-contable de su empresa. Demostró conocerme muy poco explicándome la maravillosa oportunidad que me ofrecía.
- La puerta está abierta —me dijo.
No traté de ocultar mi desilusión y dejé muy claro que jamás aceptaría semejante condena a prisión. Yo tenía un intelecto creativo y reflexivo y una naturaleza inquieta. Me moriría sentada todo el día ante un escritorio.

 

Mi padre perdió la paciencia rápidamente. No tenía el menor interés en discutir, mucho menos
con una niña. ¿Qué puede saber una niña?
- Si mi oferta no te parece bien, puedes marcharte y trabajar de empleada doméstica —bufó.
Se hizo un tenso silencio en el comedor. Yo no quería batallar con mi padre, pero todas las fibras de mi cuerpo se negaban a aceptar el porvenir que me había elegido. Consideré la opción que me ofrecía. Ciertamente no quería trabajar de empleada doméstica, pero quería ser yo la que tomara
las decisiones respecto a mi futuro. —Trabajaré de empleada doméstica —dije. En cuanto hube pronunciado esa frase mi padre se levantó y fue a encerrarse en su estudio dando un portazo.
Al día siguiente mi madre vio un anuncio en el diario. Una mujer francófona, viuda de un adinerado catedrático de Romilly, ciudad junto al lago de Ginebra, necesitaba una empleada que le
llevara la casa, cuidara a sus tres hijos, sus animalitos y su jardín. Conseguí el puesto y me marché a
la semana siguiente. Mis hermanas estaban tan tristes que no fueron a despedirme. En la estación tuve que arreglármelas para transportar una vieja maleta de cuero que era casi tan grande como yo. Antes de separarnos, mi madre me regaló un sombrero de ala ancha que hacía juego con mi traje de lanilla y me pidió que reconsiderara mi decisión. Aunque yo ya estaba muerta de nostalgia por mi hogar, era demasiado tozuda para cambiar de opinión. Ya había tomado mi decisión. Lo lamenté tan pronto me bajé del tren y saludé a mi nueva jefa, madame Perret, y a sus tres hijos. Había hablado
en suizo alemán. Ella se ofendió inmediatamente. —Aquí sólo hablamos en francés —me advirtió—.
Empieza en este mismo instante.
Madame era una mujer corpulenta, alta y muy antipática. En otro tiempo había sido el ama de llaves del catedrático, y cuando murió la esposa de éste se casó con él. Después murió el catedrático, y ella heredó todo lo suyo, a excepción de su agradable carácter.
Ésa fue mi mala suerte. Trabajaba a diario desde las seis de la mañana hasta la medianoche, y tenía medio día libre dos fines de semana al mes. Comenzaba encerando el suelo, después sacaba brillo a la plata, salía a hacer la compra, cocinaba, servía las comidas y ordenaba las cosas por la noche. Normalmente Madame deseaba tomar té a medianoche. Por fin me daba permiso para retirarme a mi pequeño cuarto. Por lo general me quedaba dormida antes de posar la cabeza en la almohada.
Pero si Madame no oía el ruido de la enceradora a las seis y media, casi me echaba abajo la puerta a golpes. "¡Es hora de empezar!"
En mis cartas a casa jamás decía que pasaba hambre ni que me sentía muy desgraciada, sobre todo cuando comenzó el frío y se aproximaban las fiestas. Al acercarse la Navidad eché terriblemente de menos mi casa. Me entristecía pensando en las agradables melodías que toda mi familia cantaba dichosa alrededor del piano. En mi imaginación veía los dibujos y manualidades que hacíamos mis hermanas y yo para regalarnos mutuamente. Pero Madame sólo me obligó a trabajar más. Continuamente recibía visitas, y además me prohibió que mirara su árbol de Navidad. "Sólo es para la familia", me dijo en un tono despreciativo que imitaban sus hijos, que no eran mucho menores que yo.
Toqué fondo la noche en que Madame dio una cena para los ex colegas de su marido en la universidad. Por orden de ella serví espárragos de entrante. En cuanto oí la campanilla con que ella me anunciaba que sus invitados habían terminado, me apresuré a entrar en el comedor a retirar los platos; pero al ver que en todos los platos todavía estaban los espárragos, volví a marcharme a
la cocina. Madame volvió a tocar la campanilla. La escena se repitió, y volvió a repetirse una tercera vez. Me habría parecido cómico si no hubiera pensado que me estaba volviendo loca.
Finalmente Madame entró furiosa en la cocina. ¿Cómo podía ser yo tan imbécil?
- Entra ahí y retira los platos —me ordenó enfurecida—. Las personas educadas sólo se comen las puntas de los espárragos. ¡El resto se deja en el plato!
Así será, pero una vez que hube retirado los platos devoré todos los espárragos y los encontré
deliciosos. Cuando acababa de zamparme el último, entró en la cocina uno de los invitados, un catedrático, que me preguntó qué demonios hacía yo allí.
- El motivo de perseverar aquí todo un año es que espero a tener la edad suficiente para entrar
en un laboratorio —le dije tratando de contener las lágrimas que inundaban mis cansados ojos—.
Quiero formarme como técnica de laboratorio para poder entrar en la Facultad de Medicina.
El catedrático me escuchó comprensivo. Después me entregó su tarjeta y me prometió que me encontraría trabajo en algún laboratorio apropiado. También se ofreció a alojarme temporalmente en
su casa de Lausa-na; me dijo que tan pronto llegara a casa se lo diría a su esposa. A cambio, yo tenía que prometerle que me marcharía de esa horrorosa casa.
Vanas semanas más tarde tuve un medio día libre. Fui a Lausana y llamé a la puerta del catedrático. Me abrió su esposa y me dijo entristecida que su marido había muerto hacía unos días. Hablamos largo rato. Me dijo que él me había buscado trabajo pero que ella no sabía dónde. Me fui de allí aún más deprimida.
De vuelta en casa de Madame trabajé más que nunca. Para Nochebuena iba a tener la casa llena de invita-
dos. Yo no paraba de cocinar, planear las comidas, limpiar y hacer la colada. Una noche le supliqué que me dejara ver el árbol de Navidad, sólo cinco minutos; necesitaba recargarme
espiritualmente.
- No, todavía no es Navidad —me dijo horrorizada, y reiteró su anterior advertencia—: Además,
es sólo para la familia, no para empleadas.
En ese instante decidí marcharme. Cualquier persona que no compartiera su árbol de Navidad
no era digna de mi trabajo ni de mis servicios.
Le pedí prestada una maleta de anea a una chica de Vevey y planeé mi escapada. La mañana
de Navidad, cuando Madame no oyó funcionar la enceradora entró en mi cuarto y me ordenó comenzar mis tareas. Pero en lugar de obedecer le dije osadamente que ya no volvería a encerar pisos en mi vida. Después cogí mis cosas, las puse en un trineo y me marché a toda prisa para coger
el primer tren. Me quedé a pasar la noche en Ginebra en casa de una amiga, que me mimó con un baño de espuma, té, bocadillos y pasteles y me prestó dinero para hacer el resto del trayecto hasta Meilen.
Llegué a casa al día siguiente de Navidad. Deslicé mi huesudo cuerpo por el portillo para la leche y me fui directamente a la cocina. Sabía que mi familia estaría fuera en su tradicional excursión
a la montaña, de modo que grande y agradable fue mi sorpresa cuando oí ruidos arriba. Resultó ser
mi hermana Erika, que se había quedado en casa debido al problema de su pierna. Ella se sintió igualmente sorprendida y feliz al descubrir que era yo la que hacía ruido abajo. Nos pasamos toda la noche sentadas en su cama conversando, poniéndonos al día de todo lo ocurrido en nuestras vidas.
Al día siguiente repetí las mismas historias a mis padres, que se sintieron indignados al enterarse de que me habían hecho pasar hambre y me habían explotado. No entendían por qué no había vuelto antes. Mi explicación no agradó a mi padre, pero dadas las penalidades que yo había pasado, sofrenó su ira y me dejó disfrutar de una cómoda cama y comidas nutritivas.
Cuando mis hermanas volvieron a sus respectivos colegios me encontré ante el mismo viejo problema de mi futuro. Nuevamente mi padre me ofreció un puesto en su empresa. Pero esta vez añadió otra opción, lo que ponía de manifiesto un enorme crecimiento personal por su parte. Me dijo que si no quería trabajar allí, yo podía buscarme una ocupación que me gustara y me hiciera feliz. Esa fue la mejor noticia que recibí en mi joven vida y oré para poder encontrar algo.
A los pocos días mi madre se enteró de que acababa de instalarse un nuevo instituto de
investigación bioquímica. El laboratorio estaba situado en Feldmeiler, a unos pocos kilómetros de Meilen y me pareció perfecto. Conseguí concertar una entrevista con el propietario del laboratorio y me vestí especialmente para la ocasión, esforzándome por parecer mayor y profesional. Pero el joven doctor Hans Braun, un científico ambicioso, no se dejó impresionar. Me dijo que estaba ocupadísimo y que necesitaba personas inteligentes que se pusieran a trabajar en seguida.
—¿Puede comenzar ahora mismo?
—Sí. • Me contrató como aprendiza.
- Hay un solo requisito —me dijo—. Traiga su bata blanca de laboratorio.
Eso era lo único que yo no tenía. Se me encogió el corazón; creí que la oportunidad se me escapaba de las manos, y supongo que se me notó.
- Si no tiene bata, con mucho gusto le proporcionaré una —me ofreció el doctor Braun. Yo me sentí extasiada, y más feliz aún cuando me
presenté el lunes a las ocho de la mañana y vi tres preciosas batas blancas, con mi nombre bordado, colgadas en la puerta de mi laboratorio.
No había en todo el planeta un ser más feliz que yo.
La mitad del laboratorio se destinaba a fabricar cremas, cosméticos y lociones, mientras que la parte donde yo trabajaba, un enorme invernadero, estaba dedicada a investigar los efectos producidos en las plantas por materias cancerígenas. La teoría del doctor Braun era que no era necesario experimentar los agentes cancerígenos con animales, ya que lo mismo podía hacerse, con precisión y poco gasto, con plantas. Su entusiasmo hacía parecer más que factibles sus conceptos.
Pasado un tiempo advertí que a veces llegaba al laboratorio deprimido y escéptico ante todo y todos,
y se pasaba todo el día encerrado con llave en su despacho. Después caí en la cuenta de que era maníaco depresivo. Pero sus agudos cambios de humor jamás entorpecieron mi trabajo, que consistía en inyectar a ciertas plantas sustancias nutritivas, cancerígenas a otras, observarlas escrupulosamente y anotar en respectivos cuadernos cuáles se desarrollaban de forma normal, cuáles de forma anormal, excesivamente o muy poco.
Yo me sentía cautivada, no sólo por la importancia del trabajo, que tenía la posibilidad de salvar vidas, sino además porque un simpático técnico de laboratorio me daba lecciones de química y ciencias, complaciendo así mi ilimitado apetito de saber. Pasados unos meses comencé a viajar a Zúrich dos días a la semana para asistir a clases de química, física y matemáticas, en las que superaba a treinta compañeros varones al recibir sobresalientes. La segunda de la clase era otra chica. Pero después de nueve meses de dicha el sueño se me convirtió en pesadilla; el doctor Braun, que había invertido millones en el laboratorio, se arruinó.
Nadie en el trabajo se enteró de la noticia hasta una mañana de agosto cuando nos
presentamos a trabajar y encontramos la puerta cerrada. El destino y paradero del doctor Braun eran
un misterio. Igual podía estar hospitalizado a causa de una de sus crisis maníacas, que estar en la cárcel. ¿Quién sabe si volveríamos a verlo alguna vez? La respuesta resultó ser "nunca". Los policías que custodiaban la puerta nos informaron de que estábamos despedidos, pero amablemente nos dieron tiempo para sacar las cosas del laboratorio y salvar informes pertinentes. Después de tomar un té con el grupo y de despedirnos con tristeza, me dirigí a casa, de nuevo sin empleo y muy amargada al ver destrozado otro sueño más.
A consecuencia de mi mala suerte encontré la llave para mi profesión futura. Al despertar por la mañana sólo tenía que imaginarme trabajando en la oficina de mi padre para dejar de autocompadecerme y ponerme a buscar trabajo de inmediato. Mi padre me había concedido tres semanas para buscar otro empleo. Si al cabo de ese tiempo no encontraba nada, yo comenzaría a trabajar de contable en su oficina, destino para mí inconcebible después de la felicidad de trabajar en
un laboratorio de investigación. Sin pérdida de tiempo cogí el listín de teléfonos de Zúrich y escribí con vehemencia febril a todos los institutos, hospitales y clínicas de investigación. Además de hacer constar mis estudios y notas, de añadir cartas de recomendación y una foto, rogaba pronta contestación.
Era el final del verano, una época nada buena para buscar trabajo. Todos los días corría a mirar
el buzón; cada día me parecía un año. Las primeras respuestas no fueron favorables; tampoco las de
la segunda semana. En todas expresaban su admiración por mi entusiasmo, amor por el trabajo y buenas notas, pero ya estaban ocupadas todas sus vacantes para aprendices. Me alentaban a volver
a enviar la solicitud al año siguiente; entonces tendrían muchísimo gusto en considerar mi petición.
Pero entonces sería demasiado tarde.
Durante casi toda la tercera semana esperé junto al buzón, sin tener suerte. Entonces, hacia el final de la semana el cartero trajo la carta por la que tanto había rogado. El Departamento de Dermatología del Hospital Cantonal de Zúrich acababa de perder a uno de sus aprendices de laboratorio y necesitaban cubrir la vacante inmediatamente. Me presenté allí sin pérdida de tiempo. Médicos y enfermeras pasaban a toda prisa por los corredores. Aspiré el inequívoco aroma de medicamentos que impregna el aire de todos los hospitales como si fuera mi primer aliento; me sentí como en mi casa.
El laboratorio de dermatología estaba en el sótano. Lo dirigía el doctor Karl Zehnder, cuyo despacho sin ventana estaba situado en una esquina. Al instante me di cuenta de que el doctor Zehnder trabajaba muchísimo.

Tenía el escritorio cubierto de papeles y el laboratorio bullía de actividad. Después de una buena entrevista, el doctor me contrató. Yo no veía la hora de contárselo a mi padre. También sentí una inmensa satisfacción al poder decirle al doctor Zehnder que cuando comenzara el lunes por la mañana llevaría mi propia bata.

 

 
 
 
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