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LA RUEDA DE LA VIDA

 

Cuarta Parte " EL AGUILA"

 

36- La medica rural

 

Elizabeth Kubler-Ross

 

36. LA MÉDICA RURAL.

Mi trabajo consistía en ayudar a las personas a llevar una vida más tranquila y apacible, pero por lo visto en la mía no había nada de serenidad.

 
   

 La intensa batalla por adoptar bebés seropositivos me había afectado más de lo que imaginaba. Después llegó un invierno muy duro, acompañado de lluvias e inundaciones que causaron daños en la propiedad. Luego hubo una sequía que nos arruinó una buena cosecha cuando tanto la necesitábamos.

Y por si eso fuera poco, yo continuaba con mi programa de conferencias, seminarios, actividades para reunir fondos, visitas domiciliarias y a los hospitales.
No hice caso de las advertencias de mis amigos de que iba a arruinar mi salud si aceptaba una
gira de seminarios intensivos y charlas por Europa.

 

 Pero al final de la gira me gratifiqué tomándome dos días libres para visitar a mi hermana Eva en Suiza. Llegué allí totalmente extenuada. Tenía un aspecto horroroso, necesitaba descanso y ella me rogó que cancelara mi viaje a Montreal y me quedara más tiempo.
Aunque eso era imposible, decidí aprovechar lo mejor posible mi corta visita disfrutando de la cena familiar que había organizado Eva en un excelente restaurante. Puesto que una reunión familiar era un acontecimiento excepcional, fue una verdadera fiesta, agradable y alegre.
- Esto es lo que deberían hacer las familias —comenté—. Celebrar mientras todos están vivos.
- Estoy de acuerdo —dijo ella.
- Tal vez las futuras generaciones celebrarán el que alguien pase al otro lado y no se
lamentarán de un modo tan absurdo ante la muerte —continué—. En todo caso, la gente debería llorar cuando alguien nace, porque eso significa tener que comenzar de nuevo toda la tontería de vivir.

Veinticuatro horas más tarde, mientras me preparaba para irme a la cama, le dije a mi hermana que no hacía falta que se levantara por mí a la mañana, pues yo tomaría mi café, me fumaría un cigarrillo y me iría al aeropuerto. Cuando sonó mi despertador, bajé y vi que Eva no sólo no me había hecho caso sino que había sacado su elegante mantel blanco y había puesto un hermoso centro de mesa con flores frescas. Me senté a tomar café y me disponía a reprenderla por haberse molestado tanto cuando ocurrió lo que todo el mundo temía que ocurriera.
Todo el estrés y las cosas desagradables, el viaje, el café, los cigarrillos y el chocolate, en fin,
todo el conjunto, de pronto acabó conmigo. Me invadió la extraña sensación de estar hundiéndome. Me sentí muy débil y el mundo comenzó a girar a mi alrededor. Dejé de ver a mi hermana y no podía moverme; sin embargo, sabía exactamente qué me estaba ocurriendo.
Me estaba muriendo.
Lo supe al instante. Después de haber asistido a tantas personas en sus últimos momentos, por
fin mi muerte había accedido a llegar. Los comentarios que había hecho a mi hermana esa noche en
el restaurante me parecieron profetices. Al menos me iba a marchar con una celebración. También pensé en la granja, en los campos llenos de hortalizas que necesitarían ser envasadas, en las vacas, cerdos y ovejas y los animalitos recién nacidos. Entonces miré a Eva, que estaba sentada frente a mí. Ella me había ayudado tanto en mi trabajo en Europa y en la granja que deseé regalarle algo antes de morir.
Me pareció que no habría manera de hacer eso, ya que no sabía de qué me estaba muriendo;
por ejemplo, si era la coronaria, podría irme en un instante. Entonces se me ocurrió una idea.
- Eva, me estoy muriendo —le dije—, y quiero hacerte un regalo de despedida. Te voy a explicar cómo es morir, desde el punto de vista del enfermo. Este es el mejor regalo que puedo hacerte, porque nadie habla jamás mientras lo experimenta.
No esperé su reacción (la verdad es que ni siquiera observé si tenía alguna) y me lancé a un detallado comentario de lo que me estaba sucediendo.
- Está comenzando en los dedos de los pies. Los siento como si los tuviera en agua caliente. Es adormecedor, agradable. —A mí mi voz me sonaba como si estuviera hablando a la velocidad de un comentarista de carreras de caballos—. Me va subiendo por el cuerpo, las piernas, ahora me sube por la cintura. No tengo miedo; es tal como me lo imaginaba. Es un placer. Es una sensación francamente placentera.
Salí de mi cuerpo para mantener el ritmo.
- Estoy fuera de mi cuerpo —continué—. No lamento nada. Despídeme de Kenneth y Barbara. Sólo amor.
En ese momento me quedaban uno o dos segundos. Me sentí como si estuviera en lo alto de
una pista de esquí preparándome para saltar por el borde. Delante de mí estaba la luz brillante. Extendí los brazos en un ángulo que me permitiera volar directamente hacia la luz. Recordé que para tomar impulso debía agacharme. Estaba totalmente consciente de que había llegado el glorioso momento final y disfrutaba de cada segundo de revelación:
- Voy a pasar al otro lado —le dije a mi hermana. Entonces miré la luz, sentí que me atraía y abrí los brazos—. ¡Allá voy! —grité.
Cuando desperté estaba tendida en la mesa de la cocina de Eva. El elegante mantel blanco
estaba cubierto de salpicaduras de café. Las hermosas flores del centro de mesa estaban esparcidas por todas partes. Eva estaba peor aún, con los nervios de punta. Loca de terror, me sujetaba tratando de pensar qué podía hacer. Me pidió disculpas por no haber llamado a una ambulancia.
- No seas pesada —le dije—. No hay por qué llamarlos. Es evidente que no despegué. Sigo clavada aquí.
Eva insistía en hacer algo, así que hice que me llevara al aeropuerto, aunque eso iba en contra de lo que ella consideraba juicioso
- Al demonio con lo juicioso —me burlé yo.
Durante el trayecto, sin embargo, le pregunté qué le había parecido mi regalo, la explicación de cómo es morir. Ella me dirigió una mirada extrañada; por su expresión deduje que dudaba de si yo todavía seguía en la tierra. Lo único que me oyó decir fue "Me estoy muriendo", y después "¡Allá voy!" De lo que dije entre medio no oyó nada, aparte del ruido que hicieron los platos al salir volando cuando yo caí sobre la mesa.
Tres días después diagnostiqué que mi problema era una leve fibrilación cardíaca, tal vez algo más, pero nada grave. Me declaré sana. Pero no estaba bien. El seco verano de 1988 fue duro. Durante la época de más calor supervisé la terminación de las casas redondas del centro, hice un corto viaje a Europa y celebré mi sexagésimo segundo cumpleaños con una fiesta para las familias que habían adoptado bebés infectados por el sida. A finales de julio me sentía más cansada que de costumbre.
No hice caso de la fatiga. El 6 de agosto de ese año iba conduciendo cuesta abajo por una
escarpada colina de la granja acompañada por Ann, una amiga médica de Australia que estaba de visita, y mi ex ayudante Charlotte, enfermera, cuando de pronto sentí una contracción en la cabeza, una dolorosa punzada que me recorrió como una corriente eléctrica el lado derecho del cuerpo. Me cogí la cabeza con la mano izquierda y frené en seco. Poco a poco sentí que una gran laxitud invadía
mi cuerpo, hasta que quedó completamente entumecido.
- Acabo de tener una embolia cerebral —le dije tranquilamente a Ann, que iba sentada a mi lado.
Ninguna de las tres sabía qué pensar en ese momento. ¿Estábamos asustadas? ¿Estábamos

aterradas? No. Habría sido difícil encontrar a tres mujeres más capaces y tranquilas. No sé muy bien cómo me las arreglé para llevar la camioneta de vuelta a la alquería y frenar.
- ¿Cómo te sientes, Elisabeth? —me preguntaron.
La verdad es que yo no lo sabía. Ya no era capaz de hablar con claridad, no podía mover bien
la lengua, tenía la boca paralizada como si sus partes se hubieran cansado, y el brazo derecho ya no obedecía ninguna orden.
- Tenemos que llevarla al hospital —dijo Ann.
- Chorradas —conseguí decir—. ¿Qué pueden hacer para una embolia? No hacen nada fuera de observar.
Pero, consciente de que al menos necesitaba un reconocimiento, las dejé que me llevaran al
Centro Médico de la Universidad de Virginia. Esa noche estuve sentada en la sala de urgencias. Allí era la única paciente que se moría de ganas de tomar una taza de café y fumar un cigarrillo. Lo mejor que se les ocurrió hacer fue enviarme a un médico que se negó a admitirme a menos que dejara de fumar.
- ¡No! —exclamé.
Él se cruzó de brazos, con aire de gran autoridad, para demostrar que él era quien mandaba
allí. Yo no tenía idea de que era el jefe de la unidad de apoplejía. Ni me importaba.
- Es mi vida —le dije.
Mientras tanto, un médico joven, divertido por la pelea, comentó que la esposa de un importante catedrático de la universidad había hecho uso de su influencia para que la ingresaran en una habitación privada donde pudiera fumar.
- Pregúntenle si le importaría tener una compañera de habitación —les pedí.
La señora estuvo encantada de tener compañía. Tan pronto como cerraron la puerta, mi compañera de cuarto, una simpática e inteligente señora de setenta y un años, y yo encendimos nuestros cigarrillos. Nos comportábamos como dos adolescentes traviesas. Apenas oíamos pasos,
yo daba la señal y escondíamos cigarrillos.
Reconozco que yo no era una paciente fácil, pero de todas formas no me trataron bien. Nadie hizo un historial completo de mi caso, nadie me hizo un examen exhaustivo. Durante la noche, a cada hora venía una enfermera y me ponía una linterna encendida ante los ojos.
- ¿Está durmiendo? —me preguntaba.
- ¡Ya no! —gruñía yo.
La última noche que estuve en el hospital le pregunté a la enfermera si podían despertarme con
música.
- No podemos hacer eso —contestó.
- ¿Y entonando una melodía, cantada o silbada?
- Tampoco podemos hacer eso.
Eso fue lo único que oí: "No podemos hacer eso."
Finalmente me harté. A las ocho de la mañana del tercer día, fui cojeando hasta el puesto de las enfermeras, seguida de cerca por mi compañera de cuarto, y me di el alta.
- No puede marcharse —me dijeron.
- ¿Cuánto apostamos?
- Pero es que no puede.
- Soy médica.
- No, usted es una paciente.
- Los pacientes también tenemos derechos. Voy a firmar los papeles.
En casa me recuperé mejor y más rápido que lo que me habría recuperado en el hospital.
Dormía bien y me alimentaba bien. Me inventé un programa de rehabilitación. Cada día me vestía y subía la extensa colina de detrás de mi granja. Aquello era naturaleza pura en su estado más salvaje,
de modo que podía haber osos y serpientes al acecho detrás de los árboles y rocas. Al principio
subía a gatas la pendiente, avanzando lenta y laboriosamente. Al final de la primera semana ya podía caminar apoyada en un bastón, iba recuperando las fuerzas. Durante mis excursiones cantaba
a voz en cuello, lo que era un ejercicio fabuloso y, gracias a mi voz horrorosamente desentonada, el canto me servía también de protección contra los animales salvajes.
Al cabo de cuatro semanas, y a pesar del pesimismo de mi médico, ya era capaz de caminar y hablar bien. Afortunadamente había sido una embolia "leve", de modo que reanudé mis tareas en el
jardín y la huerta, mis escritos y mis viajes, en fin, todo lo que hacía antes. Pero había sido un aviso
muy claro de que debía aminorar el paso. ¿Estaba yo dispuesta a hacerlo? De ningún modo, como lo demostré en una charla que di en octubre a los médicos del hospital del que me había dado de alta
yo misma dos meses antes.
- Me habéis curado —les dije en broma—. En dos días me quitasteis para siempre las ganas de estar hospitalizada a no ser que se trate de una superurgencia.
En el verano de 1989 recogimos la mejor cosecha que habíamos tenido hasta la fecha. Llevaba cinco años en mi granja, había trabajado en ella cuatro y estaba saboreando los frutos y verduras de
mi ardua labor. Es cierto lo que dice la Biblia: se recoge lo que se siembra. A principios de otoño, cuando asomaban los primeros colores de la estación, terminé el envasado de las conservas y
comencé a plantar en el invernadero las semillas para el año siguiente. La vida en la naturaleza me
hacía valorar más nuestra dependencia de la Madre Tierra, y comencé a prestar más atención a las profecías de los indios hopi y del Apocalipsis.
Me inquietaba el futuro del mundo. A juzgar por las noticias de los diarios y de la CNN, se veía
sombrío. Yo daba crédito a las personas que advertían que pronto el planeta se vería estremecido por terribles catástrofes. En mis diarios abundaban los pensamientos dirigidos a evitar ese dolor y ese sufrimiento. "Si consideramos que todos los seres vivos son dones de Dios, creados para nuestro placer y disfrute, para que los amemos y respetemos, y cuidamos de nosotros mismos con el mismo cariño, el futuro no será algo que haya que temer, sino apreciar."
Desgraciadamente esos diarios fueron destruidos. Pe-ro recuerdo algunas otras entradas:
- "Nuestro hoy depende de nuestro ayer, y nuestro mañana depende de nuestro hoy."
- "¿Te has amado hoy?"
- "¿Has admirado y agradecido a las flores, apreciado los pájaros y contemplado las montañas, invadida por un sentimiento de reverencia y respeto?"
Ciertamente había días en que sentía mi edad, cuando el cuerpo dolorido me recordaba que no
debería ser tan impaciente. Pero cuando planteaba los grandes interrogantes de la vida en mis seminarios me sentía tan joven, tan llena de vitalidad y esperanza, como cuando, cuarenta años atrás, hice mi primera visita domiciliaria como médica rural.

La mejor medicina es la medicina más simple.
Comencé a acabar los seminarios diciendo: "Aprendamos todos a amarnos y perdonarnos, a tener compasión y comprensión con nosotros mismos." Era un resumen de todos mis conocimientos
y experiencias. "Entonces seremos capaces de regalar eso mismo a los demás. Sanando a una
persona podemos sanar a la Madre Tierra."

 

 
 
 
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