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Alerta Conciente

CAPÍTULO 4

LA UNDÉCIMA REVELACIÓN

El secreto de Shambhala

James Redfield

 

ALERTA CONSCIENTE

Fui hasta el jeep, sintiéndome increíblemente bien. El aire estaba fresco y en todas direcciones las montañas seguían luciendo luminosas. Subimos al vehículo y Yin arrancó.

—¿Sabes adónde ir ahora? —le pregunté.

—Sé que debemos dirigirnos hacia el noroeste del Tíbet. Según las leyendas, ése es el punto de acceso más próximo a nosotros. Pero, como dijo el lama Rigden, ten­drá que mostrársenos. —Calló un instante y me miró. —Es hora de que te cuente mi sueño.

—¿El sueño que mencionó el lama Rigden? —pregun­té—. ¿El que tuviste conmigo?

—Sí, en ese sueño estábamos juntos viajando a través del Tíbet, buscando el punto de acceso. Y no podíamos encontrarlo. Viajábamos muy lejos y en círculos, perdidos. Pero en el momento de mayor desesperación, conocíamos a alguien que sabía adónde debíamos ir.

—¿Qué sucedía después?

—El sueño terminaba allí.

—¿Quién era la persona? ¿Era Wil?

—No, no creo.

—¿Qué piensas que significa el sueño?

—Significa que debemos estar muy alerta. Anduvimos unos momentos en silencio, hasta que pre­gunté:

—¿Hay soldados apostados en el noroeste del Tíbet?

—En general no —respondió—, salvo en las fronteras o en las bases militares. El problema consiste en atravesar los próximos quinientos o seiscientos kilómetros, hasta pasar el monte Kailash y el lago Mansarowar. Hay varios puestos militares de control.

Durante cuatro horas avanzamos sin incidentes, viajando un tramo por caminos de grava y luego tomando diversos caminos de tierra. Llegamos a Saga sin ninguna dificultad y alcanzamos lo que Yin me dijo era la ruta sur hacia la región oeste del Tíbet. Pasamos sobre todo grandes camiones de transporte, o lugareños que se trasladaban en autos viejos o en carro. Podían verse unos cuantos cami­nantes extranjeros cerca de las paradas de camiones, esperando que alguien los llevara.

Al cabo de una hora más, Yin desvió el jeep del camino principal hacia un sendero equivalente a una huella para caballos. El vehículo rebotó en hondos baches.

—En el camino principal, más adelante, suele haber un puesto de control chino —me explicó—. Debemos rodearlo.

Íbamos subiendo una cuesta empinada; cuando llega­mos a lo alto de la colina, Yin detuvo el jeep y me condujo al borde del risco. Debajo de nosotros, a varios cientos de metros de distancia, vimos dos grandes camiones militares con insignias chinas. Había tal vez una docena de soldados parados junto al camino.

—Esto no es bueno —comentó Yin—. En estas encrucijadas suele haber unos pocos soldados. Es posible que todavía estén buscándonos.

Traté de disipar una oleada de ansiedad y mantener ele­vada mi energía. Me dio la impresión de que varios soldados miraban colina arriba hacia nosotros, de modo que me agaché.

—Está sucediendo algo —susurró Yin.

Cuando volví a mirar la encrucijada, los soldados estaban registrando una camioneta que había avanzado hasta ese puesto de control. Una mujer rubia de mediana edad, parada al borde del camino, respondía a un interro­gatorio. Apenas llegábamos a distinguir que hablaba un idioma europeo, que sonaba muy parecido al holandés.

—¿Por qué los demoran? —le pregunté a Yin.

—No sé —respondió—. Quizá no tengan los permisos correctos, o quizá hayan formulado preguntas inconve­nientes.

Me quedé mirando, con el deseo de poder ayudar.

—Por favor —dijo Yin—, debemos irnos. Subimos al jeep y Yin manejó con lentitud rodeando el resto de la colina hasta descender por la cuesta del otro lado. Abajo tomamos por otra estrecha senda de tierra y doblamos a la derecha, lejos de las encrucijadas, siempre en dirección al noroeste. Viajamos por ese camino durante unos diez kiló­metros más, hasta volver a salir a la ruta principal y a Zhongba, un pequeño pueblo con varios hoteles y unos cuantos negocios. Ahí vimos gente caminando, conduciendo yaks y otros animales, así como varios vehículos que pasaban.

—Ahora somos sólo dos peregrinos más de los muchos que se dirigen al monte Kailash —comentó Yin—. No repararán tanto en nosotros.

No me sentía convencido. De hecho, ochocientos metros más adelante un camión militar chino paró en el camino directamente detrás de nosotros, y me invadió otra oleada de miedo. Yin tomó por una calle lateral y el camión pasó de largo hasta perderse de vista.

—DEBES MANTENERTE FUERTE —me advirtió Yin—. ES HORA DE QUE APRENDAS LA SEGUNDA EXTENSIÓN.

Continuó guiándome de nuevo a lo largo de la Primera Extensión hasta que pude visualizar y sentir mi energía fluyendo frente a nosotros y a la distancia.

—AHORA QUE HAS HECHO EMANAR TU ENERGÍA, DEBES DISPONER ESTE CAMPO DE ENERGÍA PARA QUE SURTA UN CIERTO EFECTO.

Su comentario me fascinó.

—¿Disponer mi campo?

—Sí. PODEMOS DIRIGIR NUESTRO CAMPO DE ORACIÓN PARA QUE ACTÚE SOBRE EL MUNDO DE DIVERSAS MANERAS. LO HACEMOS UTILIZANDO NUESTRAS EXPECTATIVAS. Ya lo has hecho una vez, ¿recuerdas? Hanh te enseñó a esperar que la energía siga fluyendo a través de ti. Ahora debes disponer tu campo con otras expectativas, y hacerlo con verdadera disciplina. De lo contrario, toda tu energía puede derrumbarse rápidamente en miedo e ira.

Me miró con una expresión triste que nunca le había visto antes.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Cuando era joven vi cómo un soldado chino mataba a mi padre. Los odio y les temo intensamente. Y debo con­fesarte algo: yo mismo soy en parte chino. Ésa es la peor parte. Es este recuerdo y esta culpa lo que me corroe la energía, de modo que tiendo a anticipar lo peor. Aprenderás que, EN ESTOS NIVELES MÁS ELEVADOS DE ENERGÍA, NUESTRO CAMPO DE ORACIÓN ACTÚA CON GRAN RAPIDEZ PARA TRAERNOS EXACTAMENTE LO QUE ESPERAMOS. SI TEMEMOS, NOS TRAE LO QUE TEMEMOS. SI ODIAMOS, NOS TRAE LO QUE ODIAMOS.

"POR FORTUNA, CUANDO ENTRAMOS EN ESTAS EXPECTATIVAS NEGATIVAS, NUESTRO CAMPO DE ORACIÓN SE DERRUMBA CON BAS­TANTE RAPIDEZ, PORQUE PERDEMOS NUESTRA CONEXIÓN CON LO DIVINO Y YA NO EMANAMOS AMOR. PERO AUN ASÍ UNA EXPECTA­TIVA DE MIEDO PUEDE RESULTAR PODEROSA. POR ESO DEBES CONTROLAR TUS EXPECTATIVAS CON MUCHO CUIDADO Y DISPONER TU CAMPO EN FORMA CONSCIENTE.

Me sonrió y agregó:

—Como tú no odias a los militares chinos como los odio yo, cuentas con una ventaja. Pero aun así tienes mu­cho miedo, y pareces capaz de experimentar mucha ira... lo mismo que yo. Tal vez sea por eso que estamos juntos.

Yo miraba el camino mientras avanzábamos, pensando en lo que Yin decía, sin creer que nuestros pensamientos pudieran ser tan poderosos. Interrumpí mis reflexiones cuando él aminoró la marcha del jeep y se detuvo frente a una línea de edificios.

—¿Por qué te detienes? —pregunté—. ¿De esta manera no llamaremos más la atención?

—Sí —respondió—. Pero debemos correr el riesgo. Los soldados disponen de espías en todas partes, pero nosotros no tenemos opción. No es seguro entrar en las regiones occidentales del Tíbet con un solo vehículo. No hay sitios donde hacer reparaciones. Debemos encontrar alguien que nos acompañe.

—¿Y si nos entregan? Yin me miró horrorizado.

—Eso no sucederá si encontramos a las personas adecuadas. Vigila tus  pensamientos. Te advertí que tienes que disponer el campo correcto alrededor de nosotros. Es importante.

Comenzó a bajar del vehículo, pero vaciló.

—Debes hacerlo mejor que yo, o no tendremos proba­bilidad alguna. Concéntrate en disponer tu campo en rten brel.

Guardé silencio un momento.

—¿Rten brel? ¿Qué es eso?

—Es la palabra tibetana para expresar "sincronicidad". DEBES DISPONER TU CAMPO PARA PERMANECER EN EL PROCESO SINCRÓNICO, PARA ATRAER LAS INTUICIONES, LAS COINCIDENCIAS, Y LOGRAR QUE NOS AYUDEN.

Yin miró de reojo el edificio y bajó del jeep, al tiempo que me indicaba con la mano que quería que yo me quedara.

Durante casi una hora esperé, observando a la gente tibetana que pasaba caminando. De vez en cuando veía a alguien con aspecto indio o europeo. En un momento has­ta me pareció ver pasar por una calle distante al holandés al que habíamos visto en el punto de control. Me esforcé por ver, pero no pude confirmarlo.

¿Dónde estaba Yin?, me pregunté. Lo último que nece­sitaba era separarme otra vez de él. Me imaginé manejando a través de ese pueblo yo solo, perdido, sin la menor idea de adónde ir. ¿Qué haría?

Por fin vi que Yin salía del edificio. Por un momento vaciló, mientras miraba con atención a ambos lados antes de regresar al jeep.

—Encontré a dos personas a las que conozco —dijo mientras volvía a ubicarse tras el volante—. Creo que nos acompañarán. —Lo intentaba, pero su tono de voz traicio­naba sus dudas.

Puso el auto en marcha y continuamos viaje. Cinco minutos después pasamos ante un pequeño restaurante construido con latón corrugado. Yin estacionó a unos se­senta metros del local, ocultando el jeep detrás de unos tanques de combustible. Ahora nos hallábamos en las afueras del pueblo y no había casi nadie en la calle. En el comedor había unas seis mesas desvencijadas. Una barra estrecha, pintada de blanco, nos separaba de la cocina, donde trabajaban varias mujeres de edad. Una nos vio sentarnos y se nos acercó.

Yin le habló brevemente en tibetano y yo capté la palabra "sopa". La mujer hizo un gesto afirmativo y me miró.

—Lo mismo —le dije a Yin, al tiempo que me sacaba la chaqueta y la colgaba de la silla—. Y agua. —Yin tra­dujo; la mujer sonrió y se marchó.

Yin se puso serio.

—¿Comprendiste lo que dije antes? AHORA DEBES DISPONER UN CAMPO QUE ATRAIGA MÁS SINCRONICIDAD.

Asentí.

—¿Cómo dispongo este campo?

—LO PRIMERO QUE DEBES HACER ES ASEGURARTE DE CONFIAR EN LA PRIMERA EXTENSIÓN. CERCIÓRATE DE QUE LA ENERGÍA ESTÁ FLUYENDO HACIA DENTRO DE TÍ Y HACIA AFUERA, HACIA EL MUNDO. SIENTE LAS MEDIDAS. DISPÓN TU EXPECTATIVA PARA QUE ESTA ENERGÍA SEA CONSTANTE. LUEGO DEBES ESPERAR QUE TU CAMPO DE ORACIÓN ACTÚE PARA PRODUCIR SÓLO LOS PENSAMIENTOS Y HECHOS NECESARIOS PARA QUE SE DESPLIEGUE TU MEJOR DESTINO. CON EL OBJETO DE DISPONER ESTE CAMPO ALREDEDOR DE TI, DE­BES MANTENERTE EN UN ESTADO DE ALERTA CONSCIENTE.

—¿ALERTA A QUÉ?

—A LA SINCRONICIDAD. DEBES MANTENERTE EN UN ESTADO EN EL CUAL ESTÉS CONSTANTEMENTE BUSCANDO EL SIGUIENTE FRAG­MENTO MISTERIOSO DE INFORMACIÓN QUE TE AYUDE A IR HACIA TU DESTINO. ALGUNA SINCRONICIDAD VENDRÁ A TI HAGAS LO QUE HICIERES, PERO PUEDES AUMENTARLA SI DISPONES UN CAMPO CONSTANTE, ESPERÁNDOLA SIEMPRE.

Busqué mi libreta en el bolsillo posterior de mis pan­talones. Aunque no la había usado hasta el momento, tuve la intuición de tomar nota de lo que decía Yin. Había desa­parecido. Recordé que la había dejado en el jeep.

—Está cerrado —dijo Yin, al tiempo que me tendía las llaves, con un movimiento de la cabeza—. No vayas a ninguna otra parte.

Fui directo al jeep y recuperé la libreta. Estaba a punto de regresar cuando me sobresaltó el ruido de unos vehícu­los que estacionaban ante el restaurante. Me oculté detrás de los tanques y observé la escena. Frente al local había dos camiones chinos grises. Cinco o seis hombres vestidos de civil atravesaban con rapidez la entrada. Desde donde yo me encontraba, podía ver adentro por las ventanas. Los hombres alinearon con rapidez a todos contra las paredes y comenzaron a registrarlos. Traté de localizar a Yin, pero no pude verlo por ninguna parte. ¿Había escapado?

Un nuevo patrullero se detuvo afuera, y un oficial chino, alto y flaco, vestido con uniforme militar, bajó y caminó con lentitud hacia la puerta. Era evidentemente el mandamás. Ya en la puerta, miró adentro un breve instante; luego se detuvo y se volvió, escrutando ambos lados de la calle, como percibiendo algo. Se dirigió hacia mi lado, así que me agaché de nuevo detrás de los recipientes, con el corazón acelerado.

Al cabo de un momento me arriesgué a echar un vis­tazo hacia el restaurante. Los chinos obligaban a salir a la gente y la cargaban en los camiones. Yin no se hallaba entre ellos. Uno de los autos se marchó mientras el oficial a cargo hablaba con los hombres restantes. Parecía darles indicaciones de que iniciaran una búsqueda en la calle.

Me oculté detrás de los tanques y respiré hondo. Sabía que, si me quedaba ahí, en poco tiempo me encontrarían. Buscando opciones, noté un callejón de tierra, estrecho, que corría desde los tanques hasta la calle siguiente. Salté al jeep, lo puse en punto muerto y aproveché el leve de­clive del terreno para atravesar el callejón y doblar a la derecha hacia la esquina siguiente. Puse el auto en marcha, pero no tenía idea de adónde ir. Lo único que quería era poner algo de distancia entre los soldados y yo.

Después de unas cuadras tomé a la derecha por una calleja angosta que me llevó a una zona de pocos edificios. Cien metros más, y tuve la impresión de estar por completo fuera del pueblo. Al cabo de poco menos de dos kilómetros, salí del camino y estacioné detrás de un grupo de altos montículos de piedra, cada uno del tamaño de una casa.

"¿Y ahora qué?", pensé. Estaba completamente perdido, sin la más mínima noción de adónde dirigirme. Me recorrió un relámpago de ira y frustración. Yin debía haberme prepa­rado para esa posibilidad. Probablemente en el pueblo había alguien a quien él conocía que pudiera ayudarme, pero ahora no tenía modo alguno de encontrarlo.

Una bandada de cuervos aterrizó en el montículo de mi derecha y luego voló en círculos encima del jeep, mien­tras graznaban fuerte. Miré por las ventanillas a uno y otro lado, seguro de que se acercaba alguien, por lo cual se habían perturbado los pájaros, pero no vi a nadie. Al cabo de unos minutos, casi todos los cuervos volaron hacia el oeste, todavía graznando. Pero uno se quedó en lo alto del montículo, mirando en silencio en dirección a mí. "Qué bueno —pensé—. Puede servirme de centinela." Me permitiría quedarme allí hasta decidir qué hacer.

En la parte posterior del jeep encontré unas frutas secas, nueces y galletas. Las comí sin pensar, mientras tomaba algunos sorbos nerviosos de la cantimplora de agua. Sabía que debía idear un plan. Se me ocurrió seguir subiendo por el camino hacia el oeste, pero decidí no hacerlo. A esa altura me abrumaba un gran miedo y sólo quería lo que había deseado desde el primer momento: olvidar aquella excursión, volver a Lhasa y luego al aero­puerto. Sabía que conseguiría recordar parte del trayecto, pero el resto tendría que adivinarlo. No podía creer que no hubiera intentado llamar a alguien, en el monasterio del lama Rigden, o más tarde en la casa de Hanh, que me ayudara a esbozar un plan de escape.

Mientras pensaba qué hacer, se me congeló el corazón. Alcancé a oír los primeros ruidos de un vehículo que se aproximaba por el camino en dirección a mí. Pensé en po­ner en marcha el jeep e irme, pero me di cuenta de que el vehículo se acercaba con demasiada rapidez. En cambio, tomé la cantimplora y una bolsa de comida, corrí detrás del montículo más lejano y me oculté en un lugar apartado e inescrutable pero que me permitía ver lo que sucedía.

El vehículo aminoró la marcha. Cuando se detuvo, más o menos a mi altura, me di cuenta de que era la camio­neta que había visto antes en el puesto de control. El conductor era el hombre rubio al que habían interrogado los soldados chinos; en el asiento del acompañante iba sentada una mujer.

Mientras yo observaba, detuvieron la camioneta por completo y se pusieron a hablar un breve instante. Pensé en salir y hablarles, pero de inmediato sentí una punzada de miedo. ¿Y si los soldados los habían alertado acerca de nosotros y habían insistido en que les notificaran si nos veían? ¿Me entregarían?

La mujer entreabrió la puerta, como para bajar, sin dejar de hablar con el hombre. ¿Ya habían divisado el jeep? Mi mente pensaba acelerada. Decidí que, si ella se bajaba y se me acercaba, yo simplemente echaría a correr. De ese modo, sólo se quedarían con el jeep y yo me alejaría bastante de allí antes de que llegaran los oficiales.

Con ese pensamiento en mente, volví a espiar la ca­mioneta. Los dos holandeses escrutaban los montículos, con expresión preocupada. Se miraron una vez más antes de que la mujer cerrara su puerta de un golpe y ambos se marcharan a buena velocidad hacia el oeste. Observé la camioneta subir la pequeña colina de mi derecha y desaparecer.

En el fondo, me sentí decepcionado. Tal vez ellos po­drían haberme ayudado, pensé. Consideré la idea de correr al jeep y alcanzarlos, pero la deseché. Mejor no tentar al destino, reflexioné. Era más prudente volver a mi plan original e intentar encontrar mi camino de vuelta a Lhasa, y luego a mi país.

Al cabo de una media hora, regresé al jeep y puse el motor en marcha. El cuervo de mi izquierda graznó y voló camino abajo, en la dirección que había tomado la camio­neta holandesa. Yo me dirigí hacia el otro lado, rumbo a Zhongba, por una serie de pequeños senderos, en la espe­ranza de pasar lejos de las calles principales y el restaurante. Anduve varios kilómetros más hasta alcanzar la cima de una colina. Reduje la velocidad del jeep al ascender, de mo­do de poder escrutar la larga extensión de una carretera que se veía a la distancia.

Quedé conmocionado. No sólo había allí un nuevo bloqueo del camino, a unos ochocientos metros montaña abajo, con docenas de soldados, sino que conté cuatro camiones grandes y dos jeeps llenos de tropas que avan­zaban veloces hacia mí.

Me apresuré a describir un giro con el jeep y regresar rápidamente en la dirección en que había venido, en la esperanza de que no repararan en mí. Sabía que tendría suerte si lograba esquivarlos. Razoné que debía avanzar hacia el oeste lo más rápido que pudiera, y luego al sur y el este. Tal vez hubiera bastantes caminos secundarios como para poder volver a Lhasa tomando por ellos.

Decidí que valía la pena intentarlo, de modo que crucé a la carrera la calle principal y me encaminé por una serie de caminos laterales, siempre en dirección al sur. Tomé una curva y me di cuenta de que iba por el camino equivocado. Sin querer había retornado otra vez a la ruta principal. An­tes de poder detenerme, me encontraba a menos de treinta metros de otro puesto de control chino. Había soldados por todas partes. Me detuve a un costado del camino, apreté los frenos y me deslicé hacía la parte inferior del asiento.

"¿Y ahora qué?", pensé. ¿La cárcel? ¿Qué me harían? ¿Me considerarían un espía?

Al cabo de unos momentos noté que los chinos pare­cían por entero indiferentes a mi presencia, aunque mi vehículo se hallaba estacionado a plena vista. Autos viejos y carros e incluso transeúntes en bicicletas pasaban a mi lado, y los soldados los detenían a todos, les pedían iden­tificación, controlaban sus papeles y a veces los registraban. Sin embargo, no me prestaban la menor atención.

Eché un vistazo a la derecha y noté que estaba esta­cionado a poca distancia de un sendero que llevaba a una casita de piedra situada a varios metros de distancia. A la izquierda de la casa había una pequeña franja de pasto sin cortar y, más allá del pasto, divisé otra calle.

   

Justo en ese momento pasó a mi lado un camión que se detuvo frente a mí, bloqueándome la visión del puesto de control. Instantes después apareció un Toyota azul, conducido por otro hombre rubio; estacionó a la vuelta del camión. A continuación oí hablar fuerte y gritar en chino. El vehículo daba la impresión de retroceder, como si intentara dar la vuelta, pero los soldados lo rodeaban. Aunque mi línea de visión estaba bloqueada, pude oír gritos airados en chino, entremezclados con temerosas súplicas en inglés con acento holandés.

—No, por favor —decía la voz—. Lo lamento. Soy turista. Mire, tengo un permiso especial para andar por esta ruta.

Se detuvo otro auto. El corazón me dio un salto en el pecho. Era el mismo oficial chino al que había visto antes en el restaurante. Me deslicé aún más en el asiento, tratado de esconderme mientras él pasaba cerca.

—¡Déme sus papeles! —pidió el oficial al holandés, en perfecto inglés.

Mientras escuchaba, noté que algo se movía a mi dere­cha y espié por la ventanilla del acompañante para ver de qué se trataba. El sendero que iba hacia la casa lucía bañado en un resplandor cálido y luminoso, exactamente el mismo resplandor que yo había visto al escapar con Yin en las afueras de Lhasa. Los dakini.

El jeep estaba en marcha, de modo que lo único que debí hacer fue avanzar lentamente hacia la derecha y por el sendero. Apenas respiraba mientras pasaba por la casa, atravesaba el pasto hasta la calle siguiente y doblaba a la izquierda. Un kilómetro y medio más adelante doblé de nuevo a la izquierda, en dirección al norte y fuera del pueblo por la calle lateral que había tomado antes. Diez minutos después me encontraba de nuevo en los mon­tículos, preguntándome qué hacer. En el camino, hacia el oeste, oí graznar a otro cuervo. En forma instantánea decidí ir en esa dirección, el rumbo que podría haber tomado desde el principio.

El camino llevaba a una elevación empinada y luego se extendía por una larga planicie rocosa. Manejé durante varias horas mientras la luz de la tarde comenzaba a esfu­marse. No se veían autos ni gente por ninguna parte, y casi no había casas. Media hora más tarde había oscurecido por completo, así que pensé en encontrar un lugar donde pasar la noche; entonces advertí un estrecho sendero de grava que salía a mi derecha. Reduje la velocidad del jeep y miré con más atención. Había algo apenas al costado del sen­dero; parecía una prenda de vestir.

Detuve el vehículo y con cuidado iluminé el objeto con una linterna que saqué por la ventanilla. Era una parka. Mi parka. La que había dejado en el restaurante poco antes de que llegaran los chinos.

Me apresuré a apagar la luz, sonriendo. Yin debía de ha­berla puesto allí. Bajé del jeep, la recogí y seguí ascendiendo con el jeep por el estrecho sendero, con las luces apagadas.

El camino me llevó unos ochocientos metros más arriba por un declive gradual hasta una pequeña casa con granero. Avancé con cautela. Varias cabras me miraban desde el otro lado de una cerca. En el porche de la casa reparé en un hombre sentado en un banco. Detuve el jeep y él se puso de pie. Reconocí la silueta. Era Yin.

Estacioné el vehículo y corrí hacia él. Me recibió con un abrazo tieso, pero sonriendo.

—Me alegro de verte —me dijo—. ¿Ves? Te dije que estaban ayudándote.

—Casi me atraparon los chinos —respondí—. ¿Cómo escapaste?

Un nerviosismo le volvió al rostro.

—Las mujeres del restaurante son muy astutas. Vieron a los oficiales chinos y me escondieron en el horno. A ninguno se le ocurrió mirar allí.

—¿Qué crees que les sucederá a las mujeres? —pre­gunté.

Me miró a los ojos pero no dijo nada por un largo momento.

—No sé —respondió—. Mucha gente está pagando un alto precio por ayudarnos.

Desvió la mirada y señaló el jeep.

—Ayúdame a traer algo de comida y prepararemos algo para comer.

Mientras Yin hacía un fuego me explicó que, después de que la policía se marchó, él volvió a la casa de sus ami­gos, que le sugirieron que se escondiera en aquella vieja choza mientras ellos buscaban otro vehículo.

—Sabía que te iba a abrumar el miedo y tratarías de volver a Lhasa —continuó Yin—. Pero también sabía que, si decidías continuar con este viaje, al final intentarías diri­girte otra vez hacia el noroeste. Éste era el único camino, así que puse tu chaqueta allí en la esperanza de que la vieras tú, y no los soldados.

—Fue muy arriesgado —comenté.

Asintió mientras ponía las verduras en una olla llena de agua y la colgaba de un gancho de metal encima del fuego, para que los vegetales se cocinaran al vapor. Las llamas de estiércol de yak lamían el fondo del recipiente.

Ver de nuevo a Yin disipó gran parte de mi miedo. Nos sentamos en unas sillas viejas y polvorientas junto al fuego.

—Tengo que admitir que sí intenté marcharme —con­fesé—. Pensé que era mi única posibilidad de sobrevivir.

Continué contándole todo lo ocurrido, salvo la expe­riencia de la luz alrededor de la casa. Cuando llegué a la parte en que me hallaba oculto tras los montículos y pasó la camioneta, se enderezó en la silla.

—¿Estás seguro de que era la misma camioneta que vimos en el bloqueo caminero? —preguntó con agudeza.

—Sí, eran ellos —afirmé.

Se lo veía totalmente exasperado.

—¿Viste a las personas a las que ya habíamos visto antes, y no encontraste un modo de hablar con ellas? —Su cara reflejaba un dejo de ira. —¿No recuerdas que te conté mi sueño, en el que encontrábamos a alguien que podía ayudamos a descubrir el punto de acceso?

—No quería correr el riesgo de que me delataran —protesté.

—¿Qué? —Me miró fijo; luego se inclinó y se tomó la cara en las manos un momento. Al fin volvió a mirarme.

—Estaba petrificado —me justifiqué—. No puedo creer la situación en que me he metido. Quería irme. Que­ría sobrevivir.

—Escúchame con atención —me dijo Yin—. Las pro-habilidades de que salgas del Tíbet ahora mediante una fuga son escasas. Tu única probabilidad de sobrevivir consiste en seguir adelante y hacer lo que tienes que hacer, utilizando la sincronicidad.

Miré para otro lado, sabiendo que era muy posible que él tuviera razón.

—Cuéntame lo que pasó cuando se aproximó la camio­neta —me pidió Yin—. Todo lo que pensaste. Todos los detalles.

Le conté que la camioneta se había detenido, y que de inmediato sentí miedo. Le describí que la mujer actuó como queriendo bajar pero que cambió de opinión y am­bos se marcharon.

Volvió a menear la cabeza.

MATASTE LA SINCRONICIDAD CON UN MAL USO DE TU CAMPO DE ORACIÓN. DISPUSISTE TU CAMPO CON EXPECTATIVAS TEMEROSAS, Y ESO LO DETUVO TODO.

"Piensa en lo que sucedía cuando oíste que se acercaba la camioneta —continuó Yin—. Tenías dos opciones: podrías haber pensando que eso constituía una amenaza o una potencial ayuda. Por cierto tenías que considerar ambas cosas. Pero una vez que reconociste la camioneta, eso debió haberte indicado algo. El hecho de que fuera la misma camioneta que habíamos visto antes en la encru­cijada era significativo, en especial puesto que esas mimas personas produjeron la distracción que nos permitió pasar de largo sin que nos vieran. Desde ese punto de vista, ellos ya te habían ayudado, y ahora posiblemente estaban allí para ayudarte de nuevo.

Asentí. Yin tenía razón. Era evidente que yo había estropeado la situación.

Yin desvió la mirada, distraído por sus propios pensa­mientos; luego dijo:

—PERDISTE POR COMPLETO TU ENERGÍA Y TU POSIBLE EXPECTATIVA. ¿Recuerdas lo que te dije en el restaurante? PARA DISPONER TU CAMPO A LA SINCRONICIDAD DEBES COLOCARTE EN UN ESTADO MENTAL PARTICULAR. ES FÁCIL PENSAR EN LA SIN- CRONICIDAD EN FORMA INTELECTUAL, PERO A MENOS QUE ENTRES EN EL ESTADO DE ÁNIMO EN QUE TU CAMPO DE ORACIÓN TE AYUDARÁ, LO ÚNICO QUE HACES ES VISLUMBRAR LAS COINCIDENCIAS MUY DE VEZ EN CUANDO. EN ALGUNAS SITUACIONES ESO BASTA Y TE CON­DUCIRÁ ADELANTE POR UN TIEMPO, PERO AL FINAL PERDERÁS LA DIRECCIÓN. LA ÚNICA MANERA DE ESTABLECER UN FLUJO CONSTANTE DE SINCRONICIDAD CONSISTE EN PERMANECER EN UN ESTADO EN EL QUE TU CAMPO DE ORACIÓN MANTENGA ESTE FLUJO EN MOVI­MIENTO HACIA TI... UN ESTADO DE "ALERTA CONSCIENTE".

—No estoy seguro de cómo entrar en este estado de ánimo.

—HAY QUE ACORDARSE DE ADOPTAR UNA ACTITUD ALERTA EN TODO MOMENTO. DEBES VISUALIZAR QUE TU ENERGÍA EMANA DE TI Y ATRAE LAS CORAZONADAS ACERTADAS, LOS HECHOS CO­RRECTOS. Y TIENES QUE ESPERAR QUE OCURRAN EN CUALQUIER MOMENTO. DISPONEMOS NUESTRO CAMPO PARA QUE NOS TRAIGA SINCRONICIDAD MEDIANTE LA ACTITUD DE PERMANECER SIEMPRE VIGILANTES, SIEMPRE ESPERANDO EL PRÓXIMO ENCUENTRO. CADA VEZ QUE OLVIDAS MANTENERTE EN ESE ESTADO DE EXPECTATIVA, DEBES DETENERTE A RECORDAR.

"CUANTO MÁS ESTÉS EN ESE ESTADO DE ÁNIMO, MÁS AUMENTARÁ LA SINCRONICIDAD. Y AL FINAL, SI MANTIENES ELEVADA TU ENERGÍA, ESTA POSTURA DE "ALERTA CONSCIENTE" SE CON­VERTIRÁ EN TU ACTITUD PREDOMINANTE HACIA LA VIDA. LAS LEYENDAS DICEN QUE ALGÚN DÍA LAS EXTENSIONES DE LA ORACIÓN SE VOLVERÁN NUESTRA SEGUNDA NATURALEZA. LAS DISPONDREMOS A LA MAÑANA DE MANERA TAN RUTINARIA COMO NOS VESTIMOS. ÉSE ES EL LUGAR QUE DEBES ALCANZAR, EL ESTADO DE ÁNIMO EN EL QUE EXPERIMENTAS ESA EXPECTATIVA EN FORMA CONSTANTE.

Hizo una pausa y me miró un momento.

—Cuando oíste que se te acercaba el vehículo, de inme­diato te dejaste ganar por el miedo. Por como lo cuentas, los holandeses intuyeron que debían detenerse en los montículos, aunque es muy probable que no supieran por qué. Sin embargo, cuando te colmó el miedo y pensaste que tal vez eran malas personas, tu campo se apagó y surtió un efecto en ellos: entró en sus campos y tal vez les hizo sentir que había algo errado, que estaban haciendo algo mal. Y entonces se fueron.

Lo que me decía era fantástico, pero yo lo sentía cierto.

—Cuéntame más sobre el modo en que nuestros campos afectan a la gente —le pedí. Meneó la cabeza.

—Te estás adelantando. El efecto de nuestros campos en otras personas es la Tercera Extensión. Por ahora, limítate a concentrarte en disponer un campo para la sincronicidad y no dejarte ganar por pensamientos de temor. Tienes tenden­cia a esperar lo peor. Recuerda que, cuando íbamos camino al monasterio del lama Rigden y te dejé solo, viste un grupo de refugiados que te habrían conducido directo al monas­terio si les hubieras hablado. Pero en cambio supusiste que iban a entregarte y perdiste la sincronicidad. Este pensa­miento negativo es un esquema mental tuyo.

Me quedé mirándolo; me sentía cansado. Él sonrió y no volvió a mencionar ninguno de mis errores. Durante un buen rato hablamos con tono ameno acerca del Tíbet, y en un momento salimos a contemplar las estrellas. El cielo estaba claro y la temperatura era apenas fría. Por sobre nosotros había las estrellas más brillantes que yo hubiera visto nunca, y así se lo comenté a Yin.

—Por supuesto que se las ve grandes —contestó—. Estás parado en el techo del mundo.

A la mañana siguiente dormí hasta tarde y realicé una serie de movimientos de Tai-Chi con Yin. Esperamos todo lo que pudimos a sus amigos, pero no aparecieron. Nos dimos cuenta de que, al fin y al cabo, tendríamos que correr el riesgo de ir con un solo auto, así que cargamos el jeep y partimos al mediodía.

—Debe de haber sucedido algo —comentó Yin. Trataba de mostrarse fuerte, pero noté que estaba preocupado.

Íbamos de nuevo subiendo por el camino principal a través de una niebla espesa que había cubierto casi todo el paisaje y nos oscurecía la visión de las montañas.

—Con esto, para los chinos será difícil vernos —obser­vó Yin.

—Qué bueno —contesté.

No entendía cómo habían hecho los chinos para saber de nuestra presencia en el restaurante de Zhongba, así qué le pregunté a Yin su parecer.

—Estoy seguro de que fue culpa mía —respondió—. Ya te dije cuánta ira y miedo siento por ellos. Sin duda mi Campo de Oración me trajo lo que yo estaba pidiendo.

Lo miré con dureza. Aquello era demasiado.

—¿Quieres decir —le pregunté— que, como tenías miedo, la energía que emanabas de algún modo trajo los chinos a nosotros?

—No, no sólo el miedo. Todos experimentamos una clase general de miedo. No es eso a lo que me refiero, sino de permitir que mi mente se entregue a visiones temerosas de lo que podría pasar, lo que podrían hacer los chinos. Los he visto actuar tanto tiempo en el Tíbet, que conozco sus métodos. Sé cómo oprimen a los individuos mediante la intimidación. Me permití verlos venir por nosotros en mi mente, como en una pequeña visión, y no hice nada por contrarrestar .esa imagen.

"Debería haberme detenido allí y visualizado que no iban a encontrarnos, y luego mantenido esa expectativa. Mi miedo en general no fue los que los trajo. Perdí la con­ciencia y mantuve una imagen específica, una expectativa específica de que ellos vendrían a nosotros; ése fue el problema. SI MANTIENES UNA IMAGEN NEGATIVA DURANTE DE­MASIADO TIEMPO, AL FINAL SE TORNA REALIDAD.

Todavía me pasmaba aquella idea. ¿Podía ser cierto? Durante un largo tiempo había observado que la gente que temía un hecho en particular —un robo en su casa, por ejemplo, o enfermarse de algo en particular, o perder a un amante— a menudo experimentaba justamente ese hecho en su vida. ¿Era éste el efecto que describía Yin?

Recordé la imagen temerosa que yo había experimen­tado antes, cuando Yin se había ido a buscar en Zhongba a alguien que nos acompañara. Había imaginado que me quedaba solo en el jeep y manejaba solo, perdido, y fue exactamente eso lo que acabó por suceder. Me recorrió un escalofrío.

—¿Estás diciendo que todo lo negativo que nos sucede es resultado de nuestros propios pensamientos? —pregunté.

Arrugó el entrecejo.

—Por supuesto que no. MUCHAS COSAS SUCEDEN MERA­MENTE A CAUSA DEL CURSO NATURAL DE LA VIDA CON OTROS SERES HUMANOS. SUS EXPECTATIVAS Y ACCIONES TAMBIÉN DESEMPEÑAN UN PAPEL. PERO SÍ TENEMOS ALGUNA INFLUENCIA CREATIVA, QUERAMOS CREERLO O NO. TENEMOS QUE DESPERTAR Y COM­PRENDER QUE, CON RESPECTO A NUESTRA ENERGÍA DE ORACIÓN, UNA EXPECTATIVA ES UNA EXPECTATIVA, YA SE BASE EN EL MIEDO O EN LA FE. En este caso, yo no me vigilé con la suficiente atención. Ya te advertí que mi odio hacia los chinos es un problema.

Se volvió y nuestros ojos se encontraron. —También recuerda lo que te dije —agregó— en cuanto a que, EN ESTOS NIVELES MÁS ELEVADOS DE ENERGÍA, EL EFECTO DE NUESTRO CAMPO DE ORACIÓN ES MUY RÁPIDO. EN EL MUNDO COMÚN, LOS INDIVIDUOS TODAVÍA TIENEN UNA MEZ­CLA DE IMÁGENES DE MIEDO E IMÁGENES DE ÉXITO, DE MODO QUE AMBAS TIENDEN A ANULARSE MUTUAMENTE Y NO CAUSAR TANTO EFECTO. PERO EN ESTOS NIVELES PODEMOS AFECTAR CON GRAN RAPIDEZ LO QUE SUCEDE, AUNQUE UNA IMAGEN DE MIEDO TERMINE POR DERRUMBAR LA FUERZA DE NUESTRO CAMPO.

"LA CLAVE CONSISTE EN ASEGURARTE DE QUE TU MENTE SE CONCENTRE EN LA SENDA POSITIVA DE TU VIDA, NO EN ALGUNA EXPECTATIVA TEMEROSA. POR ESO ES TAN IMPORTANTE LA SEGUNDA EXTENSIÓN. SI PERMANECEMOS EN UN ESTADO DE "ALERTA CONSCIENTE" A LA SIGUIENTE SINCRONICIDAD, NUESTRA MENTE CONTINÚA EN LO POSITIVO, LEJOS DE NUESTROS MIEDOS Y DUDAS. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Asentí pero no dije nada. Yin volvió a concentrarse en el camino.

—Tenemos que usar este poder ya mismo. Continúa lo más alerta que puedas —me dijo—. Con esta niebla, po­dríamos pasar por alto la camioneta con gran facilidad, y no queremos perder a los holandeses. ¿Estás seguro de que iban en esta dirección?

—Sí —respondí.

—Entonces, si pararon a pasar la noche, como hicimos nosotros, no pueden ir mucho más adelante.

Toda la mañana viajamos, siempre con rumbo noroeste. Por mucho que yo intentara mantenerlo elevado, no podía permanecer en el estado de expectativa consciente que des­cribía Yin. Algo andaba mal. Yin lo notó y no cesaba de mirarme.

Por fin se volvió y me preguntó:

—¿Estás seguro de que esperas el pleno proceso sin­crónico?

—Sí —respondí—. Creo que sí.

Arrugó levemente la frente y continuó mirándome. Yo sabía a qué apuntaba. Tanto en Perú como después, en los Apalaches, con la Décima Revelación, yo había experimentado que había un proceso en la sincronicidad. Cada uno de nosotros, en determinado momento, tiene una pregunta fundamental acerca de su existencia, algo que necesita averiguar según la situación de vida particular en que se halle. En nuestro caso, la pregunta era cómo encontrar la camioneta de los holandeses, y luego a Wil y el punto de acceso.

IDEALMENTE, UNA VEZ QUE RECONOCEMOS LA PREGUNTA CEN­TRAL DE NUESTRA VIDA, TENDREMOS UN PENSAMIENTO GUÍA, O UNA INTUICIÓN, ACERCA DE CÓMO RESPONDERLA. NOS ENCONTRAMOS CON UNA IMAGEN MENTAL QUE NOS SUGIERE IR A ALGUNA PARTE, EM­PRENDER ALGUNA ACCIÓN, DECIR ALGO A UN EXTRAÑO. SIEMPRE EN EL PLANO DE LO IDEAL, SI SEGUIMOS ESA INTUICIÓN OCURRIRÁ UNA COINCIDENCIA PARA DAMOS INFORMACIÓN REFERENTE A NUESTRA PREGUNTA. ESTA SINCRONICIDAD NOS CONDUCE MÁS ADELANTE EN NUESTRO CAMINO DE VIDA... Y, A SU VEZ, A UNA NUEVA PREGUNTA.

—¿Qué dicen las leyendas acerca de esto? —pregunté.

—DICEN —respondió Yin— QUE AL FINAL LOS HUMANOS APRENDEREMOS QUE NUESTRA ENERGÍA DE ORACIÓN PUEDE INFLUIR EN GRAN MEDIDA EN EL FLUJO DE NUESTRA VIDA. MEDIANTE EL USO DE LA FUERZA DE NUESTRA EXPECTATIVA PODEMOS PROVOCAR EL PROCESO DE SINCRONICIDAD EN FORMA MÁS FRECUENTE. PERO DEBEMOS PERMANECER ALERTA A TODO EL PROCESO, COMENZANDO POR LA SIGUIENTE INTUICIÓN. ¿Estás esperando consciente­mente una intuición?

—Todavía no he captado nada —respondí.

—¿Pero esperas una? —me urgió.

—No lo sé. En realidad no estaba pensando en intui­ciones.

Asintió.

—RECUERDA QUE ESTO ES UNA PARTE DE LA ACTITUD DE DISPO­NER TU CAMPO DE ORACIÓN PARA LA SINCRONICIDAD. DEBES PERMANECER ALERTA Y ESPERAR QUE SE PRODUZCA TODO EL PROCESO: LA PREGUNTA, OBTENER UNA INTUICIÓN Y SEGUIRLA, Y BUSCAR LAS COINCIDENCIAS. RECUÉRDATE ESPERARLO TODO, ESTAR ALERTA A TODO, Y SI LO HACES, TU ENERGÍA IRÁ DELANTE DE TI Y AYUDARÁ A ATRAER EL FLUJO.

Me dirigió una sonrisa, con la intención de levantarme el ánimo.

Asentí y respiré hondo varias veces; sentí que mi ener­gía comenzaba a retornar. El humor de Yin era contagioso. Mi estado de alerta se agudizó.

Le devolví la sonrisa. Por primera vez valoré quién era Yin. A veces era tan temeroso como yo, y a menudo se mos­traba demasiado brusco, pero tenía el corazón puesto en ese viaje y deseaba que todo saliera bien. Mientras pensaba en esto, caí en un ensueño en el que Yin y yo caminábamos a través de una región de dunas de arena y rocas, de noche, por un lugar cercano a un río. A la distancia había un res­plandor, una fogata a los que queríamos llegar. Yin iba adelante y yo me sentía contento de seguirlo.

Volví a mirarlo. Me miraba con fijeza.

Me di cuenta de lo que había sucedido.

—Creo que acabo de captar algo —dije—. Tuve un pensamiento en que los dos caminábamos hacia un cam­pamento. ¿Crees que signifique algo?

—Sólo tú lo sabes —repuso.

—Pero no lo sé. ¿Cómo se supone que lo sepa?

—Si tu pensamiento era una intuición guía, tendrá algo que ver con nuestra búsqueda de la camioneta. ¿Quién estaba en el campamento? ¿Cuál era la sensación?

—No sé quién estaba allí. Pero deseábamos inten­samente alcanzar el campamento. ¿Hay alguna región arenosa por aquí cerca?

De inmediato Yin apartó el jeep del camino y se detuvo. La niebla comenzaba a disiparse.

—Este paisaje es todo arena y piedras durante ciento cincuenta kilómetros más —dijo. Me encogí de hombros.

—¿Y un río? ¿Hay algún río cerca? Se le iluminaron los ojos.

—Sí, pasando la población siguiente. Paryang, a unos doscientos kilómetros más adelante. —Calló un momento, sonriente. —Debemos permanecer alerta —dijo al fin—. Ésa es nuestra única pista.

Anduvimos bastante rápido y llegamos a Paryang para el crepúsculo. Atravesamos directamente el pueblo y luego seguimos avanzando otros veinticinco kilómetros, donde Yin dobló a la derecha y tomó un camino de tierra. Estaba casi por completo oscuro, pero podíamos distinguir las si­luetas del río a poco menos de un kilómetro.

—Más adelante hay un puesto de control —me advirtió Yin—. Tendremos que rodearlo.

A medida que nos aproximábamos al río, el camino se angostaba y se tomaba muy trillado.

—¿Qué es eso? —preguntó Yin, al tiempo que detenía el jeep y retrocedía.

En un claro rocoso, a nuestra derecha, apenas visible, había un vehículo. Bajé el vidrio de la ventanilla para que pudiéramos verlo con más claridad.

—No es una camioneta —dijo Yin—, sino un auto azul. Me esforcé por ver.

—Espera un momento —le dije—. Es el vehículo que vi detenido en la barrera caminera cuando nos separamos.

Yin apagó las luces del jeep, y tuvimos la sensación de que nos tragaba la oscuridad.

—Vayamos un poco más adelante —dijo, e hizo avanzar nuestro vehículo varios metros más por el camino trillado.

—¡Mira! —exclamé, señalando. A nuestra izquierda estaba la camioneta, estacionada entre grandes piedras. No había nadie cerca.

Estaba a punto de bajar, cuando Yin echó de golpe el jeep hacia adelante y lo estacionó fuera de la vista, a varios cientos de metros al este.

—Será mejor que escondamos nuestro vehículo —me comentó, y cuando nos bajamos lo cerró.

Regresamos a la camioneta y echamos un vistazo alrededor.

—Las huellas van en esa dirección —dijo Yin, señalando hacia el sur—. Vamos.

Asentí y caminé tras él mientras nos abríamos paso entre las grandes piedras y la arena. La Luna menguante iluminaba nuestro paso. Al cabo de diez minutos, Yin se detuvo, me miró y olfateó el aire. Yo también lo percibía: el humo de una fogata.

Caminamos otros cincuenta metros en la oscuridad, hasta que pudimos ver el campamento. Había un hombre y una mujer acurrucados junto a las llamas: la pareja ho­landesa que yo había visto en la camioneta. El río corría poco más allá.

—¿Qué hacemos? —susurré.

—Tendremos que anunciarnos —respondió Yin—. Mejor hazlo tú, así se asustan menos.

—No sabemos quiénes son —protesté, resistiéndome.

—Ve y diles que estamos aquí.

Me paré y los miré con más claridad. Vestían ropa de fajina y camisas de algodón gruesas. Parecían meros turistas de excursión por el Tíbet.

—Hola —dije en voz alta—. Nos alegramos de verlos.

Yin me miró de reojo.

Las dos personas se pusieron de pie de un salto y miraron con atención mientras yo emergía de la oscuridad. Con una amplia sonrisa, agregué:

—Necesitamos su ayuda.

Yin me siguió, hizo una leve reverencia y dijo:

—Lamentamos molestarlos, pero estamos buscando a nuestro amigo Wilson James. Esperábamos que ustedes pudieran ayudarnos.

Estaban los dos como en estado de shock; no podían creer que hubiéramos entrado de esa manera en su campa­mento. Sin embargo, con lentitud, la mujer pareció darse cuenta de que éramos inofensivos y nos ofreció un lugar para sentarnos junto al fuego.

—No conocemos a Wiison James —nos dijo—, pero sí lo conoce el hombre con el que hemos venido a encon­trarnos aquí esta noche. Ya he oído mencionar su nombre.

Su compañero asintió, con aspecto muy nervioso.

—Espero que Jacob pueda encontrarnos. Ya lleva horas de atraso.

Estaba por decirles que habíamos visto otro vehículo estacionado no muy lejos, cuando la expresión del hom­bre cambió. Parecía petrificado. Sus ojos estaban fijos en algo situado a mis espaldas. Me di vuelta de golpe. Atrás, en la dirección de los vehículos, el terreno había cobrado vida, con vehículos y faros y docenas de voces que ha­blaban en chino, todos los cuales se movían en dirección a nosotros.

El hombre se puso de pie de un salto y comenzó a apagar el fuego. Tomó varios bultos y salió corriendo del campamento con la mujer.

—Vamos —dijo Yin, tratando de alcanzarlos. En unos minutos habían desaparecido por completo en la oscu­ridad. Por fin Yin se dio por vencido. Detrás de nosotros, las luces se acercaban. Nos agazapamos junto al río.

—Creo que puedo llegar a nuestro jeep —dijo Yin—. Si tenemos suerte, aún no lo habrán encontrado. Tú ve al norte, corriente arriba, más o menos un kilómetro y me­dio, y trata de alcanzar a los holandeses. Allí encontrarás otro camino que baja hasta la orilla del río. Presta atención para oírme llegar; pasaré a buscarte.

—¿Por qué no puedo ir contigo? —quise saber.

—Porque es demasiado peligroso. Un hombre solo podría huir, pero a dos nos verían.

Accedí de mala gana. Comencé a abrirme paso entre las piedras y los montículos de grava a la luz de la Luna, valiéndome de mi linterna sólo cuando resultaba absoluta­mente necesario. Sabía que el plan de Yin era una locura, pero parecía nuestra única probabilidad. Me pregunté de qué nos habríamos enterado si hubiéramos hablado más tiempo con la pareja holandesa o hubiéramos conocido al otro hombre. Al cabo de diez minutos me detuve a des­cansar. Tenía frío y me sentía agotado.

Oí un crujido más adelante. Agucé el oído. Sin duda, había alguien caminando. Debía de ser la pareja holandesa, pensé. Despacio avancé hasta alcanzar el sonido. A unos seis metros de distancia distinguí la silueta de una sola persona, un hombre. Sabía que debía decirle algo, o correría el riesgo de perderlo.

—¿Eres holandés? —balbuceé.

Se quedó inmóvil y no respondió, de modo que repetí la pregunta. Sonaba tonta, pero calculé que quizás obtuviera algún tipo de reacción.

—¿Quién eres? —fue la respuesta.

—Soy estadounidense —dije, dándome cuenta de que ése debía de ser el hombre con el que esperaba encontrarse la pareja de holandeses—. He visto a tus amigos.

Se volvió y me miró mientras yo luchaba entre las rocas por alcanzarlo. Era joven, de alrededor de veinti­cinco años, y se lo veía aterrado.

—¿Dónde viste a mis amigos? —preguntó con voz temblorosa.

Cuando enfocó los ojos en mí, sentí cuánto miedo tenía. Una oleada de miedo me recorrió el cuerpo. Me esforcé por mantener alta mi energía.

—Corriente abajo —respondí—. Nos dijeron que te esperaban.

—¿Estaban los chinos allá? —preguntó.

—Sí, pero creo que tus amigos escaparon. Se mostró aún más aterrorizado.

—Nos dijeron —me apresuré a agregar— que tú cono­ces a un hombre al que estoy buscando. Wilson James. Iba retrocediendo.

—Tengo que salir de aquí —dijo, e hizo ademán de marcharse.

—Ya te he visto antes —le dije—. Estabas detenido en un puesto de control en Zhongba.

—Sí —respondió—. ¿Tú también estabas ahí?

—Sí, detrás de ti, en el tránsito. Te estaba interrogando un oficial chino.

—Es cierto —repuso mientras miraba para todos lados, nervioso.

—¿Qué sabes de Wil? —le pregunté, esforzándome por mantener la calma—. Wilson James. ¿Lo conoces? ¿Te dijo algo acerca de un punto de acceso?

El joven no contestó. Tenía los ojos vidriosos de mie­do. Se limitó a volverse y correr entre las rocas corriente arriba. Lo perseguí durante un rato, pero desapareció con rapidez en la oscuridad. Al fin me detuve y miré atrás, hacia donde se hallaban estacionados la camioneta y nuestro jeep. Todavía alcanzaba a ver luces y a oír voces apagadas.

Me volví y me dirigí de nuevo al norte, dándome plena cuenta de que había estropeado mi oportunidad. No había extraído información alguna del muchacho. Traté de restar importancia a mi fracaso; más importante era encontrar a Yin y tratar de escapar yo mismo. Al final encontré el camino viejo, y minutos después oí el ruido débil de un jeep.

 

 

 
 
 
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