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El Pasaje

CAPÍTULO 6

LA UNDÉCIMA REVELACIÓN

El secreto de Shambhala

James Redfield

 

EL PASAJE

Viajamos rumbo al norte durante cuarenta minutos, hasta Yin tomó por un trillado camino para camiones en dirección a una alta cadena montañosa que se elevaba unos treinta o cuarenta kilómetros. Continuaba nevando con intensidad. Débilmente al principio y luego cada vez más fuerte, se tornó perceptible un zumbido bajo por encima del ruido del motor y el viento.

Yin y yo nos miramos mientras los sonidos se volvían reconocibles al fin.

—¡Helicópteros!— Gritó Yin, al tiempo que desviaba el jeep del sendero y atravesaba una abertura en las rocas.

El vehículo rebotaba salvajemente. —Lo sabía. No sé cómo hacen para volar con este clima.

Lo miré mientras el jeep seguía avanzando a los tumbos.

—¿Qué quieres decir con que lo sabías?

Mientras en lo alto se intensificaban los ruidos, me pareció oír dos helicópteros. Uno volaba directamente por encima de nosotros.

—Es culpa mía— gritó Yin por sobre el ruido—. ¡Debes bajar! ¡Ya!

¡¿Qué!? – chillé-. ¿Estás loco? ¿Adónde iré?

Me gritó en la oreja:

—No olvides permanecer alerta. ¿Me oyes? ¡Sigue rum­bo al noroeste, hacia Dormar! ¡Debes llegar a los montes Kunlún!

Con un diestro movimiento abrió mi puerta y me empujó.

Aterricé de pie pero tropecé varias veces en un banco de nieve. Me incorporé y me empeñé en divisar el jeep, que ya iba alejándose; además, la tormenta de nieve me oscurecía la visión. Me inundó una oleada de puro pánico.

En ese momento me llamó la atención un movimiento a mi derecha. A través de la nieve alcancé a ver, a unos tres metros de distancia, la figura de un hombre alto, vestido con pantalones negros de cuero de yak y chaleco y gorro de piel de oveja. Estaba de pie, inmóvil, pero tenía la cara cubierta en parte por una bufanda de lana. Reconocí esos ojos. ¿De dónde? Al cabo de unos segundos más alzó la vista hacia el helicóptero, que hizo otra pasada y se alejó.

Sin advertencia, hicieron erupción tres o cuatro terro­ríficas explosiones en la dirección en la que se había ido el jeep; hicieron volar rocas y nieve que me cayeron encima y llenaron el aire de un humo sofocante. Me puse en pie y me alejé tambaleante mientras varias explosiones más, de menor intensidad, resonaban todo alrededor. El viento estaba impregnado de algún tipo de gas pernicioso. Co­menzó a darme vueltas la cabeza.

Oí la música antes de recuperar por completo la con­ciencia. Era de un compositor chino clásico al que ya había oído con anterioridad. Me desperté con un sacudón y me di cuenta de que me encontraba en un dormitorio de elabo­rado estilo chino. Me senté en la cama ornada y retiré las sábanas de seda. Estaba vestido sólo con una bata de hos­pital, y me habían bañado. La habitación medía por lo menos seis metros por seis, y cada pared, cubierta de pane­les de madera, mostraba un mural diferente. Una mujer china me espiaba por la puerta entreabierta.

La puerta se abrió y entró un erecto oficial militar chino, vestido de uniforme. Me recorrió un escalofrío. Era el mismo oficial al que había visto ya varias veces. El corazón me latía con fuerza. Traté de extender mi energía, pero ver al oficial me desanimó por completo.

—Buen día —me saludó el hombre—. ¿Cómo se siente?

—Considerando que me arrojaron gas —respondí—, bastante bien. Sonrió.

—No tiene un efecto duradero, se lo aseguro.

—¿Dónde estoy?

—En Ali. Lo han visto los médicos y se encuentra bien. Pero debo hacerle unas preguntas. ¿Por qué viajaba con el señor Doloe, y adónde iban?

—Queríamos visitar algunos de los antiguos monasterios.

—¿Por qué?

Decidí no decirle nada más,

—Porque soy turista. Tengo visa. ¿Por qué me ataca­ron? ¿La embajada estadounidense sabe que me han retenido?

Sonrió y me miró con expresión ominosa a los ojos.

—Soy el coronel Chang, y su situación es la siguiente:

Nadie sabe que se encuentra aquí, y si ha violado alguna ley nadie podrá ayudarlo. El señor Doloe es un delincuente, miembro de una organización religiosa ilegal que está perpetrando un fraude en el Tíbet.

Al parecer, se estaban cumpliendo mis peores miedos.

—No sé nada de eso —afirmé—. Quisiera llamar a alguien.

—¿Por qué el señor Doloe y los demás están buscan­do... este Shambhala?

—No sé de qué me habla. Se me acercó un paso más.

—¿Quién es Wilson James?

—Un amigo mío —respondí.

—¿Está en el Tíbet?

—Así creo, pero no lo he visto.

Chang me miró con un dejo de desagrado; sin agregar nada más, se volvió y se marchó.

"Esto es malo —pensé—. Muy malo." Estaba a punto de levantarme de la cama, cuando regresó la enfermera con media docena de soldados, uno de los cuales empujaba un enorme aparato de hierro, con unas patas altas y separadas, en apariencia para poder deslizarlo encima de alguien acostado en una cama.

Sin darme tiempo a protestar, los soldados me suje­taron y colocaron la máquina encima de mi cuerpo. La enfermera lo encendió, con lo cual se produjo un leve zumbido y una luz intensa apuntada directamente a mi cara. Incluso con los ojos cerrados podía ver cómo se movía la luz de derecha a izquierda por sobre mi cabeza, como el escáner de una fotocopiadora.

En cuanto la máquina se detuvo, los soldados se la lle­varon y se marcharon de la habitación. La enfermera se quedó un momento, revisándome.

—¿Qué era eso? —balbuceé.

—Sólo un encefalógrafo —respondió en cuidadoso in­glés mientras se dirigía a un armario y retiraba mi ropa, que estaba lavada y doblada con prolijidad.

—¿Para qué lo hicieron? —insistí.

—Para controlar todo, para asegurarse de que usted está bien.

En ese momento volvió a abrirse la puerta y regresó el coronel Chang. Entró, tomó una silla situada junto a la pared y se sentó cerca de mi lecho.

—Tal vez debiera decirle a qué nos enfrentamos aquí

—dijo mientras se sentaba en la silla. Se lo veía cansado. Asentí.

—En el Tíbet hay muchas sectas religiosas, y muchas procuran dar la impresión en todo el mundo de que son un pueblo religioso oprimido por los chinos. Y admito que nuestras primeras políticas, en la década de 1950 y durante la revolución cultural, fueron duras. Pero en los años re­cientes estas políticas han cambiado. Tratamos de ser tan tolerantes como podemos, dado que la política oficial del gobierno chino es el ateísmo.

"Estas sectas deben recordar que también el Tíbet ha cambiado. Ahora viven aquí numerosos chinos, algunos de los cuales han vivido siempre en esta región, y muchos de ellos no son budistas. Todos debemos convivir. Es imposible que el Tíbet pueda retornar alguna vez al domi­nio lamaísta.

Hizo una pausa y me miró.

—¿Entiende lo que le digo? El mundo ha cambiado. Aunque quisiéramos dar al Tíbet su libertad, no sería justo para con los chinos.

Esperó que yo contestara algo, y pensé en enfren­tármele al respecto de la política del gobierno chino de importar ciudadanos chinos al Tíbet con el fin de diluir la cultura tibetana.

En cambio, le dije:

—Creo que sólo quieren ser libres para practicar su religión sin interferencias.

—Lo hemos permitido en parte, pero cambian cons­tantemente lo que hacen. En cuanto creemos saber quién está a cargo, la situación cambia. Creo que vamos llegando a una buena relación con algunos sectores de la jerarquía budista oficial, pero es preciso considerar que hay expatriados tibetanos en la India, y este otro grupo del que forma parte el señor Doloe, que sigue algún conocimiento oral críptico y provoca todas estas habladurías sobre Shambhala. Eso distrae al pueblo. En el Tíbet hay mucho trabajo importante que hacer. La gente es muy pobre. Hay que elevar la calidad de vida.

Me miró y esbozó una sonrisa semejante a una mueca.

—¿Por qué esta leyenda de Shambhala se toma tan en serio? Parece casi infantil, una idea de niños.

—Los tibetanos creen que existe otra realidad, más espiritual, más allá del mundo físico que podemos ver, y que Shambhala, aunque se encuentra aquí, en la Tierra, radica en ese reino espiritual.

No podía creer que estaba arriesgándome a debatir con él.

—¿Pero cómo pueden pensar que ese lugar existe? —continuó Chang—, Hemos registrado cada centímetro del Tíbet desde el aire y desde satélites, y no hemos visto nada.

Guardé silencio.

—¿Usted sabe dónde se supone que esté ese lugar?

me presionó—. ¿Es por eso que se encuentra aquí?

—Me encantaría saber dónde está —respondí—, o por lo menos qué es, pero lamentablemente lo ignoro. Tam­poco deseo tener problemas con las autoridades chinas.

Me escuchaba con atención, así que continué:

—De hecho, todo esto me asusta muchísimo, y en rea­lidad preferiría irme.

—Ah, no. Queremos que usted comparta lo que sabe

—me dijo—. Si ese lugar existe, si es una cultura oculta, queremos conocer esa información. Comparta su conoci­miento y permítanos ayudarlo. Tal vez se pueda hacer una concesión.

Lo miré un momento y repliqué:

—Me gustaría contactarme con la embajada estado­unidense, si no hay problema.

Trató de disimular su impaciencia, pero la vi con claridad en sus ojos. Me miró fijo un instante más; luego fue hasta la puerta y se volvió.

—No será necesario —contestó—. Está libre de irse.

Minutos después yo iba caminando por las calles de Ali, cerrándome la parka. No nevaba pero hacía mucho frío. Un rato antes me habían obligado a vestirme frente a la enfermera y luego me habían escoltado hasta fuera de la casa. Mientras continuaba caminando, revisé el contenido de mis bolsillos. Me sorprendió comprobar que estaba todo: un cortaplumas, mi billetera, una bolsita de almen­dras.

Me sentía aturdido y fatigado. ¿Era por la ansiedad? ¿Por los efectos del gas? ¿Por la altitud? Traté de animarme.

Ali era una población en que se veían muchos chinos y tibetanos caminando por las calles, y vehículos por todas partes. Sus edificios y negocios modernos resultaban algo desconcertantes, dados los caminos malos y las terribles condiciones en que acabábamos de viajar para llegar allí. Al echar un vistazo alrededor no vi a nadie que me diera la impresión de hablar inglés, y al cabo de varias cuadras comencé a sentirme aún más aturdido. Tuve que sentarme junto al camino, en un viejo bloque de cemento. El temor creciente se convirtió casi en pánico. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Qué le había pasado a Yin? ¿Por qué el coronel chino me había dejado ir así? No tenía sentido.

Con esos pensamientos, apareció en mi mente una imagen plena de Yin, y sentí un recordatorio. Estaba permi­tiendo que se derrumbara mi energía. El miedo me abrumaba, y había olvidado hacer algo para evitarlo. Res­piré hondo e intenté elevar mi energía.

Unos minutos después empecé a sentirme mejor. Mis ojos se posaron en un edificio grande, situado a varias cua­dras de distancia. En un costado tenía un cartel en chino que no pude leer, pero a medida que me concentraba en la forma de la construcción tuve la clara impresión de que era una casa de huéspedes o un hotel pequeño. Sentí alegría. Allí habría un teléfono, quizás, o incluso algunos turistas a los que pudiera unirme.

Me puse de pie y caminé en esa dirección, con cuidado de mantenerme vigilante de las calles que me rodeaban. En pocos minutos me encontré a varias puertas de la casa de huéspedes Shing Shui, pero me sentía vacilante y miré alrededor con cautela. En apariencia, no me seguía nadie. Cuando me hallaba casi en la puerta, oí un ruido. Algo había aterrizado en la nieve. Miré a mi alrededor. Estaba parado en la calle directamente frente a un callejón es­trecho, solo salvo varios viejos que caminaban hacia el otro lado, a unos seis metros. Oí el ruido otra vez. Había sonado cerca. Cuando bajé la vista a mis pies vi una pequeña piedra que salía volando del callejón y caía con un ruido seco en la nieve.

Di un paso hacia la entrada y traté de mirar por la som­bría abertura. Avancé varios pasos más, intentando adaptar la vista.

—Soy yo —dijo una voz.

Supe de inmediato que era Yin. Corrí al callejón y lo encontré apoyado contra una pared de ladrillos.

—¿Cómo supiste dónde estaba? —le pregunté.

—No lo sabía —fue su respuesta—. Sólo adiviné. —Se deslizó por la pared y se sentó en el suelo; noté que tenía la parka quemada en la parte posterior. Cuando movió el brazo le vi un manchón de sangre en el hombro.

—¡Estás herido! —exclamé—. ¿Qué pasa?

—No es gran cosa. Arrojaron una especie de bomba y me golpeé contra las rocas cuando fui expelido del jeep. Logré alejarme a la rastra antes de que aterrizaran. Los vi llevarte y cargarte en un camión que venía hacia aquí. Me figuré que, si escapabas, te dirigirías a la casa de huéspedes más grande. ¿Qué sucedió?

Le conté de mi despertar en la casa china, el interro­gatorio del coronel Chang y mi posterior liberación.

—¿Por qué me empujaste fuera del jeep? —pregunté.

—Ya te lo dije antes —respondió Yin—. No puedo controlar mis expectativas temerosas. Mi odio por los chinos es demasiado grande. Ellos pueden seguirme. —Hizo una pausa. —¿Por qué te liberaron?

—No lo sé —contesté.

Yin se movió un poco e hizo una mueca de dolor.

—Probablemente porque Chang intuye que puede se­guirte también a ti.

Yo sacudí la cabeza. ¿Aquello podía ser real?

—Él no debe de saber cómo funciona todo esto, por supuesto —continuó Yin—, pero cuando esperas que ven­gan soldados, en realidad tu expectativa envía al ego de Chang el pensamiento de venir hacia donde estás. Es probable que crea que se debe a algún poder que él posee.

   

Me miró con dureza.

—Debes aprender de mi problema. DEBES DOMINAR TUS PENSAMIENTOS.

Yin me miró un momento más; luego, agarrándose el brazo, me condujo callejón abajo, a través de una brecha angosta entre dos edificios, hacia una construcción de aspecto abandonado.

—Necesitas que te vea un médico —observé.

—¡No! —exclamó Yin—. Escúchame. Me pondré bien. Aquí hay personas que me ayudarán. Pero no puedo ir contigo a las ruinas del antiguo monasterio; tendrás que ir solo.

Me volví; me embargaba el miedo.

—No creo poder hacerlo. Yin se mostró alarmado.

—Debes controlar tu miedo, retomar al desprendi­miento. Se te necesita para que ayudes a encontrar Shambhala. Debes continuar.

Me quedé mirándolo, y él se esforzó por sentarse, haciendo muecas de dolor mientras se acercaba más a mí.

—¿No entiendes cuánto ha sufrido el pueblo tibetano? Sin embargo, han esperado el día en que Shambhala se dé a conocer al mundo. —Me miró a los ojos. —Piensa en cuánta gente nos ha ayudado a llegar hasta aquí. Muchos lo han arriesgado todo. A algunos tal vez los hayan encar­celado, o incluso los hayan matado a tiros.

Alcé una mano y se la mostré; temblaba en forma perceptible.

—Mírame. Apenas puedo moverme. Los ojos de Yin me horadaron.

—¿No crees que tu padre se sentía aterrado cuando bajó de la lancha de desembarco y corrió por las playas de Francia en la Segunda Guerra Mundial? ¿Lo mismo que todos los demás? ¡Pero lo hizo! ¿Qué habría sucedido si no lo hubiera hecho? ¿Si ninguno de los demás lo hubiera hecho? Podrían haber perdido esa guerra. Se podría haber perdido la libertad de todos.

"Los tibetanos hemos perdido nuestra libertad, pero lo que está ocurriendo ahora no tiene que ver sólo con el Tíbet. Tiene que ver con cosas más importantes que tú o yo. Tiene que ver con lo que debe suceder para que sean honrados todos los sacrificios de muchas generaciones. Comprender Shambhala, APRENDER A USAR LOS CAMPOS DE ORACIÓN EN ESTE MOMENTO DE LA HISTORIA, ES EL SIGUIENTE PASO DE LA EVOLUCIÓN DE LA HUMANIDAD. ES LA GRAN TAREA DE TODA NUESTRA GENERACIÓN. Si fracasas, decepcionaremos a todos los que vivieron antes que nosotros.

Yin hizo una mueca de dolor y desvió la mirada. Vi que se formaban lágrimas en sus ojos.

—Yo iría si pudiera —agregó—. Pero ahora creo que tú eres nuestra única oportunidad.

Oímos el ruido de unos camiones grandes y observa­mos con atención mientras pasaban dos vehículos de transporte de tropas.

—No sé adónde ir —protesté.

—El antiguo monasterio no queda tan lejos —respon­dió Yin—. Es posible llegar en un día de viaje. Puedo conseguir a alguien que te lleve.

—¿Y qué se supone que haga allá? Antes dijiste que sería puesto a prueba. ¿A qué te referías?

—Para atravesar el punto de acceso tendrás que per­mitir plenamente que la energía divina fluya a través de ti y disponer tu campo de la manera como has aprendido. Saber que este campo sale de ti y ejerce un efecto en lo que sucede. Lo más importante: debes controlar tus imágenes de miedo y mantener el desapego. Todavía temes ciertos resultados. No quieres perder la vida.

—¡Por supuesto que no quiero perder la vida! —repli­qué, casi gritando—. Tengo muchas razones por las que vivir.

—Sí, lo sé —repuso con amabilidad—. Pero ésos son pensamientos muy peligrosos. Tienes que abandonar todo pensamiento de fracaso. Yo no puedo hacerlo, pero creo que tú sí. Tienes que estar seguro con toda tu fe de que vas a ser salvado, de que vas a tener éxito.

Hizo una pausa para ver si yo entendía.

—¿Algo más? —pregunté.

—Sí —respondió—. Si todo lo demás falla, continúa afirmando que Shambhala está, ayudándote. Busca a los... Calló y sólo me miró, pero supe a qué aludía.

A la mañana siguiente me encontraba en la cabina de un viejo camión de cuatro ruedas, apretujado entre un pastor y su hijo de cuatro años. Yin había sabido con exac­titud qué hacer. Pese a su dolor, nos habíamos escabullido a lo largo de varias cuadras hasta una antigua casa de ladrillos de adobe, donde nos dieron una comida caliente y un lugar donde pasar la noche. Él se quedó despierto hasta tarde, hablando con varios hombres. Supuse que eran mineros del grupo secreto de Yin, pero no hice preguntas.

Nos levantamos temprano; minutos después apareció el camión rural y subí a bordo.

Ahora íbamos viajando por un camino de tierra cubierto de nieve, subiendo aún más por las montañas. Mientras el camión avanzaba a los tumbos, tomamos por una curva y llegamos a un punto panorámico desde donde alcanzábamos a contemplar todo el lugar donde Yin y yo nos habíamos despedido. Le pedí al conductor que redujera la velocidad, para poder ver.

Para mi horror, abajo toda la zona estaba llena de vehículos militares y soldados.

—Espere un momento —le dije al conductor—. Yin podría necesitar ayuda. Tenemos que detenernos. El viejo negó con la cabeza.

—¡Debemos ir! ¡Debemos ir! —me contestó. Él y su hijo hablaban alborotados en tibetano, mirándome de vez en cuando, como si supieran algo que yo ignoraba. El viejo aceleró el camión; atravesamos un paso y comenzamos a bajar entre las montañas.

Una punzada de miedo me estalló en el estómago. No sabía qué hacer. ¿Y si Yin había escapado y me necesitaba? Por otro lado, me parecía saber lo que él habría querido. Habría insistido en que yo continuara viaje. Traté de man­tener elevada mi energía, pero una parte de mí se pregun­taba si toda la conversación acerca de los puntos de acceso y Shambhala no resultaría ser sólo un mito. Y aunque fuera cierto, ¿por qué se me iba permitir entrar a mí y no a otro, como Jampa o el lama Rigden? Nada tenía sentido.

Ahuyenté estos pensamientos y traté de mantener alta mi energía, mientras contemplaba los picos cubiertos de nieve. Observé con atención mientras cruzábamos varios pueblos chicos, incluido Dormar. Al fin, después de almor­zar una sopa fría y unos tomates secos, me dormí por un largo rato. Cuando desperté eran las últimas horas de la tarde y de nuevo caían grandes copos de nieve, que pronto cubrieron el camino con un manto fresco de blancura. Mientras continuábamos viajando, el terreno se tornaba cada vez más montañoso y noté que el aire se volvía más denso. A la distancia se alzaba una nueva estribación de altas montañas.

Debían de ser los montes Kunlún, pensé, los que había mencionado Yin. Una parte de mí continuaba sin creer que todo aquello estuviera sucediendo. Pero otra parte sabía que así era, y que ahora me encontraba solo, enfrentado a la monolítica presencia china, con todos sus soldados y su escepticismo ateo.

Oí a nuestras espaldas el zumbido de un helicóptero. Comenzó a latirme con fuerza el corazón, pero me mantu­ve alerta.

El pastor, en apariencia indiferente a la amenaza, con­tinuó andando treinta minutos más; luego sonrió y señaló adelante. A través de la nevada alcancé a distinguir la silueta más oscura de una gran estructura de piedra que se levantaba en uno de los primeros cerros. Varios muros del lado izquierdo estaban derrumbados. Detrás del monasterio se elevaban enormes agujas de piedra, cu­biertas de nieve. El monasterio tenía tres o cuatro pisos de alto, aunque el tejado se había echado a perder hacía mucho; miré con atención durante un momento, en busca de señales de gente o movimiento. No vi nada. Parecía hallarse por completo abandonado desde largo tiempo atrás.

En la base de la montaña, a unos ciento cincuenta metros más abajo del monasterio, el camión se detuvo y el hombre señaló la estructura en ruinas. Vacilé, mientras contemplaba la nieve que seguía cayendo. El pastor volvió a señalar, urgiéndome con su expresión excitada.

De la parte posterior del camión tomé la mochila que me había preparado Yin y bajé. Empecé a subir por la cuesta. Aunque la temperatura era cada vez más fría, cal­culé que, con la carpa y la bolsa de dormir, no iba a morir congelado. Pero, ¿y los soldados? Contemplé el camión hasta que se perdió de vista; agucé el oído pero no oí nada más que el viento.

Eché un vistazo general y encontré un camino rocoso cerro arriba; empecé a trepar. Al cabo de unos sesenta metros me detuve y miré hacia el sur. Desde allí no alcancé a ver nada más que montañas blancas por kilómetros.

Al ir acercándome al monasterio pude ver que en reali­dad no se alzaba sobre un cerro sino sobre un gran precipicio que se extendía a partir de la montaña posterior a la construcción. El sendero llevaba directamente a la abertura que otrora había sido una gran puerta; entré con cautela. Enormes piedras de diversos matices yacían des­parramadas por el piso de tierra; me encontré frente a un largo vestíbulo que corría a lo largo de toda la estructura.

Avancé por allí, pasando ante varias habitaciones que se abrían a ambos lados. Por fin llegué a una habitación más grande, que tenía un umbral que daba a la parte poste­rior del monasterio. De hecho, la mitad de la pared posterior se había derrumbado, y más piedras, algunas grandes como mesas, yacían en el suelo en la parte de afuera.

Por el rabillo del ojo vi un movimiento cerca del muro derrumbado. Quedé inmóvil. ¿Qué era eso? Con cuidado fui hasta la abertura y miré para todos lados. Había sido a unos treinta metros desde la puerta hasta la cara de roca desnuda de la montaña. En apariencia, allí no había nadie.

Mientras continuaba mirando, divisé otro movimiento vago, también por el rabillo del ojo. Esta vez era más lejos, cerca de la base de la montaña. Me recorrió un escalofrío. ¿Qué estaba sucediendo? Pensé en tomar mi mochila y bajar corriendo la ladera, pero decidí no hacerlo. Sin duda estaba asustadísimo, pero mi energía permanecía fuerte.

Enfoqué la vista lo mejor que pude a través de la nevada y me dirigí a los riscos donde me había parecido ver el movimiento. Cuando llegué, no encontré nada. Los muros del risco se entrelazaban con grietas verticales, incluida una muy grande que al principio me dio la im­presión de ser una cueva estrecha. Al examinarla de cerca, comprobé que tenía muy poca profundidad como para que alguien se escondiera allí, y que estaba llena de nieve. Observé los alrededores en busca de huellas, y aunque la nieve alcanzaba veinticinco o treinta centímetros de pro­fundidad, no encontré más que las mías.

Ahora nevaba con mucha más fuerza, así que regresé al monasterio y encontré un rincón de la habitación que todavía conservaba un saliente de piedra que me prote­gería de la nieve y el viento. Me atacó una punzada de hambre, así que mastiqué unas zanahorias mientras sacaba el pequeño calentador de gas y cocía una sopa de verduras deshidratada y congelada que Yin me había puesto en la mochila.

Mientras mi comida hervía a fuego lento, pensé en lo que estaba sucediendo. Quedaba una hora para que oscu­reciera, y yo no tenía idea de por qué me encontraba ahí arriba. Revisé la mochila y no encontré ningún tipo de linterna. ¿Por qué Yin no había empacado una? El gas del calentador no duraría toda la noche; tenía que encontrar algo de madera o estiércol de yak para hacer fuego.

Mi mente ya me engañaba, pensé. ¿Qué podía pasar si debía pasar toda la noche allí arriba en total oscuridad? ¿Y si esos viejos muros comenzaban a caer a causa del viento?

En cuanto pensé eso oí un ruido de algo que se desmo­ronaba en el otro extremo del monasterio. Salí al vestíbulo y, justo mientras miraba, vi que una piedra enorme se estrellaba contra el suelo.

—¡Santo Dios! —exclamé en voz alta—. ¡Tengo que salir de aquí!

Apagué el calentador, tomé las demás cosas y salí co­rriendo hacia la nevada. Enseguida me di cuenta de que debía buscar refugio, de modo que corrí de vuelta a los riscos, en la esperanza de haber pasado por alto alguna hen­dedura o saliente lo bastante grande como para acampar.

Cuando llegué a los riscos busqué en vano una aber­tura. Ninguna de las grietas tenía suficiente profundidad. El viento aullaba. En un momento cayó de una roca un enorme terrón de nieve que aterrizó a mis pies. Alcé la vista a las toneladas de nieve acumulada que cubría los costados de la montaña que se cernía ante mí. ¿Y si se pro­ducía una avalancha? En mi imaginación vi la nieve que caía rodando por la montaña.

De nuevo, en cuanto tuve ese pensamiento, oí un re­tumbo en lo alto, a la derecha. Tomé mi equipo y corrí de regreso al monasterio justo cuando un rugido estrepitoso llenaba el aire y caía rodando la nieve por la ladera de la montaña a unos quince metros de mí. Corrí lo más rápido que pude y me desplomé a medio camino del monasterio, aterrorizado. ¿Por qué estaba sucediendo todo aquello?

Con este pensamiento me acudió a la mente un recuer­do de Yin, que me decía: "EN ESTOS NIVELES DE ENERGÍA, EL EFECTO DE TUS EXPECTATIVAS ES INMEDIATO. SERÁS PUESTO A PRUEBA".

Me incorporé. ¡Por supuesto! Ésa era la prueba. Yo no estaba controlando mis imágenes de miedo. Corrí al anti­guo monasterio y entré. La temperatura descendía con rapidez; debía arriesgarme a permanecer adentro. Dejé mi equipo en el suelo y dediqué varios minutos a imaginar que las piedras permanecían en su lugar.

Me recorrió un escalofrío. "Ahora —pensé— tengo que hacer algo para mitigar el frío." Me imaginé sentado junto a un fuego cálido. Combustible. Tenía que encontrar combustible.

Salí a explorar el resto del monasterio. Sólo había llegado al vestíbulo cuando me detuve en seco sobre mis pasos. Olía a humo, humo a madera que ardía. ¿Y ahora qué?

Con lentitud avancé por el pasillo, mirando en cada habitación por la que pasaba, sin encontrar nada. Cuando quedaba una sola habitación, espié por el marco de la puerta. En un rincón había una fogata encendida y una pila de madera.

Entré y eché un vistazo. No había nadie. Ese cuarto tenía otra puerta que llevaba afuera, y más de un tejado en lo alto. Ahí hacía muchos menos frío. ¿Pero quién había encendido el fuego? Fui hasta la abertura exterior y miré por entre la nieve. No había huellas. Estaba por dar la vuelta, en dirección a la puerta, cuando a la media luz vi una figura alta, parada al borde del umbral. Traté de enfo­carla directamente, pero sólo la distinguía con mi visión periférica. Me di cuenta de que era el mismo hombre al que había visto en la nieve cuando Yin me empujó del jeep. Otra vez traté de enfocarlo directamente, pero se esfumó. Se me erizaron los pelos de la nuca y me recorrió un escalofrío. No podía creer lo que estaba sucediendo.

Con cautela atravesé el umbral y escruté el pasillo en ambas direcciones, sin ver nada. Pensé de nuevo en huir del monasterio y bajar por la montaña, pero sabía que la tem­peratura seguía descendiendo con rapidez y que sí me marchaba era muy probable que muriera congelado. Mi única opción consistía en tomar mis cosas y quedarme jun­to a ese fuego. Así que fui a buscar mi equipo y regresé, atisbando nervioso cada rincón.

Cuando me senté, una ráfaga de viento agitó el fuego e hizo volar cenizas por todas partes; me quedé contemplan­do las llamas un momento mientras volvían a avivarse.

Había imaginado un fuego, y éste se había manifestado. Pero era demasiado creer que mi Campo de Oración podía ser tan fuerte. Había una sola explicación: me estaban ayudando. La figura que vi era un dakini.

Por fantasmal que resultara, esta conclusión me tran­quilizó la mente, así que arrojé más madera al fuego y terminé la sopa. Luego desempaqué la bolsa de dormir. Al cabo de unos minutos me acosté y caí en un profundo sueño.

Cuando desperté, miré alrededor como enloquecido. El fuego se había apagado y afuera emergían las primeras luces del alba. La nieve caía con tanta fuerza como la noche anterior. Algo me había despertado. ¿Qué?

Oí el zumbido monótono de los helicópteros, que se tornaba cada vez más fuerte; venían hacia mí. Me puse de pie de un salto y recogí mis cosas. En unos segundos los helicópteros volaban directamente por sobre mi cabeza, intensificando el remolineo del viento.

Sin advertencia, medio monasterio comenzó a desmo­ronarse y caer hacia adentro, lo cual creaba una tormenta de polvo enceguecedor. Avancé a tientas hasta salir por la abertura posterior y corrí afuera, abandonando mi equipo. La tormenta, que todavía hacía volar la nieve en forma horizontal, sólo me permitía ver unos pocos metros más adelante, pero sabía que, si continuaba corriendo en esa dirección, pronto llegaría a la cara de la montaña que había visto el día anterior.

Con gran esfuerzo continué hasta que pude distinguir la ladera rocosa. Estaba directamente frente a mí, a unos quince metros de distancia, pero conjeturé que a la luz del amanecer no podía resultar tan visible. Era como si la montaña se hallara bañada en un suave color ligeramente ámbar, en especial cerca de una de las grandes grietas que había visto antes.

Me quedé mirando un momento más, sabiendo lo que significaba; luego eché a correr hacia la luz al tiempo que a mis espaldas caía otra parte del monasterio. Cuando alcancé la pared del cerro, los helicópteros parecían volar directamente encima de mí. Lo que quedaba del antiguo monasterio se derrumbó del todo, sacudiendo el suelo y desprendiendo la nieve de la grieta más cercana, lo cual reveló una estrecha abertura. ¡Era una cueva, después de todo!

Atravesé el pasadizo, tambaleándome, hacia la total oscuridad, y avancé a tientas. Encontré la pared del fondo y luego otra abertura que tenía menos de un metro y medio de altura y se curvaba hacia la derecha. La crucé gateando, al tiempo que vislumbraba un pequeñísimo rayo de luz más adelante, a la distancia. Continué con esfuerzo.

En un momento tropecé con una piedra grande y caí de cabeza en el piso de tierra y grava, raspándome el codo y el brazo, pero el sonido ya más lejano de los helicópteros me impulsaba a proseguir. Sin prestar atención al dolor, continué avanzando en dirección a la luz. Después de haber recorrido unos cuantos metros más, aún podía ver la pequeña abertura, pero no parecía más próxima.

Conti­nué durante casi una hora, a tientas, hacia la minúscula iluminación que distinguía a la distancia.

Por fin la luz dio la impresión de acercarse, y cuando estuve a unos tres metros me encontré en forma abrupta con una ráfaga de aire más cálido y la fragancia que había percibido antes en el monasterio. En algún lugar, a lo lejos, oí también un grito humano, fuerte y melodioso, que reverberó en todo mi cuerpo, produciéndome un calor interior y euforia. ¿Era el llamado que había mencionado el lama Rigden? El llamado de Shambhala.

Trepé por la última roca que quedaba y asomé la cabe­za por la abertura. Ante mí se extendía una vista increíble. Me hallaba frente a un gran valle, de aspecto pastoral, y un cielo azul claro. Del otro lado del valle había enormes picos nevados de montañas. Todos eran impresionantemente hermosos a la intensa luz del Sol. La temperatura era apenas fresca, y por todas partes crecían plantas verdes. Frente a mí una colina trazaba una suave cuesta descen­dente hacia el fondo del valle.

Mientras cruzaba la abertura y comenzaba a bajar por la ladera, me sentí inundado por la energía del lugar; comenzó a costarme enfocar. Luces y colores remolinea­ban juntos, hasta que me sentí caer de rodillas. Sin control, empecé a rodar cuesta abajo. Rodé y rodé, casi como si estuviera a medias dormido, perdido todo sentido del tiempo.

 

 
 
 
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