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La Energía del Mal

CAPÍTULO 9

LA UNDÉCIMA REVELACIÓN

El secreto de Shambhala

James Redfield

 

LA ENERGÍA DEL MAL

En cuanto salimos de la habitación aumentó el ruido de los helicópteros a la distancia.

Ani entró en la casa y sacó tres pesadas mochilas de un armario. Nos las dio junto con dos parkas. Noté que pa­recían de confección convencional, con género y costuras. Iba a preguntarle, pero se apresuró a hacernos salir de la vivienda y conducirnos por un sendero que corría a nuestra izquierda.

Mientras caminábamos, Ani se acercó a Tashi, y alcan­cé a oír que él le contaba de su decisión de ir a los templos. El ruido de los helicópteros se acercaba cada vez más; el cielo azul se tornó denso y encapotado.

En un momento le pregunté a Ani adónde nos dirigía­mos.

—A las grutas —me respondió—. Necesitarás algo de tiempo para prepararte.

Bajamos por un sendero rocoso que atravesaba el costa­do de un risco escarpado hasta una meseta que se extendía del otro lado. Allí Ani nos hizo señas para que entráramos en una pequeña hondonada, donde nos agachamos, aguzando el oído. Los helicópteros avanzaron en un reducido círculo por sobre los riscos durante un momento y siguieron nuestro sendero exactamente como si volaran justo por encima de nosotros. Ani miraba horrorizada.

—¿Qué está sucediendo? —grité.

Sin responder, salió de la hondonada y nos indicó que la siguiéramos. Corrimos unos ochocientos metros a través de la meseta hasta otra zona de cerros, donde nos detuvimos a esperar. Lo mismo que antes, los helicópteros volaron en círculo detrás de nosotros hasta llegar direc­tamente por sobre nosotros.

Nos golpeó una ráfaga de aire frío que casi me derribó. Al mismo tiempo desapareció toda la ropa de nuestros cuerpos, salvo los gruesos abrigos.

—Calculé que iba a pasar esto —dijo Ani, mientras sacaba más ropa de las mochilas. Yo aún tenía puestas mis botas, pero las de Tashi y Ani habían desaparecido. Le dio a su hijo un par de botas de cuero y ella se calzó otro. Cuando terminamos, subimos por la cuesta, trepando en­tre las rocas hasta llegar a una zona más plana. Comenzaba una intensa nevada y bajaba la temperatura. Parecía que por el momento los helicópteros habían perdido el rumbo.

Contemplé el valle otrora verde. La nieve cubría casi to­do y las plantas ya empezaban a marchitarse a causa del frío.

—Es el efecto de la energía de los soldados —me explicó Ani—. Está destruyendo nuestro campo ambiental.

Eché una mirada de reojo hacia el lugar de donde pro­venía el ruido de los helicópteros; sentí una nueva oleada de ira. Se unieron de inmediato y se encaminaron directo hacia nosotros.

—¡Vamos! —gritó Ani.

 Me acerqué a la pequeña fogata, sintiendo el frío de la mañana. Habíamos caminado una hora más y pasado la noche en una gruta. Pese a varias capas de ropa interior aislante, me sentía aterido. Tashi se hallaba acurrucado junto a la madre, y Ani miraba por la abertura el mundo helado de afuera. Hacía horas que nevaba.

—Ya ha desaparecido todo —dijo Ani—. Ahora, afuera no hay más que hielo.

Me acerqué a la abertura y miré. Lo que antes había sido un valle frondoso con cientos de viviendas ahora no era más que nieve y montañas irregulares. Aquí y allá quedaban des­pojos vencidos de árboles, pero no se podía ver ni una sola mancha de color. Todas las casas sencillamente se habían esfumado, y el río que corría por el centro del valle estaba congelado.

—La temperatura debe de haber caído unos cuarenta grados —comentó Ani.

—¿Qué sucedió? —pregunté.

—Cuando los chinos nos encontraron, el poder de sus pensamientos y sus expectativas de un clima gélido con­trarrestó el campo que habíamos dispuesto para mantener una temperatura templada. Por lo común, la fuerza de los campos que provee la gente de los templos habría sido lo bastante fuerte como para impedir que se acercaran los chinos, pero ellos sabían que ha llegado el momento de la transición.

—¿Qué? ¿Los dejaron entrar adrede?

—Era la única manera. Si se permitió la entrada a tí y a los otros que nos han encontrado, no había modo de impedir que entraran los soldados. Tú no eres lo bastante fuerte para mantener fuera de tu mente todos los pensa­mientos negativos. Y los chinos te han seguido hasta aquí.

—¿Quieres decir que es culpa mía? —pregunté.

—No te aflijas. Es parte de la dispersión. Sus palabras no me consolaban. Volví junto al fuego, y Ani me siguió. Tashi había preparado un guiso de verduras deshidratadas.

—Debes darte cuenta —me dijo Ani— de que a la gente de Shambhala no le pasará nada. Todo esto se espe­raba. Todos los que estaban aquí se encuentran bien. Vino bastante gente de los templos para llevarlos a través de las ventanas espaciales a un nuevo lugar de seguridad. Nues­tras leyendas nos han preparado bien.

Señaló el valle.

—Debes concentrarte en lo que estás haciendo. Tú y Tashi tienen que llegar a los templos sin que los capturen los militares. Debe conocerse el resto de lo que ha estado haciendo Shambhala por la humanidad.

Calló y los dos oímos el débil ruido de un helicóptero distante. El sonido se tornó más lejano, hasta que al fin desapareció.

—Y TÚ DEBES TENER MUCHO MÁS CUIDADO —me advirtió Ani—. CREÍ QUE SABÍAS QUE NO DEBES PERMITIR IMÁGENES NEGATIVAS EN TU MENTE, EN ESPECIAL PENSAMIENTOS DE ODIO O DESPRECIO.

Sabía que ella tenía razón, pero aun así me sentía con­fundido en cuanto a cómo funcionaba aquello.

Me miró con dureza.

—Tarde o temprano vas a tener que enfrentar tu ira.

Estaba por hacerle una pregunta, cuando por la abertura de la gruta vimos varias docenas de personas que bajaban por una cuesta helada, a nuestra derecha. Ani se puso de pie y miró a Tashi.

—No hay más tiempo —le dijo—. Tengo que irme. Debo ayudar a esas personas a encontrar una salida. Tu padre estará esperándome.

—¿No puedes venir con nosotros? —le preguntó Tashi, y se le acercó más.

Vi que tenía lágrimas en los ojos.

Ani lo miró un instante, y luego, por la abertura, a la otra gente.

—No puedo —respondió, y le dio un abrazo fuerte—. Mi lugar está aquí, para ayudar con la transición. Pero no te preocupes. Te encontraré, estés donde estuvieres.

Fue hasta la boca de la gruta y se volvió hacia nosotros dos.

—No les pasará nada malo —afirmó—. Tengan cuidado. No pueden elevar su energía si los abruma la ira. No deben tener ningún enemigo.

Calló y agregó algo que yo ya había oído varias veces en aquel viaje:

—Y RECUERDEN —añadió sonriendo— QUE LOS ESTÁN AYUDANDO.

Tashi miró por sobre el hombro y me sonrió mientras avanzábamos pesadamente por la nieve profunda. El frío se intensificaba, y yo me esforzaba por mantener mi ener­gía. Para alcanzar la estribación montañosa en que ha­llaban los templos debíamos bajar del cerro en que nos encontrábamos, atravesar el valle helado y trepar casi en línea recta por otra montaña. Habíamos avanzado casi cuatrocientos metros sin dificultad, pero ahora parecía que íbamos alcanzando el borde de un precipicio rocoso. Debajo había una caída a pico de casi quince metros. Tashi se volvió a mirarme.

—Tendremos que deslizamos. No hay otra manera.

—Es demasiado peligroso —protesté—. Es probable que haya rocas debajo de la nieve. Si empezamos a deslizamos sin control, podríamos herirnos. —Mi energía caía a toda velocidad.

Tashi sonrió, nervioso.

—No hay problema —me aseguró—. Está bien tener miedo. Sólo mantén tu visualización de un resultado posi­tivo. En realidad, el miedo atraerá más cerca a los dakini.

—Espera un momento —le dije—. Nunca me lo habían dicho antes. ¿A qué te refieres?

—¿No has recibido ayuda en forma misteriosa, inex­plicable?

—Yin me dijo que me estaba ayudando Shambhala.

—¿Y bien?

—No entiendo la relación. He tratado de averiguar qué es lo que determina cuándo nos ayudan los dakini.

—Eso lo sabe únicamente la gente de los templos. Yo sólo sé que el miedo siempre acerca a estos guardianes, si conseguimos mantener nuestra fe hasta cierto punto. Es el odio lo que los aleja.

Tashi me llevó hasta el borde del saliente y comen­zamos a deslizamos por la nieve lisa, sin control alguno. Me golpeé un pie contra una piedra, di una vuelta en el aire y empecé a resbalar de cabeza. Sabía que, si me golpeaba la cabeza contra otra piedra, podía terminar todo.

Pero pese al miedo logré sostener la visión de un aterrizaje seguro.

Con ese pensamiento una sensación particular comenzó a inundarme, y me colmó un sentimiento de paz y bienestar. El terror cedió. Momentos después di contra el fondo de la caída y me detuve. Tashi aterrizó contra mi espalda. Me quedé un momento echado allí, con los ojos cerrados. Los abrí despacio, recordando otras situaciones peligrosas de mi vida en que me había embargado una paz inexplicable.

Tashi se levantó de la nieve; le sonreí.

—¿Qué sucede? —me preguntó.

—Había alguien aquí.

Tashi se sacudió la nieve de la ropa y echó a andar.

—¿VES LO QUE SUCEDE CUANDO TE MANTIENES POSITIVO? CUALQUIER FUERZA TEMPORARIA QUE PROVENGA DE LA IRA NO PUEDE COMPARARSE CON ESTE MISTERIO.

Asentí, con la esperanza de poder recordarlo.

Durante dos horas avanzamos por el valle; cruzamos el río desierto y nos abrimos paso por la cuesta gra­dualmente ascendente hasta la base de las escarpadas montañas. La nieve comenzaba a caer con más fuerza. De pronto Tashi se detuvo.

—Adelante se movió algo —dijo. Me esforcé por ver.

—¿Qué era?

—Parecía una persona. Vamos. Subimos por la ladera de la montaña. La cumbre daba la impresión de estar seiscientos metros más arriba.

—Tiene que haber un paso en alguna parte —dijo Tashi—. No podemos llegar a la cima.

Delante de nosotros oímos ruido a nieve y rocas que caían. Tashi y yo nos miramos y rodeamos con lentitud una serie de grandes peñascos. Al superar el último vimos a un hombre que se sacudía de encima la nieve. Se lo veía exhausto. Tenía una venda ensangrentada alrededor de una de las rodillas. Yo no daba crédito a mis ojos. Era Wil.

—No hay de qué preocuparse —le dije a Tashi—. Co­nozco a este hombre. —Me paré y me arrastré por las rocas.

Wil nos oyó y se zambulló a un costado, listo, a pesar de su pierna, para huir corriendo de nosotros.

—¡Soy yo! —lo llamé.

Wil se detuvo un momento y luego volvió a desplo­marse en la nieve. Vestía una gruesa parka blanca y pantalones aislantes.

—Era hora —contestó, sonriendo—. Te esperaba antes.

Tashi corrió hasta él y le inspeccionó la pierna. Los presenté. Con la mayor rapidez posible, le expliqué a Wil todo lo que me había sucedido, el encuentro con Yin, la huida de los chinos, el aprendizaje de las extensiones, el hallazgo del punto de acceso, y por último mi llegada al perímetro de Shambhala.

—No sabía cómo encontrarte —agregué, señalando el valle—. Todo se ha arruinado. Es el efecto de los chinos.

—Lo sé —repuso Wil—. Ya me he topado con ellos. A continuación nos contó sus experiencias. Lo mismo que yo, había extendido su Campo de Oración lo mejor posible y se le había permitido el ingreso en Shambhala. Había estado en otra parte del perímetro, donde otra fami­lia lo instruyó más acerca de las leyendas.

—Los templos son muy difíciles de alcanzar —dijo—. En especial ahora, con la venida de los soldados chinos. DEBEMOS ASEGURARNOS DE NO CAER EN ORACIONES NEGATIVAS.

—Me parece que en eso no me va muy bien —repliqué. Me echó una mirada penetrante, preocupado.

—Pero era para eso que estuviste con Yin. ¿No te mostró lo que puede suceder?

—Creo entender cómo evitar las imágenes generales de miedo. Es mi ira contra los soldados chinos lo que me hace volver a caer en lo mismo.

Wil me miró más alarmado, y estaba por decir algo cuando oímos el ruido de los helicópteros que se acerca­ban a la distancia. Comenzamos a trepar por la montaña, abriéndonos camino entre las rocas y los profundos bancos de nieve. Todo parecía muy frágil e inestable. Continua­mos subiendo durante veinte minutos, sin hablar. El viento se intensificaba y la nieve nos azotaba la cara.

Wil se detuvo y se hincó en una rodilla.

—¡Escuchen! —dijo—. ¿Qué es eso?

—Es el helicóptero de nuevo —respondí, luchando con mi irritación.

Mientras escuchábamos, el helicóptero atravesó las nubes bajas y se dirigió en línea recta hacia nosotros.

Cojeando un poco, Wil logró subir más por la cuesta helada, pero yo me detuve un instante, pues había oído otra cosa por sobre el ruido del helicóptero. Sonaba como un tren de carga.

—¡Cuidado! —gritó Wil, delante de mí—. ¡Es una avalancha!

Traté de correr para salir del camino, pero era dema­siado tarde. La plena fuerza de la nieve rodante me dio en la cara y me arrojó de espaldas cuesta abajo. Caí tropezando y deslizándome, a veces por completo cubierto por el peso de la avalancha atronadora, a veces rodando sobre la superficie de la masa en movimiento.

Al cabo de un momento que me pareció eterno, sentí que me detenía. Estaba enterrado en la nieve, incapaz de moverme, el cuerpo en una posición retorcida. Traté de respirar, pero no había aire. Sabía que iba a morir.

Hasta que alguien agarró mi brazo estirado y comenzó a sacarme. Sentía que otras personas cavaban a mi alre­dedor, y al fin mi cabeza quedó libre. Jadeé en busca de aire y me saqué la nieve de los ojos, esperando ver a Wil.

En cambio, vi a una docena de soldados chinos, uno de los cuales aún me aferraba el brazo. En el fondo, caminando hacia mí, estaba el coronel Chang. Sin hablar, indicó con gestos a varios de los otros soldados que me llevaran a uno de los helicópteros que sobrevolaban el lugar. Cayó una escala de soga y algunos soldados se apresuraron a subir a bordo; luego arrojaron un arnés, que me colocaron. El co­ronel dio la orden y me izaron a bordo, al tiempo que también subían él y los soldados restantes. En unos minutos nos alejábamos por el aire.

   

Yo miraba por la ventana del tamaño de un ojo de buey de una tienda aislada, de nueve metros por nueve. En total alcanzaba a contar por lo menos siete tiendas grandes y tres remolques chicos, portátiles, de un tamaño que podía transportarse por aire con facilidad. En un rincón del complejo zumbaba un generador activado con gasolina, y divisé varios helicópteros posados en un área de la izquierda. Había dejado de nevar pero en el suelo se habían acumulado entre treinta y treinta y cinco centímetros de nieve.

Me esforcé por ver a mi derecha. Por la configuración de las montañas del fondo llegué a la conclusión de que me habían llevado en el helicóptero sólo hasta más o menos el centro del valle. Aullaba un viento nocturno que hacía aletear las costuras exteriores de la tienda.

A mi llegada me habían dado de comer, obligado a tomar una ducha tibia y dado una ropa interior aislante y un traje de fajina abrigado, de confección china. Al menos, por fin no tenía frío.

Me volví y miré al guardia chino armado sentado a la entrada. Sus ojos seguían cada uno de mis movimientos con una mirada gélida que me causaba escalofríos en el alma. Cansado, me senté en uno de los dos catres del ejér­cito que había en un rincón. Traté de evaluar mi situación, pero no podía pensar. Me sentía atontado, petrificado, tan temeroso, de hecho, que sabía que no estaba alerta. No podía entender por qué me sentía tan incapacitado. Era un pánico más intenso del que hubiera experimentado jamás.

Traté de respirar hondo y crear energía, pero no conse­guía siquiera empezar. Las lamparillas eléctricas desnudas que colgaban del techo de la tienda bañaban el lugar con una luz mortecina y parpadeante y ominosas sombras. No lograba encontrar belleza en nada de lo que me rodeaba.

Se abrió la aleta de la tienda y el soldado se puso de pie en posición de firme. Entró el coronel Chang, que se sacó la parka y saludó con un gesto al guardia. Luego se con­centró en mí. Miré para otro lado.

—Debemos hablar —me dijo, al tiempo que tomaba una silla y se sentaba a un metro y medio de mí—. Debo obtener las respuestas a mis preguntas. —Me miró con frialdad un momento. —¿Por qué está usted aquí? Decidí responder en la forma más veraz que podía.

—He venido a estudiar las leyendas tibetanas. Ya se lo dije.

—Ha venido a buscar Shambhala.

Guardé silencio.

—¿Es eso? —me preguntó—. ¿Está en este valle? El miedo me retorció el estómago. ¿Qué haría el coro­nel si yo me negaba a responder?

—¿Usted no lo sabe? —repliqué.

Esbozó una leve sonrisa.

—Yo diría que usted y el resto de su secta ilegal creen que esto es Shambhala. —Adoptó una expresión perpleja, como si hubiera recordado algo más. —Hemos divisado a otra gente aquí. Pero han conseguido eludirnos en la nieve.

¿Dónde están? ¿Adónde fueron?

—No lo sé —contesté—. Ni siquiera sé dónde estamos.

Se movió para acercarse a mí.

—También hemos encontrado restos de plantas, que estaban vivas hace poco. ¿Cómo es posible? ¿Cómo pudie­ron crecer aquí?

Me quedé mirándolo.

Me dirigió una sonrisa fría.

—¿Cuánto sabe usted en realidad acerca de las leyendas de Shambhala?

—Un poco —balbuceé.

—Yo sé mucho. ¿Me cree? He tenido acceso a todos los escritos antiguos, y debo admitir que son deliciosamente interesantes, como mitología. Imagínese: una comunidad ideal formada por seres humanos esclarecidos que están mucho más avanzados, mentalmente, que cualquier otra cultura de este planeta.

"Y también sé el resto: la idea de que estos individuos de Shambhala tienen de algún modo un poder secreto para el bien que penetra a todo el resto de la humanidad y los empuja en esa dirección. Material fascinante, ¿no le parece? Antiguas tradiciones que hasta podrían llegar a apreciarse... de no ser tan engañosas y peligrosas para el pueblo del Tíbet.

"¿No cree que si algo semejante fuera real ya lo habría­mos descubierto? Dios, espíritu... es todo un sueño infantil. Mire la mitología tibetana sobre los dakini, la idea de que existen seres angélicos capaces de interactuar con nosotros, de ayudarnos...

—¿Usted en qué cree? —le pregunté, con la intención de mitigar la situación. Se señaló la cabeza.

—Creo en los poderes de la mente. Es por eso que usted debe hablar, ayudarnos. Nos interesa mucho la idea del poder psíquico, el espectro más amplio de las ondas cerebrales y su efecto a distancia en la electrónica y en la gente. Pero no confunda esto con espiritualismo. Los po­deres de la mente son un fenómeno natural que puede investigarse y descubrirse en forma científica.

Concluyó su declaración con un gesto airado de la mano, con lo cual me causó una honda punzada de miedo en el estómago. Sabía que aquel hombre era en extremo peligroso y absolutamente despiadado.

Me miraba, pero algo atrajo mi atención en la pared de la tienda, detrás de él, directamente del otro lado de la puerta donde estaba parado el guardia. De pronto esa área se había vuelto más luminosa. La lamparilla que colgaba en lo alto parpadeó apenas, y deseché mi percepción como una suba de intensidad del generador.

El coronel se levantó y caminó unos pasos hacia mí, con expresión más enojada.

—¿Usted cree que me gusta internarme en este páramo? No entiendo cómo se puede sobrevivir aquí. Pero no nos iremos. Vamos a ampliar este campamento hasta que dispongamos de tropas suficientes para registrar toda esta región a pie. Encontraremos a quienquiera que se oculte aquí, y lo trataremos con suma rudeza.

Forzó una semisonrisa.

—Pero nuestros amigos serán compensados en la misma medida. ¿Entiende?

En ese momento me invadió otra oleada de miedo, pero diferente. Era un miedo mezclado con un gran desprecio. Comenzaba a detestar la amplitud de la maldad de aquel hombre.

Eché un vistazo detrás de él, al área que parecía más luminosa, pero ahora estaba opaca y llena de sombras. La luminosidad había desaparecido; me sentí totalmente solo.

—¿Por qué hace esto? —le pregunté—. El pueblo tibetano tiene derecho a sus propias creencias religiosas. Ustedes tratan de destruir su cultura. ¿Cómo pueden hacerlo? —Sentía que mi ira me fortalecía.

Al parecer, mi enfrentamiento no hizo más que energizarlo.

—Ah, conque tiene opiniones —se burló—. Lástima que sean tan ingenuas. Usted cree que lo que hacemos es insólito. Pero el gobierno de usted también está desa­rrollando maneras de controlarlos. Chips que pueden insertarse en el cuerpo de las tropas y de los alborotadores, sin que lo sospechen.

"Y eso no es todo. —Chang casi gritaba. —Ahora sabe­mos que, cuando la gente piensa, irradia un esquema específico de ondas cerebrales. Todos los gobiernos trabajan en máquinas capaces de identificar esas ondas cerebrales, en especial las de sentimientos airados o contrarios al gobierno.

Sus palabras me escalofriaron. Hablaba del mal uso de la amplificación de las ondas cerebrales de que me había advertido Ani, el que había condenado a la ruina a algunas civilizaciones anteriores.

—¿Sabe por qué hacen esto sus gobiernos autodeno­minados democráticos? —continuó Chang—. Porque tienen mucho más miedo de la gente que nosotros. Nuestros ciudadanos saben que el papel del gobierno es gobernar, saben que ciertas libertades deben ser limitadas. El pueblo de usted cree que puede existir la autodirección individual. Y bien, aunque haya sido cierto en el pasado, en un mundo altamente técnico donde una pequeña arma puede destruir una ciudad ya no puede funcionar. Con ese tipo de libertad, los humanos no sobrevivirán. La dirección y los valores de la sociedad deben controlarse y dirigirse para el bien de la mayoría. Por eso esta leyenda de Shambhala es tan peligrosa: porque se basa en la absoluta autodirección.

Mientras él hablaba, me pareció oír que se abría la puerta a mis espaldas, pero no me di vuelta. Me hallaba por completo concentrado en la actitud de ese hombre. Allí estaba la manifestación de lo peor de la tiranía moderna, y cuanto más hablaba él más se intensificaba mi aborre­cimiento.

—Lo que usted no entiende —le dije— es que los humanos pueden encontrar una motivación interior para crear bien en el mundo. Se rió con cinismo;

—¿De veras lo cree así? En la historia no hay nada que sugiera que la gente sea otra cosa que egoísta y codiciosa.

—Si ustedes tuvieran su propia espiritualidad, verían lo bueno. —También mi voz se elevaba, airada.

—No —replicó, cortante, casi gritando—. La espiritua­lidad es el problema. Mientras exista religión no puede haber unidad entre la gente. ¿No entiende? Cada institución religiosa es como un obstáculo insuperable en el camino del progreso. Cada una pelea con la otra. Los cristianos gastan todo su tiempo y su dinero queriendo convertir a todos a su doctrina de enjuiciamiento. Los judíos quieren permanecer aislados en un sueño de elegidos. Los musulmanes creen que su religión se trata de camaradería y poder colectivo y odio sagrado. Y nosotros, en Oriente, somos los peores. Desechamos el mundo real en pos de una vida interior de fantasía que nadie consigue comprender. Con todo este caos de metafísica, nadie puede concentrarse en el progreso, en alivianar la carga de los pobres, en ocuparse de que todos los niños tibetanos reciban educación.

"Pero no se preocupe —continuó—. Nosotros vamos a encargarnos de resolver el problema. Y usted nos ha ayudado. Desde que Wilson James lo visitó en los Estados Unidos, hemos vigilado sus movimientos y los mo­vimientos del grupo holandés. Yo sabía que usted vendría, que participaría en esto.

Debo de haber traicionado mi sorpresa. —Ah, sí, lo sabemos todo sobre usted. Operamos en los Estados Unidos con más libertad de la que usted cree. El gobierno de ustedes puede controlar Internet; ¿piensa que nosotros no? Usted y su secta jamás me eludirán. ¿Cómo cree que pudimos seguirlo con este clima? Fue mediante el poder de la mente de "mi" mente. Supe dónde estaría usted. Incluso después de haberlo perdido en el páramo, lo supe. Sentía su presencia. Al principio era a su amigo Yin al que podía seguir. Ahora ha sido a usted.

"Y eso no es todo. Ya ni siquiera necesito valerme de mi instinto para localizarlo. Tengo su esquema de ondas cere­brales. —Hizo un gesto en dirección a la puerta. —En una cuestión de minutos nuestros técnicos habrán montado nuestro nuevo equipo de vigilancia. Entonces podremos localizar a cualquiera a quien hayamos sometido al escáner cerebral.

Al principio no conseguí recordar a qué se refería, pero luego evoqué mi experiencia en la casa china de Ali, después de que me arrojaron el gas. Los soldados me ha­bían puesto bajo una máquina. Una nueva oleada de miedo me abrumó, pero se convirtió de inmediato en una ira aún más honda.

—¡Está loco! —grité.

—Así es... Para usted, estoy loco. Pero soy el futuro. —Ahora se alzaba por sobre mí, con la cara roja, virtual­mente explotando de ira. —Qué inocencia estúpida. Usted va a decírmelo todo, ¿entiende? ¡Todo!

Yo sabía que Chang no me habría dado tanta infor­mación si planeara liberarme, pero en aquel momento no me importaba. Estaba hablando con un monstruo, y me embargaba una ira abrumadora. Iba a insultarlo, cuando desde el otro lado de la habitación llamó una voz:

—i No lo hagas! ¡Te debilita!

El coronel se dio vuelta y se quedó mirando fijo; seguí su mirada. Junto a la puerta había otro guardia, y junto a él, derrumbado contra una pequeña mesa, se hallaba Yin. El guardia lo empujó al piso.

Me puse de pie de un salto y corrí hacia Yin mientras el coronel decía algo en chino a los custodios y salía como una tromba. Yin tenía magulladuras y cortes en la cara.

—Yin, ¿te encuentras bien? —le pregunté, al tiempo que lo ayudaba a llegar hasta un catre.

—Sí, estoy bien —respondió, y me tironeó de un brazo para que me sentara a su lado—. Vinieron a buscarnos en cuanto te fuiste. —Sus ojos reflejaban intensa agitación. —Cuéntame lo que pasó. ¿Llegaste a Shambhala?

Lo miré y me llevé un dedo a los labios.

—Es probable que nos hayan puesto juntos para ver qué decíamos —susurré—. Puedes apostar a que en este lugar hay micrófonos. No debemos hablar.

—Tendremos que correr el riesgo —contestó Yin—. Ven junto al calefactor; es ruidoso. Cuéntame lo que pasó.

Durante la media hora siguiente le conté todo sobre el mundo que había encontrado en Shambhala, y luego, en un levísimo susurro, mencioné los templos.

Se le abrieron grandes los ojos.

—¿Así que no has descubierto la totalidad de la Cuarta Extensión?

—Está en los templos —le dije, sólo moviendo los labios.

A continuación le conté de Tashi y Wil y lo que había dicho Ani acerca de aprender lo que se hacía en los templos.

—¿Y qué más dijo? —preguntó Yin.

—Que no debemos tener ningún enemigo —respondí. Yin hizo una mueca de dolor y contestó:

—Pero tú estás haciendo exactamente lo contrario con el coronel. Utilizas tu ira y tu desprecio para sentirte fuerte. Los mismos errores que cometí yo. Tienes suerte de que no te haya matado de inmediato.

Me desplomé en el catre, pues sabía que mis emocio­nes se hallaban fuera de control.

—¿No recuerdas cuando tu expectativa negativa alejó a la pareja holandesa que iba en la camioneta, y te perdiste una importante sincronicidad? En ese caso tuviste una expectativa de miedo, de que quizás iban a hacerte daño. Ellos sintieron esa expectativa de tu parte y es probable que comenzaran a sentir que si se detenían fueran a hacer algo mal, de modo que se marcharon.

—Sí, lo recuerdo.

—TODAS LAS SUPOSICIONES O EXPECTATIVAS NEGATIVAS QUE EXPERIMENTAMOS ACERCA DE OTRO SER HUMANO —continuó Yin— SON ORACIONES QUE EMANAN DE NOSOTROS Y ACTÚAN PARA CREAR ESA REALIDAD EN ESA PERSONA. RECUERDA QUE NUESTRAS MENTES SE CONECTAN: NUESTROS PENSAMIENTOS Y EXPECTATIVAS INFLUYEN EN LOS DEMÁS PARA QUE PIENSEN DEL MISMO MODO QUE NOSOTROS. ESO ES LO QUE HAS ESTADO HACIENDO CON EL CORONEL. HAS ESPERADO QUE ÉL SEA MALVADO.

—¡Espera un momento! Sólo lo veo tal como es.

—¿De veras? ¿Qué parte de él? ¿Su ego o su yo superior, el de su alma?

Yin tenía razón. Todo aquello era algo que yo creía haber aprendido con la Décima Revelación, pero no actua­ba en consecuencia.

—Cuando estaba huyendo de él —dije—, pudo seguirme. Dijo que lo hizo con su mente y su intuición.

—¿Ibas pesando en él? —preguntó Yin—. ¿Esperabas que te siguiera?

—Debo de haberlo hecho.

—¿No recuerdas? Es lo que pasó antes conmigo. Y ahora tú haces lo mismo. Esa expectativa creaba en la mente de Chang los pensamientos de dónde te encon­trabas. Era un pensamiento del ego, pero llegaba a él porque tú esperabas... rezabas, de hecho... que te encontrara.

"¿No entiendes? —prosiguió Yin—. Lo hemos hablado muchas veces. NUESTRO CAMPO DE ORACIÓN OBRA EN FORMA CONSTANTE EN EL MUNDO, EMITIENDO NUESTRAS EXPECTATIVAS, Y EN EL CASO DE OTRA PERSONA, EL EFECTO ES CASI INSTANTÁNEO. POR SUERTE, COMO YA TE DIJE, UNA ORACIÓN NEGATIVA NO ES TAN FUERTE COMO UNA ORACIÓN POSITIVA, PORQUE DE INMEDIATO TE AÍSLAS DE LAS ENERGÍAS DE TU YO MÁS ELEVADO, PERO AUN ASÍ SURTE UN EFECTO. ÉSTE ES EL PROCESO OCULTO DE LA REGLA DE ORO.

Lo miré un momento, sin comprender. Demoré un mi­nuto en recordar a qué se referia: el mandato bíblico de hacer a los otros lo que nos gustaría que nos hicieran a nosotros. Como no conseguía entender con exactitud la conexión, le pedí que me explicara.

—Esa regla —dijo Yin— suena como si debiéramos cumplirla porque produce una buena sociedad. ¿Correcto? Como una postura ética. Pero lo cierto es que existe una razón espiritual, energética, kármica, que va más allá de la noción de que tal actitud es conveniente. Es importante cumplir esta regla porque uno se ve afectado en forma personal.

Hizo una pausa dramática y agregó:

—La expresión más completa de esta regla debería ser:

"HAZ A LOS DEMÁS LO QUE QUISIERAS QUE TE HICIERAN A TI, PORQUE COMO LOS TRATES O PIENSES DE ELLOS ES EXACTAMENTE COMO VAN A TRATARTE". LA ORACIÓN QUE EMITES CON TU SEN­TIMIENTO O ACCIÓN TIENDE A PRODUCIR EN LOS DEMÁS EXACTAMENTE LO QUE ESPERAS.

Asentí. Comenzaba a captar la idea.

—En el caso del coronel, cuando llegas a la conclusión de que es malvado, tu energía de oración fluye de ti y entra en la energía de él e intensifica sus tendencias. Y así él comienza a actuar del modo como tú esperas que actúe: de manera airada y despiadada. Como el coronel no está conectado con una energía divina más profunda, la energía de su ego es débil y maleable: adopta el papel que tú esperas de él. Piensa en cómo suelen funcionar las cosas en la cultura humana. Este efecto está en todas partes. Recuerda que los humanos compartimos actitudes y estados de ánimo. Es todo muy contagioso. Cuando mira­mos a otros y emitimos juicios acerca de que el otro es gordo o flaco o incapaz o feo o está mal vestido, en realidad enviamos nuestra energía a esa persona y ésta comienza a pensar mal de sí misma. Nos entregamos a algo que sólo puede denominarse energía del mal. Es el contagio de la oración negativa.

—¿Pero qué se supone que debemos hacer? —pro­testé—. ¿No tenemos que ver las cosas como son?

—Por supuesto que tenemos que ver las cosas como son, pero después debemos de inmediato cambiar nuestras expectativas de "lo que es" a "lo que podría ser". En el caso del coronel, deberías haberte dado cuenta de que, aunque actúe como un malvado, aislado de cualquier cosa espiri­tual, su yo más elevado es capaz de ver la luz en un instante. Ésa es la expectativa que deseas sostener, porque entonces en realidad le envías un Campo de Oración para que él eleve su energía y su conciencia en esa dirección. Debes retomar a esa postura mental, siempre, no importa lo que veas.

Hizo una nueva pausa, sonriendo, lo cual me pareció extraño, dada nuestra situación y su cara magullada y cortada.

—¿Te pegaron? —le pregunté.

—No me hicieron nada que yo no les haya deseado a ellos —respondió, recalcando una vez más lo que quería transmitirme—. ¿Entiendes cuán importante es todo esto? —me preguntó—. Mientras no lo comprendas, no puedes avanzar con las extensiones. La ira siempre será una ten­tación, pues da una sensación gratificadora, hace que el ego crea que se está fortaleciendo. Sin embargo, debes ser más inteligente. No puedes alcanzar los niveles más fuertes de energía creativa mientras no seas capaz de evitar todos los tipos de oración negativa. Ya hay bastante mal en el mundo, como para aumentarlo en forma inconsciente. Ésta es la gran verdad del código de compasión tibetano.

Desvié la mirada, pues sabía que lo que me decía Yin era cierto. Yo había vuelto a caer en la ira. ¿Por qué seguía haciéndolo una y otra vez?

Yin me miró a los ojos.

—Éste es el núcleo de la idea: al corregir un patrón de comportamiento contraproducente... en nuestro caso, la ira y la condena... es imperativo no emitir una oración negativa en cuanto a nuestras propias posibilidades. ¿Comprendes a qué me refiero? Si hacemos comentarios autodenigrantes, como: "No puedo superar este problema" o: "Siempre seré así", en verdad pedimos seguir siendo como somos. Tenemos que sostener la visión de que en­contraremos una energía más elevada y superaremos nuestros patrones de comportamiento. Tenemos que elevarnos con nuestra energía de oración. Se recostó contra el catre.

—Ésta es la lección que yo mismo tuve que aprender. Nunca pude comprender la actitud de compasión que tenía el lama Rigden hacia el gobierno chino. Ellos estaban destruyendo nuestro país y yo quería verlos derrotados. Nunca había estado lo bastante cerca de ninguno de los soldados como para mirarlos a los ojos, para verlos como personas atrapadas en un sistema tiránico.

"Pero una vez que vi más allá de sus egos, su sociali­zación, al fin conseguí aprender a no aumentar la energía del mal con mis suposiciones negativas. Por fin pude sostener una visión más elevada para ellos y para mí. Tal vez porque he aprendido esto, también puedo sostener una visión más elevada de que también tú lo aprenderás.

Desperté con los primeros ruidos del campamento. Alguien estaba haciendo barullo con unos barriles o latas grandes. Me levanté de un salto, me vestí y eché un vistazo hacia la puerta. Los guardias habían sido sustituidos por otros dos soldados, que me miraban soñolientos. Caminé unos pasos y miré por la ventana. El día estaba oscuro y nublado y el viento ululaba. En una de las otras tiendas había movimiento; una de las puertas se abrió. Era el coro­nel, que venía hacia nuestra tienda.

Me acerqué al catre de Yin y él se dio vuelta, tratando de despertarse. Tenía la cara hinchada y entrecerró los ojos para verme.

—Vuelve el coronel —le dije.

—Ayudaré en todo lo que pueda —me dijo—. Pero tú tendrás que sostener un Campo de Oración diferente con él. Es tu única oportunidad.

La puerta de tela se abrió y los soldados se apresuraron a adoptar la posición de firmes. El coronel entró y les indicó con un gesto que esperaran afuera. Miró de reojo a Yin una vez, antes de acercarse a mí.

Yo respiraba hondo e intentaba extender mi campo lo más posible. Visualicé que mi energía rebosaba y me con­centré en verlo no como un torturador sino sólo como un alma presa del miedo.

—Quiero saber dónde están esos templos —dijo en voz baja y ominosa, al tiempo que se quitaba la chaqueta.

—Sólo podrá verlos si su energía es lo bastante elevada —respondí, expresando lo primero que me acudió a la mente.

Dio la impresión de que lo había tomado desprevenido.

—¿De qué me habla?

—Usted me dijo que cree en los poderes de la mente.

¿Y si uno de esos poderes consistiera en elevar el nivel de su energía?

—¿Qué energía?

—Afirmó que las ondas cerebrales eran reales y podía manipularlas una máquina. ¿Y si pudieran manipularse internamente, mediante nuestra intención, y fortalecerse, elevando el nivel de su energía?

—¿Cómo es posible semejante cosa? —preguntó—.

La ciencia jamás ha demostrado nada similar.

Yo no podía creerlo. Parecía que el coronel iba abrien­do su mente. Me concentré en la expresión de su cara, que traslucía que estaba considerando honestamente lo que yo le decía.

—Pero en realidad es posible —continué—. Las ondas cerebrales, o quizás otro tipo de ondas que van más lejos, pueden intensificarse hasta un punto en que pueden in­fluir en lo que sucede.

Me miró con interés.

—¿Está diciéndome que usted sabe cómo utilizar las ondas cerebrales para hacer que ocurran ciertas cosas?

Mientras hablaba, de nuevo vi un resplandor detrás de él, contra la pared de la tienda.

—Sí —proseguí—, pero sólo aquellas cosas que llevan nuestra vida en la dirección que se supone deben ir. De lo contrario la energía acaba por derrumbarse.

—¿"Adonde se supone que deben ir"? —preguntó, confundido.

El área de la tienda situada a sus espaldas continuaba más luminosa, y yo no podía evitar mirarla. Chang se volvió y miró también hacia allí.

—¿Qué mira? —me preguntó—. Dígame qué quiere decir con "adonde se supone que deben ir". Yo me con­sidero libre. Puedo llevar mi vida adonde quiera.

—Sí, por supuesto, es cierto. Pero existe una dirección que es mejor, más inspirada, y le da más satisfacción que todas las demás, ¿o no? —No podía creer cuán luminoso se tornaba ese espacio detrás de él, pero no me atrevía a mirar directamente.

—No sé de qué me habla —replicó Chang.

Parecía confundido, pero yo seguía concentrado en la parte de su expresión que escuchaba.

—Somos libres —le dije—. Pero también perte­necemos a un designio que proviene de una parte mayor de nosotros mismos, con la que podemos conectarnos. Nuestro verdadero yo es mucho más grande de lo que creemos.

Se limitaba a mirarme. En algún lugar, en el fondo de su conciencia, daba la impresión de comprender.

Nos interrumpieron los guardias de afuera al golpear la aleta de entrada en la tienda. En ese momento me di cuen­ta de que el viento había estallado en un fuerte ventarrón. Oíamos que volaban y se volcaban cosas en todo el complejo.

Un guardia había abierto la aleta y gritaba fuerte en chino. El coronel corrió hacia él. Mientras tanto, nosotros alcanzamos a ver tiendas que salían volando por todas partes. Chang se volvió y nos miró a Yin y a mí, y en ese instante una tremenda ráfaga de viento voló el lado iz­quierdo de nuestra tienda, arrancándola de las estacas y desgarrándola; el coronel y los guardias quedaron cubiertos con la lona, que los arrojó al suelo.

Yin y yo recibimos el impacto del viento y la nieve que soplaban por la abertura.

—¡Yin! —grité—. ¡Los dakini! Yin se puso con esfuerzo de pie.

—¡Ésta es tu oportunidad! —me dijo—. ¡Corre!

—Vamos —lo urgí, aferrándolo de un brazo—. Podemos irnos juntos. Me empujó.

—No puedo. No haré más que entorpecerte el camino.

—¡Lo lograremos! —insistí. Gritó contra el viento:

—Ya he hecho lo que vine a hacer. Ahora tú debes cumplir con tu misión. Todavía no conocemos el resto de la Cuarta Extensión.

 

Asentí y le di un rápido abrazo; luego tomé el grueso abrigo del coronel y salí corriendo por el agujero de la tienda hacia la tormenta.

 

 

 

 

 
 
 
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