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Resumen de la segunda revelación

James Redfield

El Místico, Un buen sitio para el alma

Aportando al desarrollo personal y espiritual de las personas.

 

-¿Podría hacerme un resumen de la Segunda Revelación?

-le pedí.

Tras una larga pausa, Dobson sonrió y asintió:

-Supongo que ésa es la razón por la que estamos aquí. La Segunda Revelación -explicó- coloca nuestra conciencia ac­tual en una perspectiva histórica más amplia. Después de todo, cuando termine la década de los 90, concluirá no sólo el siglo xx sino también un período de mil años de historia. Completare­mos todo el segundo milenio. Hasta que en Occidente com­prendamos dónde nos hallamos, y qué va a ocurrir después, debemos entender lo que de veras sucedió durante ese lapso de mil años.

-¿Qué dice el Manuscrito? -pregunté.

-Dice que al término del segundo milenio, o sea ahora, estaremos en condiciones de ver ese período entero de la historia como un todo, e identificaremos la preocupación par­ticular que se desarrolló durante la última mitad de este milenio, lo que ha dado en llamarse la Era Moderna. Nuestra conciencia actual de las coincidencias representa una suerte de despertar de esa preocupación.

-¿Cuál es esa preocupación? -inquirí.

Me dirigió una media sonrisa maliciosa.

-¿Está dispuesto a revivir el milenio?

-Por supuesto. Cuénteme.

-No basta con que yo le cuente. Recuerde lo que le dije antes: para comprender la historia, debe captar cómo se desa­rrolló su visión cotidiana del mundo, cómo fue creada por la realidad de los que vivieron antes que usted. Llevó mil años desarrollar la forma moderna de ver las cosas, y para entender realmente dónde está usted en este momento, debe remontarse hasta el año 1000 y después avanzar a lo largo de todo el milenio de un modo vivencial, como si en realidad viviera a lo largo de todo ese período en una sola vida.

-¿Y cómo hago?

-Yo lo guiaré.

Vacilé un instante; miró por la ventanilla las formaciones de tierra que se divisaban a lo lejos. El tiempo ya parecía distinto.

-Trataré -prometí al fin.

-De acuerdo -me respondió-. Imagínese que está vivo en el año mil, en la época que denominamos la Edad Media. Lo primero que debe entender es que la realidad de ese tiempo es definida por los poderosos miembros de la iglesia cristiana. Dada su posición, estos hombres ejercen una gran influencia en la mente de la plebe. Y el mundo que estos hombres describen como real es, sobre todo, espiritual. Crean una realidad que ubica su idea del plan de Dios para la humanidad en el centro mismo de la vida. Visualice esto –continuó. Usted perte­nece a la clase de su padre, esencialmente campesino o aristó­crata, y sabe que siempre estará confinado a esa clase. Pero independientemente de la clase en que se halle, o el trabajo particular que haga, pronto se da cuenta de que la posición social es secundaria respecto de la realidad espiritual de la vida tal como la definen esos miembros de la iglesia. Y entonces usted descubre que la vida es como pasar una prueba espiri­tual. Los miembros de la iglesia explican que Dios puso a la humanidad en el centro de su universo, rodeada de todo el cosmos, con un único propósito: ganar o perder la salvación. Y en este juicio, usted debe elegir correctamente entre dos fuerzas opuestas: la fuerza de Dios y las vagas tentaciones del diablo. Tenga presente, sin embargo, que usted no enfrenta esta prue­ba solo -continuó-. En realidad, como simple individuo no está calificado para determinar su status en este sentido. Eso es territorio de los miembros de la iglesia; ellos están para inter­pretar las Escrituras e indicarle a cada paso del camino si se encuentra en armonía con Dios o si está siendo engañado por Satanás. Si usted sigue sus instrucciones, tiene la garantía de una recompensa en el más allá. Pero si no logra mantener el rumbo que ellos prescriben, entonces, bueno... le llega la exco­munión y cierta condenación.

Dobson me dirigió una mirada intensa.

-El Manuscrito dice que lo importante aquí es compren­der que todos los aspectos del mundo medieval están definidos en términos ultramundanos. Todos los fenómenos de la vida, desde la tormenta eléctrica o el terremoto casuales hasta el éxito de las cosechas o la muerte de un ser querido, se definen como la voluntad de Dios o como malicia del diablo. No existe el concepto de fuerzas climáticas o geológicas u horticultura o enfermedad. Todo eso llegará después. Por el momento, usted cree por entero en los hombres de la iglesia; el mundo que da por sentado opera exclusivamente por medios espirituales.

Dejó de hablar y me miró.

-¿Ya está allí?

-Sí, puedo ver esa realidad.

-Bueno, piense ahora que esa realidad comienza a quebrarse.

-¿A qué se refiere?

 

-La visión medieval del mundo, su visión del mundo, empieza a romperse en los siglos xiv y xv. Primero observa ciertas incongruencias por parte de los propios hombres de la iglesia: violan en secreto sus votos de castidad, por ejemplo, o aceptan indulgencias por hacer la vista gorda cuando los funcionarios gubernamentales violan las leyes de las Escrituras. Estas incongruencias lo alarman, porque esos hombres de la iglesia pretenden ser la única conexión entre usted y Dios. Recuerde que son los únicos intérpretes de las Escrituras, los árbitros exclusivos de su salvación. De repente usted se halla en medio de una completa rebelión. Un grupo liderado por Martín Lutero clama por una separación total del cristianismo papal. Los miembros de la iglesia son corruptos, afirma ese grupo, que exige el fin del dominio de dichos jerarcas sobre la mente de los individuos. Se forman nuevas iglesias fundadas en la idea de que cada persona debe tener derecho a acceder a las Escrituras en forma personal y a interpretarlas como quiera, sin interme­diarios. Y así usted asiste, incrédulo, al éxito de la rebelión. Los hombres de la iglesia empiezan a perder. Durante siglos ellos definieron la realidad, y ahora, ante sus ojos, pierden credibili­dad. Como consecuencia, todo el mundo se ve cuestionado. Lo que se derrumba es el consenso claro en cuanto a la naturaleza del universo y el propósito de la humanidad en la Tierra, basado en la descripción del clero, con lo cual usted y todos los demás seres humanos de la cultura occidental quedan en una posición muy precaria. Después de todo, están acostumbrados a contar con una autoridad en la vida para definir la realidad, y sin esa dirección externa se sienten confundidos y perdidos. Si la descripción de la realidad que dan los hombres de la iglesia y la justificación de la existencia humana son erróneas, se pregunta usted, entonces, ¿cuáles son las correctas?

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Hizo una pausa.

-¿Se da cuenta del impacto de este colapso en la gente de la época?

-Supongo que fue bastante desestabilizador -comenté.

-Por no decir algo peor -acotó-. Hubo una conmoción enorme. La vieja concepción del mundo se vio cuestionada en todas partes. De hecho, alrededor de 1600, los astrónomos habían probado fuera de toda duda que el sol y las estrellas no giraban alrededor de la Tierra, como sostenía la iglesia. Indis­cutiblemente, la Tierra era sólo un pequeño planeta en la órbita de un sol menor de una galaxia que contenía miles de millones de estrellas semejantes.

Se inclinó hacia mí.

-Esto es importante. La humanidad perdió su lugar en el centro del universo de Dios. ¿Se da cuenta del efecto que tuvo? Ahora bien, cuando usted observa el clima, o cómo crecen las plantas, o cómo muere alguien de repente, lo que siente es un desconcierto cargado de angustia. Antes podía decir que el responsable era Dios, o el diablo. Pero al quebrarse la visión medieval del mundo, esa certeza también desaparece. Todas las cosas que daba por sentadas necesitan ahora una nueva definición, en especial la naturaleza de Dios y la relación de usted con Él. Con esa conciencia comienza la Edad Moderna -prosiguió-. Hay un mayor espíritu democrático y una desconfianza masiva respecto de la autoridad papal o real. Ya no se aceptan automáticamente las definiciones del universo basadas en la especulación o la fe bíblica. Pese a la pérdida de certeza, no queríamos correr el riesgo de que un nuevo grupo controlara nuestra realidad como lo habían hecho los hombres de la iglesia. Si hubiera estado allí, usted habría participado en la creación de un nuevo mandato para la ciencia.

-¿Un qué?

Se rió.

-Habría mirado ese vasto universo indefinido y habría pensado, como los pensadores de la época, que hacía falta un método formador de consenso, una forma de explorar sistemáticamente este mundo nuestro. Ya esta nueva forma de descubrir la realidad lo habría llamado "método científico", que no es ni más ni menos que poner a prueba una idea sobre la manera en que funciona el universo, llegar posteriormente a alguna conclusión y luego proponer esa conclusión a los demás para ver si están de acuerdo. Luego continuó-, habría preparado a los exploradores para que salieran a este nuevo universo, cada uno munido del método científico, y les habría impartido su misión histórica: explorar este lugar y descubrir cómo funciona y qué significa que estemos vivos aquí. Usted sabía que había perdido su certeza en cuanto a un universo gobernado por Dios y, por lo mismo, su certeza en cuanto a la naturaleza misma de Dios. Pero pensaba que poseía un méto­do, un proceso formador de consenso, a través del cual podía descubrir la naturaleza de todo lo que lo rodeaba, incluido Dios, e incluido el verdadero propósito de la existencia de la humanidad en el planeta. De modo que envió a estos explora­dores a buscar la verdadera naturaleza de su situación y luego presentarse con una respuesta.

Hizo una pausa y me miró.

-El Manuscrito –prosiguió- dice que en ese momento empezamos la etapa de preocupación de la que estamos des­pertando ahora. Enviamos a esos exploradores para que nos trajeran una explicación completa de nuestra existencia, pero, dada la complejidad del universo, no pudieron regresar enseguida.

-¿Cuál era la preocupación?

-Ubíquese otra vez en la época. Cuando el método cien­tífico no pudo presentar una nueva imagen de Dios y del propósito de la humanidad en el planeta, la falta de certeza y de sentido afectó profundamente la cultura occidental. Nos hacía falta alguna otra cosa hasta hallar una respuesta a nuestras preguntas. Por último, llegamos a algo que parecía una solución lógica. Nos miramos unos a otros y dijimos: "Bueno, ya que hasta ahora nuestros exploradores no han vuelto con nuestra verdadera situación espiritual, ¿por qué, mientras esperamos, no nos instalamos en este nuevo mundo? Es indu­dable que estamos aprendiendo lo suficiente como para ma­nipularlo en nuestro beneficio; así que, ¿por qué no trabajar entre tanto para elevar nuestro nivel de vida, nuestra sensación de seguridad en el mundo?"

Me miró y rió entre dientes.

-Y eso fue lo que hicimos. ¡Hace cuatro siglos! Nos quitamos de encima la sensación de estar perdidos, tomamos las cosas en nuestras manos y nos concentramos en conquistar la Tierra y usar sus recursos para mejorar nuestra situación, y recién ahora, cuando nos acercamos al fin del milenio, pode­mos ver qué pasó. Nuestro objetivo se convirtió poco a poco en una preocupación. Nos perdimos por completo a nosotros mismos al crear una seguridad secular, una seguridad econó­mica, para reemplazar la seguridad espiritual que habíamos perdido. Lentamente dejamos de lado, y en definitiva supri­mimos, el interrogante referido a por qué estamos vivos, qué sucede aquí realmente desde el punto de vista espiritual.

Me miró fijo y agregó:

-Trabajar para establecer un estilo de supervivencia más cómodo pasó a ser en sí mismo una razón para vivir, y gradual y metódicamente olvidamos nuestra pregunta original... Olvi­damos que todavía no sabemos para qué sobrevivimos.

 
 
 

 

 

 
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